Yo no sé, no. Pedro el otro día se acordaba de la tapera que quedaba en el monte pasando Uriburu, donde íbamos a comer frutas salvajes y a cazar ranas. Era una tapera llena de historias, misterios, que nos hacían creer a los más chicos. Pero en realidad, lo más peligroso era el pozo negro que tenía, como toda tapera. Y más para nosotros, porque al tiempo nos poniamos a jugar con cualquier cosa a la pelota, con una de goma o con una de cuero que llevábamos por las dudas, y el único que se animaba a ir a buscar la pelota cuando caía cerca de la tapera era un flaquito que siempre venía con nosotros. Él corría menos peligro que nosotros porque las maderas –si pisaba arriba del pozo– lo iban a aguantar por el poco peso. Lo cierto es que cuando volvía con la pelota, él era distinto: se quedaba taciturno. Nosotros lo cargábamos, diciéndole que había traído la pelota pero él se había quedado en el pozo.

Al tiempo se empezó a decir en los relatos deportivos “el equipo cayó en un pozo anímico” y en las canchas apareció el pozo alrededor del campo de juego para que no haya invasión. Antes había que saltar del alambrado y ahora aparecía ese pozo, que en realidad nunca sirvió mucho, porque era más peligroso para los jugadores que para evitar que el hincha salte para festejar.

Volviendo al pozo del barrio, el flaquito tardaba en arrancar y cuando lo hacía, después de venir con la pelota, era un fenómeno y nadie se la podía sacar: corría, iba, volvía, saltaba, cabeceaba. Y Pedro se acuerda que en ese barrio, el que tenía el primer desencuentro amoroso, uno caía en un pozo en el que parecía que nunca más iba a salir, hasta que salía. Y salía como el flaquito, llevandose el mundo por delante, reviviendo. Porque esos pozos, en cuestiones anímicas o cuestiones del corazón, eran pasajeros.

Y Pedro se acuerda que al tiempo el país también salía de un pozo, de ese pozo de esas dictaduras que nos impedían ver la libertad, el futuro, concretar nuestros sueños. Y de pronto, a mediados de los 70, parecía que toda la Argentina había salido de ese pozo. Hasta que apareció algo tremendo, el pozo del 76, que hasta hoy tenemos las consecuencias que nos pegan duro. Y en el medio se tardó en salir, como el flaquito que buscaba la pelota. Después, no nos habíamos dado cuenta que estábamos en el pozo de los 90, pero se salió, como mucha efervescencia, de 2003 en adelante.

Y ahora que estamos en un pozo bastante jodido, dice Pedro, porque mucha gente se niega a ver que lo estamos, que la pelota cayó ahí y no la podemos jugar entre todos, alguien se va a animar a ir a buscarla. Y le apuntaremos al corazón de este sistema que nos llena de pozos el camino. Y quien te dice que no salgan radiaciones positivas, salimos con lo mejor, como descubrió Hawking, que se murió hace poco. Eso sí, teniendo mucha memoria, sabiendo de dónde venimos. A lo mejor, no tanto como el origen del universo, pero en el medio estamos nosotros y tenemos que ser artífices de nuestro propio destino, un destino sin pozos, sin pozos para siempre.

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