Yo no sé, no. El 15 venía por Lagos y apenas pasaba 27 doblaba por el pasaje Independencia. Eran siete cuadras con sus luces y sus sombras hasta agarrar Cafferata hacia el sur. Más bien con mucha sombra, por la arboleda.

A Pedro eso lo “invitaba” a dejar de mirar el afuera que se iba, y mientras intentaba contar la plata tanteando con los dedos los últimos billetes en el bolsillo, hacía cálculos de encanutarse tres de diez por día. Para la víspera del 9 de Julio tendría como para ir al Echesortu y a la pizzería que estaba en la esquina de ese cine en compañía de la piba de flequillo rebelde y desparejo, esa con la que ya llevaban cruzadas varias sonrisas, varias miradas.

Una “rebelde” sombra de un árbol que estaba por Francia y que se metía por el pasaje, le hizo acordar que el que jugaba de 8 se había declarado en rebeldía y no quería jugar más de 4 (al marcador derecho titular lo teníamos lesionado).

Cuando intentaba ver qué había salido en la Oro de la tarde, en un diario de uno que venía parado delante de él, lo distrajo el flequillo de Julia (Stefania Sandrelli) en el anuncio de la peli El Conformista. Se acordó con cierta nostalgia del último acto del 9 de Julio en la Anastasio Escudero, donde ya no tenía ese rebelde flequillo. También llegó a leer que Louis Armstrong había partido, quizás para darle el octavo color al arcoiris, cuando debajo del 15 vio que la farmacia de San Nicolás y Biedma todavía estaba abierta y se mandó por unos chicles de mentol. Y de paso hacía un poco de tiempo para esperar la llegada de otro 15, a ver si se podía cruzar con una piba que iba al Superior de noche. Cuando dobló por Iriondo se prendió el último Colorado.

Por una ventana, cerca de la granja de los padres de Sergio, salía de una radio el sonido de una trompeta. Al llegar a su casa, antes de entrar, sacó la cajita azul y se mandó uno de mentol a la boca. Se volvió a tocar el bolsillo, tenía 15 años la del flequillo, o 14. Estaba cerca de su independencia económica y esa noche, pensando en tantos flequillos rebeldes, sentía que en el aire había una declaración que podría empezar así: “Veo árboles verdes, también rosas rojas. Las veo florecer por mí y por tí. Y me digo a mí mismo: qué mundo tan maravilloso” (Louis Armstrong). Era una noche de julio del 71 y nuestros sueños nos hacían pensar que estábamos cerca de un mundo maravilloso.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 08/07/23

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