Visité hace pocas semanas el Espacio de Memorias La Perla, ex centro clandestino de detención, situado en las afueras de la ciudad de Córdoba. Allí pasaron, se estima, 3.000 personas, entre ellos la hermana de mi madre, Alicia D’Emilio, y su marido, Ricardo Yavícoli, ambos fusilados en ese sitio en octubre de 1977.

Recorrí esa cartografía del terror junto a mi compañera: muchas reflexiones y emociones importantes para mí nacieron en las dos horas que estuvimos allí, pero en estas líneas voy a centrarme en una.

El último punto de la visita a La Perla es una sala que se llama ‘Presentes’. Es una sala amplia, empapelada con rostros y nombres de gran parte de los detenidos desaparecidos que pasaron por el campo de concentración. Son imágenes impresas en papel. La propuesta del Sitio de Memorias es que los visitantes puedan escribir sobre estos papeles alguna reflexión sobre su experiencia reciente. Algunos de los mensajes resultan profundamente conmovedores y valiosos, como los de los familiares que, en pocas líneas, transmiten la continuidad de una lucha y de su trabajo sobre la memoria.

Pero entre todos los mensajes hubo un mensaje en el que me gustaría profundizar: en la entrada a la sala y a la altura de nuestras cabezas leímos en una hoja blanca: “Perdonamos pero no olvidamos”, firmado “Sexto año Colegio Cristo rey”.

Al terminar el recorrido nos sentamos en un banco y no pude dejar de pensar en ese mensaje. Lucía propuso intervenirlo con un signo de pregunta al lado de la palabra Perdonamos, pero decidimos no hacerlo. Sí se lo hicimos notar a la encargada de recibirnos y su respuesta giró en torno a respetar la libertad de expresión de los visitantes, en este caso estudiantes de un colegio católico.

Volví a mi ciudad y seguí pensando en aquel mensaje.

¿Por qué pienso en la imposibilidad de un perdón, o en todo caso en la imposibilidad de un mensaje público de perdón? Ante todo considero que el arrepentimiento y el perdón son imposibles cuando es un crimen que sucede, un crimen perpetuado. Los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura no fueron, sino que están siendo: el ocultamiento de información del paradero de cuerpos y de la identidad de personas es un delito autónomo al crimen del asesinato, del secuestro, de la tortura, de la violación, de la desaparición forzada.

Cuando un genocida muere, muere cometiendo el delito del ocultamiento y pasará a la eternidad cometiendo este delito.

Son entonces crímenes que seguirán siendo.

Volviendo al mensaje de los alumnos del Colegio Cristo Rey encuentro otro punto a analizar y es el plural utilizado en “Perdonamos”.

Mi amigo Ciro echó luces sobre esto al relatarme el testimonio de un hombre francés que siendo niño logró escapar del tren que lo conducía a la muerte en Auschwitz y que se encuentra, cuarenta años después, a un colaboracionista nazi en una panadería de París.

El colaboracionista lo escucha contar su historia a la cajera de la panadería y lo sigue hasta la calle, le toca el hombro, le cuenta su vida: colaboró con los nazis en Auschwitz, está profundamente arrepentido, le pide perdón.

El sobreviviente lo mira en silencio y entiende que aquel hombre está genuinamente arrepentido. Y entonces le responde: “Yo puedo perdonarte, y te perdono. Ahora y aquí, te perdono. Pero yo y solamente a vos. Esto no significa que usted tenga el perdón, que usted tenga el perdón de todos los que sufrieron el holocausto en el que usted colaboró”.

El perdón cristiano, el perdón movilizado por un sentimiento cristiano, puede existir e incluso ser genuino, pero nunca puede ser colectivo. Dios, sea lo que sea Dios, opera de manera muy curiosa y en todas las personas de una manera muy distinta. Pero Dios, sea lo que sea Dios, no puede operar sobre el concepto de “Ni olvido Ni perdón”, que sí fue construido colectivamente. La idea de un Dios no puede operar sobre una política de estado ni sobre las genuinas decisiones de un pueblo que construye su memoria sobre algo que le quitaron por medio de la muerte y el terror.

No es un hecho de mucha gravedad encontrar que alguien decida perdonar a un genocida (en este caso a todos los genocidas), pero sí es grave que en un ex campo de concentración pueda leerse esta idea en plural, por más que no sea promulgada desde el museo. Recientemente un funcionario del gobierno de Cambiemos cuestionó la cifra de treinta mil desaparecidos y el escritor Martín Kohan fue claro al respecto:

La cifra se postula porque no estamos bajo la disputa de cifras bajo comprobación, porque si el estado reprimió de manera clandestina e ilegal y los cuerpos los sustrajo y la información no la dio, la cifra abierta no es sólo que no sabemos, no es que inventamos treinta mil como se dice tontamente, o macabramente (…) El hecho de no saber (la cifra de desaparecidos) es la exigencia de respuesta”.

Recordando la respuesta de Kohan entendí porqué no intervine el cartel: agregarle el signo de pregunta hubiese validado una discusión peligrosa para la memoria de un pueblo que busca la justicia.

La decisión de no perdonar también es la exigencia de respuestas.

Son tiempos que desde el gobierno nacional se intentan abrir estas discusiones, reformular la historia, cambiar cifras y contenidos. Pero tanto la cifra de 30.000 desaparecidos como la decisión de las víctimas y familiares de no perdonar ni olvidar es una línea que a mi entender no debe ser cruzada. ¿Hasta qué punto es respetar la libertad de expresión darle un espacio público a alguien que toma decisiones en un plural virtual, decisiones que van en contra de un plural real, de un plural que lleva muchos años de trabajo y lucha?

Ni siquiera un sobreviviente del genocidio nazi, que perdió a toda su familia en un campo de concentración, tiene el poder de otorgar el perdón. El suyo sí, pero no el de un pueblo, y por eso aclara: “mi perdón no significa el perdón”.

En torno a los delitos cometidos por los militares argentinos un pueblo trazó una línea que no debe ser cruzada. Es una línea joven y fresca que desde oscuros sectores del poder quieren borrar. Es tarea de todos hacer esta línea indestructible para fijar por siempre el Nunca Más.

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