Justo cuando está por salir con un pedido, le tocan el hombro. Sorprendido, frena, y se da vuelta: el que lo había tocado es Joe.

¿Qué hacés por acá?…, exclama, como si estuviese viendo un aparecido o a un ser sobrenatural. Pero no es ni una cosa ni la otra: es Joe, en mismísima persona, que lo mira haciendo una sonrisa tan ancha como el bulevar.

¡Teto, querido!…, le dice Joe. Vine a buscarte porque quiero hablar con vos.

Desconcertado, sigue mirándolo por unos segundos sin saber qué decir. Después responde:

Bueno, mirá, acá estoy laburando como loco. Salgo a las doce, así que si me querés esperar, cuando termino vamos a tomar algo.

¡Hecho!…, contesta Joe. ¡A esa hora te espero en el boliche de la otra cuadra!

Arranca la moto acelerando y metiendo varios cambios uno detrás de otro. Ese día parece que media ciudad decidió comer hamburguesas por lo que se la pasa yendo y viniendo, hacia zona sur, pero también oeste. A zona norte no lo mandan porque ahí trabaja la sucursal de la terminal de ómnibus.

Al cabo de varias horas termina la jornada. El índice de productividad debe haber saltado por los aires, por la manera de correr con la moto. Satisfecho, saluda a sus compañeros de trabajo para irse después hacia el boliche donde lo espera Joe.

Cuando llega, Joe lo está esperando con una birra grande en la mesa. ¡Sentate!…, lo invita, haciendo un gesto con el que le ofrece una silla. 

Él se sienta y toma un vaso de cerveza que le convida el otro. Joe espera que lo trague y una vez que la cerveza ha bajado hasta su estómago, le dice:

Vengo a verte por el tema del otro día.

No comprende de qué le está hablando. Pregunta, en consecuencia:

¿Qué tema?…

¡El tema del sindicato!…, responde Joe.

La respuesta lo descoloca. Se acuerda que Joe le había dicho que tenían que formar un sindicato pero pensó que era una ocurrencia sin importancia. Sobre todo, una ocurrencia destinada a no plasmarse en hechos. Pero parece que no era así.

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