Yo no sé, no. Parecía que no había llovido en años, el poco pasto que había se rendía a un amarillo que parecía crujir con sólo mirarlo. Se acercaba el 5 de enero y teníamos que conseguir algo verde, fresco y lo más tierno posible. Pedro nos recordó que por la Vía Honda, a la altura del segundo puente, ahí abajo el hinojo estaba siempre reluciente, como si no le afectara la falta de agua de lluvia. Una tarde en la que fuimos por el hinojo en cuestión, vimos que en la quinta cercana al Puente, el tomate corría peligro y la acelga en su segundo corte se estaba secando. Lo único positivo por la falta de lluvia era un pedazo de quinta que estaba siendo abandonada para la labranza y el terreno en cuestión tenía la superficie de una cancha de 7. Y, bueno, ya le habíamos tirado el ojo: tener una cancha propia a la altura de Avellaneda y Uriburu nos entusiasmaba.

Esa tarde sacamos cañas del tomatal que agonizaba y en el suelo se entregaba a las hormigas. Con las cañas hicimos un par de arcos, precarios pero eso sí, vistosos, tanto que al poco tiempo eran como mojones y muchos decían: “Ahí, donde está la canchita de los pibes”. Aparte de las cañas, esa tarde nos hicimos de un par de plantas de acelga y esa noche pintó torrejas. La changa de conseguir pasto se la dieron a Raúl cuando la Tere le dijo: “Si me consiguen pasto para esta noche les doy una moneda”. Se corrió la bola al toque y toda la cuadra nos encargó verde para el 5 a la noche. Con el adelanto que conseguimos nos compramos una Crush (naranja) y un paquete de Big Ben que liquidamos mientras debajo del ligustre mirábamos a la laguna de Centeno y Castellano transformarse de a poco en un gran terrón de tierra seca. Para eso de las 7 de la tarde, el olor a tabaco que teníamos se sentía a lo lejos. Por suerte el hinojo fue nuestra salvación: nos refregamos las manos y las trompas con él. En un momento, Juanchila, que era el más chico de la barra, tiró una pregunta: “¿Che, a los camellos les gustará el hinojo con olor a tabaco?”.

Ese año las lluvias abundantes comenzaron en febrero, se salvó parte del tomatal y la acelga se tomó revancha pegadita a nuestra canchita que, con arco de caña, duró un par de años largos.

Al tiempo lo encontramos a Juanchila que andaba de visita, ya que su familia se había mudado del barrio, y Pedro, después del saludo, le dice: “Viste, Juanchi, al final a algunos de los camellos no le disgustaba el olor a tabaco. Mirá, capaz que éste arrancó con nuestro hinojo con olor a Big Ben”, y le mostró un atado de Camel.

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