Yo no sé, no. La primavera parecía despedir ese noviembre de a poco, con días de lluvia y días de calor. Nosotros, los pibes, sabíamos que los días que quedaban atrás quedaban con algunas cuestiones pendientes. Ese año, casi todos terminábamos la primaria y con eso la rutina como la que hacía Pedro todas las mañanas: levantarse y caminar tres cuadras de tierra y unas cinco de pavimento de la calle Acevedo.
En las tres calles de tierra la mayoría de las casas eran con un provisorio techo de chapa, las otras tenían unas tejas rojas que nos daba la impresión de que serían para siempre. Lo que no sería para siempre, nos dimos cuenta, era asistir a la Anastasio. Sólo Manuel quedaría un par de años por ser el más chico. Quedaba por terminar un partido que Raúl había organizado. En realidad, era la revancha contra los de la cancha de Yapeyú, porque en el primero habíamos perdido feo. Quedaba pendiente una carrera en bici de puente a puente por las montañitas de la Vía Honda y ese encuentro con las pibas del barrio de techos de tejas rojas. Y también quedaría pendiente saber lo que nos había dicho Tiguín: que ese próximo año a las naranjas de barrio Acindar, por la mañana, se les iría el amargor para estar dulces sobre el mediodía.
Quedaba también ir a la flamante, para nosotros, cancha de Primera Junta, ya que comenzarían los torneos en una de once a partir de los 13 años, y la cancha estrenaba arcos con redes. Quedaba pendiente ir al nuevo pool del bar del Toti, hoy convertido en la Pollería de David, y también un interrogante: si los techos de chapa serían renovados por chapas nuevas o aparecería el hormigón. Nos quedaban cosas y cierta incertidumbre por el cambio de ritmo que se avecinaba. También nos preocupaba el bolsillo. Tendríamos que valernos por nuestra cuenta para hacer frente a ese futuro cercano y otros gastos.
Cinco años más tarde, promediando la secundaria, Pedro y Carlos se encontraban también en un cambio de tiempo. Una linda primavera con los bolsillos que nos alcanzaba para la diaria y algo más. Y en la cabeza, y en el corazón, sabíamos que una historia política recomenzaba. Pedro, noches atrás, sentía que algo pendiente nos quedaba por hacer en aquellos años 70 y en estos tiempos que corren. Encontró una hojita, agarró una Bic y empezó con esas dos columnas que alguna vez tuvo en la cabeza. En una, las cosas que se nos vendrían. En la otra, las cuestiones pendientes de ese tiempo en el que aún éramos pibes. Más abajo quedarían por plasmar, en ese mismo papel, las de esos momentos maravillosos de la adolescencia y la juventud con sueños y cuestiones que aún siguen pendientes.
Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 25/11/23
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