Yo no sé, no. Pedro me hacía acordar que cuando comenzaba enero para nosotros empezaba una nueva etapa. La etapa cuando nos crecía ese bigote tipo Cantinflas y en la que empezábamos a relacionarnos de manera distinta con las pibas, fundamentalmente con aquellas que habían sido compañeras del colegio. El barrio, en enero, parecía diferente. Era como que había algo nuevo, o por lo menos era lo que pensábamos nosotros. Eran los días que comenzaba la temporada y los que eran socios de algún club que tenía pileta se pasaban el día ahí.

Nosotros nos íbamos al arroyo y a veces hasta nos íbamos a La Florida. Era una etapa donde apreciábamos un poco más a los árboles y no porque éramos naturalistas sino porque aprendimos el valor de la sombra.

En esos días, también, comenzaban los primeros torneos amistosos. Se armaban triangulares y también cuadrangulares. Me acuerdo de uno que se jugó en el Parque Independencia en el que jugaron Ñuls, Central, Boca y Peñarol de Montevideo.

Enero también, después que pasaban los reyes, era el mes en el que comenzábamos con la cuenta regresiva para que lleguen los carnavales. Además, en esa nueva etapa que representaba el primer mes del año, me acuerdo que nos levantábamos temprano para ir a marcar la cancha. Ese pedazo de terreno baldío semi salvaje en el que nosotros sólos sabíamos cuando la pelota se iba afuera o traspasaba la línea de gol. Estábamos orgullos porque era una de las pocas canchitas del barrio que estaba marcada.

Pedro me hace acordar que en esos tiempos también convocaron a varios pibes de la UES a dar clases de apoyo en la zona oeste. Y eso, para nosotros y para los chicos a los que ayudábamos con las tares de la escuela, era como marcar la cancha políticamente. De esa manera, me dice Pedro, les decíamos que si el Estado se hacía cargo de cada unos de los pibes, ninguno iba a quedar afuera. Y nosotros hacíamos lo posible para que sigan en la educación pública. Pero también, me recuerda Pedro, que en esos tiempos el enemigo te marcaba la cancha. Si te descuidabas, tenías que empezar de nuevo.

Por eso, como ahora, en enero, estos tipos parece que no van a dar tregua. Hay que empezar a marcar la cancha para volver al verano con las cuentas regresivas que teníamos antes, cuando pensábamos cuánto faltaban para que lleguen las fiestas populares.

Le tenemos que marcar la cancha para que no haya más exclusiones y para decirles: hasta acá llegaron. Para que los viejos puedan apreciar la sombra de los pocos árboles que van quedando y para que los pibes tengan la posibilidad de ir a la escuela pública.

Entonces, Pedro me dice pensando en la cuenta regresiva: ¿Cuánto faltará para los carnavales? Y es el tiempo de empezar a marcar la cancha. Quién te dice que, en una de esas, lo damos vuelta y esto que se parece un corso a contramano se transforme en una fiesta popular.

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