El bajista Lisandro Figueredo dio a luz una serie de composiciones propias que compartió con músicos y amigos referentes de la escena local, en una experiencia grupal a la que denominó Diez Minutos Después.
Realismo Mágico se llama la primera producción de Diez Minutos Después, el proyecto que encabeza el músico nicoleño Lisandro Figueredo. Se compone de 10 canciones que cuentan historias y juegan entre diversos géneros musicales como el reggae y el rock.
Figueredo, anteriormente bajista de agrupaciones como Mamita Peyote, Tiradores y la Orquesta Informal, entre otras, comenzó a recolectar más que un puñado de canciones, y convocó a sus amigos de la escena musical rosarina: el tecladista de Cielo Razzo, Marcelo Vizarri; Walter Pinto, de Girda y los del Alba; Camila Depaoli, de Chiquita Machado; Nacho Bresciani, de Santo Chango y Alegre No Tanto; y Germán Puyo, de Una Cimarrona.
Con un pan y un disco bajo el brazo
Realismo Mágico se empezó a gestar en 2015: “Cuando nació mi hijo Dante me fui de Mamita Peyote. Me quería tranquilizar. Y todo ese año me quedé en casa, donde hace tiempo armé un estudio. Hacía canciones todos los días. Yo venía componiendo con Mamita y Tiradores, y cuando me encontré con las canciones, Ezequiel (Fructuoso), que tiene un estudio, me invitó para grabar con él y me dijo que llame a mis amigos músicos. Y se coparon El Chelo de Cielo Razzo, El Chapu, Nacho de Alegre; Sergio, que tocaba en Rosario Smowing, y Walter Pinto”, contó entusiasmado.
En base a composiciones de Figueredo, la banda trabajó forjando temas durante todo 2016. Un año después, y luego de la masterización final que realizó Eduardo Vignoli, el disco saltó a las redes.
“Fue una experiencia linda, se armó en el estudio con los músicos. Yo les decía: «¡Diviértanse!». Y después con Ezequiel elegíamos qué partes quedaban de lo que estaba maqueteado.”.
Ahora Lisandro reagrupa a los músicos que lo acompañarán en vivo: Juan Torresi: Guitarra y Coros; Franco Dolci: Violín, Güiro y Coros; Patricio Martínez: Batería; y Martín Melo: Teclados.
El oriundo de San Nicolás toca el bajo desde los 15 años pero recién en esta instancia de su vida se lanzó a cantar sus propios temas. Estudió con Evelina Sanzo y el Oso Ludueña.
“Me dijeron: «Si son tus temas, nadie los va a cantar como vos». Y bueno, me puse a aprender canto. Fue difícil convencerme de que cualquiera pueda cantar, que hay que animarse. Y con respecto a la técnica, uno dice «Ah, la respiración es así». Tuve que ponerme en el papel de frontman, hablar con la gente, que también es divertido, y está bueno para salir de la zona de confort. Lo cierto es que si no fuera por mis amigos, por la banda que me apoya, las canciones hubieran quedado en las cuatro paredes de mi estudio. Mi mujer también fue un gran empujón”.
Diez Minutos Después surge un poco del desfasaje de las tres agujas con el ritmo del ahora cantante de la banda. “Siempre llego tarde a todos lados”, afirma Figueredero, que bautizó su producción como Realismo Mágico: “Fue todo medio onírico, cuando yo lo hacía era una fantasía. Y jugó también el tehttps://www.youtube.com/watch?v=9yxZO7-ShUQma del tiempo, yo a mi mujer le decía que estaba yendo y en realidad estaba acá con este mundo de canciones”.
Sólo algunos temas brotaron desde el bajo. “La mayoría surgieron de la guitarra, y de ahí fui metiendo la melodía del riff, los solos y el estribillo, que en general aparecía desde una palabra, como disparador”, precisó el compositor que llegó a Rosario luego “del quilombo de 2001” para cursar en la escuela de música de la Siberia. Estudió contrabajo e integró las agrupaciones Sexteto Vendaval y Quinteto Retrato. Y en 2010 se incorporó a Mamita Peyote, hasta su desvinculación cinco años después.
Realismo Mágico, el disco debut de Diez Minutos después, contiene temas como Vamos de Nuevo, Canción para Dante, Nadie se meta, Distinta, y Buscando. “Tiene aires rioplatenses, a lo Buscaglia, Gustavo Pena, y algunos souls. Siempre me gusto el funk, el soul, y el reggae”, dijo Figueredo, y destacó las intervenciones de sus compañeros, con solos instrumentales y climas que vuelan hasta lo jazzístico.
“La música es un lenguaje, y uno puede conectarnos sin decir una palabra y encontrar esa sonrisa cómplice, esa comunión. Cuando aparece esa energía y esa química es inigualable, es sublime. La inteligencia artificial no le puede ganar”, concluyó sobre la magia de combinar los sonidos, y con otro pan bajo el brazo.