Yo no sé, no. Pedro se acordaba, cuando iban a la escuela, que a su grado llegaron unos hermanos pelirrojos, colorados bah. Venían del límite de barrio Plata, al sur del colegio de barrio Acindar, no muy lejos lejos, así que se venían a pata y haciendo travesuras. A veces juntos, a veces por separado. Y como eran bastante parecidos (sin llegar a ser gemelos) a la hora de ser acusados de algo, la cosa se complicaba y a veces zafaban.

Para el fútbol, uno era áspero y el otro era bueno, con una gambeta rara que aparecía aún entre los tumultos de piernas más bravas.

Una vez en un partido contra los que vivían cerca de Estación el Gaucho, uno de los mellizos –el habilidoso– no apareció. “No nos salía una”, cuenta Pedro. Perdíamos 2 a 0, y con baile, hasta que faltando diez minutos, atravesando el campo se ve la figura del Melli  que viene al trote. Nuestros ruegos entre dientes («que aparezca el melli») se hicieron realidad, y apenas entra da vuelta la cancha, convierte dos goles y da el pase al tercero que nos dio el triunfo. El Melli había aparecido.

Volviendo al barrio, nos cuenta que llegó tarde porque lo detuvo la policía. Y que zafó porque en la comisaría, una vecina que andaba con un vigilante, lo reconoció y le dio una mano para liberarlo.

Después de algunos años con el equipo bien compensado por algunos jugadores con buen pie y otros para el sacrificio, llegó un tiempo que entre dictaduras, democracias débiles y los 90, no ganábamos un partido, perdíamos en todos lados. «Faltaban un montón de jugadores, muchos de ellos los más capacitados en dar vuelta el partido», me dice Pedro. “Pero sabes qué –prosigue– cuando se hace justicia con los responsables y/o cómplices de haber secuestrado, torturado, asesinado y desaparecido a muchos de los nuestros, siento que en algún momento, atravesando un campo, aparecerá uno de los que seguimos buscando, a meter piernas y gambeta, y al partido lo empezamos a dar vuelta”. Esto me lo dice mirando para el lado donde estaba el último campito, con los ojos llenos de esperanza al reconocer la figura como la del Melli.

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