Ahora está, con su nuevo compañero, en un minimarket, que se encuentra a media cuadra de la pollería. Han pedido un porrón grande, de litro, bien frío, y lo están tomando pasándose la botella uno al otro, para tomar un trago por vez.

¿Cómo va todo?…, le pregunta, de pronto, su acompañante. Lo mira, pensando en el sentido o alcance que pueda tener la pregunta. 

Qué se yo…, responde. Podría decirse que bien, sin entrar en detalles.

Sí, para entrar en detalles, mejor no hablar…, comenta el otro, haciendo una sonrisa que, más que irónica, parece afectuosa, y empática.

Porque si estás acá, prosigue, no ha de ser porque todo te vaya tan bien. Este laburo no es para gente que no tenga problemas.

Lo mira, en silencio. Después, le pregunta:

¿Vos decís?…

Y claro, le contesta su nuevo amigo. Este es un laburo de mierda, horrible, que te pagan para el orto, y encima estás permanentemente expuesto a darte una piña en la calle.

Y sí…, dice él.

Por eso te digo, continúa el otro, que si estás acá es porque estás en la lona. ¡No lo tomes a mal, le advierte, porque lo que te digo vale para todos, yo incluido en primer lugar! 

Después toma otro trago, largo, terminando el contenido de la botella.

¡Pido otra!…, le dice, levantándose para ir hasta el minimarket. Compra otra botella y vuelve, sentándose al lado suyo. Prosigue hablándole:

Mirá, yo estoy igual que vos y que todos los pibes que laburan con nosotros. Muerto de hambre, con quilombos familiares y lleno de deudas. Mi viejo está enfermo del corazón y mi vieja está en un asilo porque tiene la cabeza perdida y no puede vivir sola. Aparte, tengo tres pibes que viven con la madre pero a los que tengo que alimentar. ¡Bah, lo que se dice alimentar, precisamente, no sería!… Cuando puedo le tiro un mango a mi ex, pero eso cuando tengo. Hay semanas que no le doy ni la hora. ¡Encima –continúa diciéndole– la yegua me metió una denuncia, y más de una vez que no podía darle guita venía la taquería y me llevaba al juez de menores! Así que, imagínate…

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