El mes que se fue mostró pésimos resultados para la economía real. No hay cuadernos ni citaciones judiciales que puedan minimizar la incertidumbre y la desconfianza que genera el programa económico de Cambiemos, que co-gobierna la Argentina con el Fondo Monetario Internacional. El dólar bate records, presiona a la inflación, el peso se devalúa, los ingresos se licúan.

El presidente Mauricio Macri intentó llevar “calma” al “mercado” y anunció un acuerdo con el FMI para adelantar desembolsos crediticios. Generó el efecto contrario. Su discurso fue breve, solitario, sin precisiones y lleno de palabras huecas de raigambre duranbarbista. La corrida cambiaria aceleró. El Banco Central elevó la tasa de referencia al 60 por ciento. La crisis se intensificó. El gobierno dijo que está todo bien y prometió profundizar el ajuste. Con todo, se viene un septiembre de primavera cero: habrá paro de estatales el 12, huelga y marcha de las CTA por 36 horas el 24 y paro general de la CGT el 25.

Aunque los comerciantes no trasladen en su totalidad el impacto que genera el salto del dólar a los precios, la proyección inflacionaria para todo 2018 alcanzó el 40 por ciento. Semejante desbarajuste financiero llegará a las góndolas de los supermercados, a los surtidores, y la población lo sentirá en el bolsillo. En el gobierno se enfocan en “los mercados” mientras crece el desaliento y la preocupación general por el rumbo del país.

El poder adquisitivo se deteriorará más aún después de las frenéticas jornadas de histeria dolarizada. La devaluación favorece a sectores concentrados de la economía, a los más ricos, y castiga a los sectores populares, principales víctimas de las políticas del macrismo, en un contexto de caída de la producción y recesión económica.

El dólar escaló 5 pesos en un día y encendió las luces de las crisis de los $40. En cuatro días hubo una devaluación cercana al 30 por ciento. En lo que va del año, el peso se devaluó casi un 80 por ciento. Todo esto tiene su correlato en la desmejora de la calidad de vida de millones de argentinos.

Si bien la cuestión financiera parece acaparar toda la atención, lo cierto es que el daño mayor recae en la economía real, en el día a día, sobre los que viven de sus salarios, o de changas. El mercado de trabajo sufre las consecuencias del modelo de restauración conservadora. El salario real en el sector privado acumula meses y meses de retrocesos, y este año perderá por goleada frente a la inflación.

“Desde la llegada del macrismo la industria lleva perdidos más de 80 mil puestos de trabajo registrados, y la destrucción se acentuó en los últimos meses”, señalaron desde el Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala. “Desde hace meses (¿años?) la discusión pública está centrada en temas vinculados al mundo financiero (Lebcas, dólar, Leliq, Nobac, etcétera). Mientras tanto, el mercado de trabajo literalmente se está destruyendo, y todavía falta el segundo semestre”, alertó el economista Luis Campos en su cuenta de Twitter.

Queda en evidencia que las políticas de desregulación financiera y económica que implementó este gobierno, en un giro de 180 grados comparado con la anterior gestión, agravó problemas existentes y trajo mayor escasez de dólares. La falta de controles en el mercado cambiario y la permanente devaluación del peso, acrecentaron la fuga de capitales al exterior.

“El problema de Argentina no es el financiamiento. El problema de Argentina es la libre compra de dólares, el libre movimiento de los capitales sin ninguna restricción y la libre liquidación de las exportaciones”, sostuvo el economista Ernesto Mattos en declaraciones televisivas.

Por su lado, el economista Alejandro Vanoli, ex presidente del Banco Central en el gobierno de Cristina Kirchner, escribió en Twitter: “Si no se frena la apertura importadora, no se imponen tipos de cambio múltiples para desvincular el dólar de los precios, no suben retenciones a los grandes exportadores y no se ponen regulaciones a los grandes capitales financieros, no hay programa del FMI que funcione”.

Las dos CTA, y el sindicato de Camioneros, anunciaron un paro de 36 horas para el 24 de septiembre.

Pero el gobierno insiste. El ministro Nicolás Dujovne anunció que viajará a Washington a ponerse de rodillas a la espera de nuevas directivas para intentar pilotear la “tormenta” de la que habla el meteorólogo Mauricio Macri. En respuesta a las políticas de ajuste, la CGT se despertó de la siesta y lanzó el cuarto paro general contra el gobierno macrista. En tanto, Pablo Moyano, de Camioneros, Hugo Yasky y Pablo Micheli, de las dos CTA, anunciaron una huelga general de 36 horas desde el lunes 24 anterior, con movilización a Plaza de Mayo. Los movimientos sociales también participarán de sendas protestas.

La Bancaria liderada por Sergio Palazzo pudo activar la cláusula gatillo, que le permitió acceder a una mejora salarial frente a la disparada inflacionaria. El tema volvió a colocar en el centro de la escena las discusiones paritarias, donde este año la mayoría de los gremios pactaron subas que serán arrolladas por los constantes aumentos de precios. Aunque lo más angustiante es la crisis laboral y la creciente pérdida de fuentes de trabajo, además de la cantidad de gente que cae en la pobreza y la indigencia.

Entre tanta fiebre verde, se conocieron datos del Ministerio de Trabajo de la Nación que revelaron que en junio el sector privado contabilizó 26.800 empleos menos. Los sectores más afectados fueron la industria manufacturera, hoteles y restaurantes y la construcción. En comparación con diciembre de 2017 se perdieron 106.600 puestos formales. El “mejor equipo de los últimos 50 años” está dejando daños sociolaborales profundos mientras se derrumba la economía. Y todo indica que lo peor está por venir.

 

 

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