Yo no sé, no. Manuel, después de una repentina lluvia de enero, jugaba en un charco de agua que se había formado detrás del arco que daba a Quintana, con sus mocasines Sin Fin, unos calzados de PVC (plástico) que imitaban a los caros (para nosotros) Skippy. Y nos decía: “¡Hace dos años que los tengo y cada vez que los agarra el agua parecen nuevos, son eternos!”

En esa cancha se estaba jugando un partido desafío, los de Crespo contra los de Iriondo, a 12 goles. Iba una hora de juego con el marcador 2 a 2 y pintaba para ser eterno. Cerca de Manuel estaba sentado Tiguín, que ya era fierrero, con una foto del Torino 380 (auto que tenía dos años desde su aparición en Argentina) y decía: “¡Esta cupé va a ser eterna!”.

Ese verano Raúl nos llevó a todos al Puente Gallego con un carro que como la yegua (la Morocha) que lo tiraba, nos parecía eterno. Debajo del gran eucalipto (Centeno, pasando Cafferata) Tamba, con una eterna paciencia, nos enseñaba a imitar el canto de los jilgueros. Tamba decía que con el tiempo esos pechos amarillos superarían a los gorriones y su presencia, como su cantar, sería eterna en el barrio.

Juancalito estaba preocupado ese mediado de enero, tenía la data que el álbum de figus traería todos los equipos que jugarían el Metropolitano, los equipos de segunda división y los del Torneo Nacional, y nos decía: “¡Llenar el álbum nos va a llevar una eternidad!”. Un sábado por la noche de ese enero, pegadito a la cancha en lo de don Gregorio, escuchamos en un winco un LP (larga duración) de los Wawancó. Sólo teníamos que esperar que salga un LP solamente de temas lentos. La cumbia, los temas lentos y el winco nos parecían de una combinación que iba a durar una eternidad.

Con Pedro esperando al 53, que en verano tardaba bastante, empezamos a pitar el primer rubio que superaba los 90 milímetros; traía 91. Ese milímetro nos parecía tan largo como eterno. Al año siguiente, en una carrera que parecía eterna, en Nürburgring, el Torino pasaría a la historia; los Sin Fin de Manuel pasaban al olvido, y unos años más tarde aparecía un LP de Roberto Carlos, con unos lentos que pasarían a la eternidad. Mientras tanto, enero –como todos los eneros– nos parecían y nos parecen eternos.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 20/01/24

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