Yo no sé, no. Pedro se acordaba cuando iban hasta Uriburu y Avellaneda, por la Vía Honda, a jugar un partido con los de ahí. Llevaron a Manuel, al que le decían Manolín porque parecía un torero, siempre esquivando las desgracias o los zapatillazos del abuelo o de la tía. Lo cierto es que Manolín, con su perro Viqui, se metía a cualquier terreno que tuviera árboles con frutas y se las comían, estando maduras o aún verdes. las consecuencias eran cantadas: Manolín no llegaba a terminar el primer tiempo del partido que le agarraba un dolor de panza y al toque corría a lo yuyos porque se cagaba. En aquella época los partidos eran a 6 goles y a los 3 se cambiaba de arco. Cada tiempo podía durar 10 minutos o más de una hora y media. Como era rapidito para el fulbo, lo metíamos desde el arranque, antes que se vaya pa los yuyos.

Con el tiempo, cuenta Pedro, conoció a un compañero, bueno y rápido para pintar consignas, al que siempre le agarraba dolor de panza hasta doblarlo. Le preguntábamos si no era el pecho también. “No –contestaba–, son los nervios”. Ya por ese tiempo sabíamos que un dolor en el pecho, y más del lado izquierdo, podía ser el corazón. En la panza, una úlcera o un empacho; y en la nuca, la presión arterial.

Mientras tanto, en el barrio, pegadito a la vía, doña Juanita te curaba de palabra. Y cuando el dolor era en el pecho, aparte de mandarte al médico, doña Juanita te preguntaba cómo  andabas de amores.

Transcurrido el tiempo y los dolores del barrio (nuestros dolores), la mayoría sigue igual. Algunos fueron cambiando, como el dolor de panza, que siempre pensamos que era porque te estabas por cagar o estabas empachado. El del pecho, puede ser el corazón, y el de cabeza, por la presión. Pero a esta altura nos enteramos que el dolor de panza puede ser también un infarto al corazón, como le pasó al Alberto la madrugada del lunes: le agarró dolor de panza, y cuando uno pensaba que era un empacho o una úlcera en la boca del estómago, resulta que era el corazón que avisaba que se detenía para siempre.

Bueno, me dice Pedro, a lo mejor lo del Alberto ya estaba en destino. Lo que sí creo es que hay que ir sobre los dolores, sobre nuestras angustias, y terminar con la presión que nos hace vivir al límite. Y mientras nos preparamos para cambiar muchas cosas, exijamos que las ambulancias lleguen a tiempo, para salvar muchas vidas, para que no nos quede este dolor que parece no irse nunca, y para que los Pelu (el perro del Alberto) no se queden mirando la calle, esperando, esperando. Esto me lo dice Pedro mirando, junto al Pelu, ese infinito para atrás, con pintores de alturas, de compañeros rápidos con el pincel o la pelo, y también plagado de dolores.

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