El traspaso de la modernidad a la posmodernidad, que en nuestro país ocurre entre finales de la década del 80 y toda la década del 90, instalando la meritocracia que conocemos hoy, no sin tensiones, y con idas y venidas relacionadas con la instalación de nuevos valores y la persistencia de los que proponían las instituciones que pertenecían a un estado y una sociedad civil cuyo rasgo principal era ser comunitaria, social, puso en cuestión los derechos básicos que garantiza nuestra constitución. La historia del movimiento obrero argentino para obtener, mantener y garantizar los derechos al trabajo, a la salud, a la educación, a la vivienda, a la información, y a poder opinar libremente, fue jaqueada por las clases dominantes, otrora oligarquías, hoy corporaciones, en gobiernos democráticos o dictatoriales, con consecuencias fatales, y generando realidades crueles para las clases laburantes. 

Las grandes crisis sociales del siglo XX pusieron en duda la posibilidad de dominar una sociedad que ante situaciones de atropello a sus derechos salía a la calle a reclamar y luchar por su efectivización. Desde fines de los años 80 se puso en marcha una estrategia de atomización de la sociedad, de instalación de dispositivos en los lugares de trabajo, que tendieron a hacerle creer a los jóvenes que ingresaban al mercado laboral que conseguir laburo era un privilegio, y que por más que fueran muchas horas, que la paga fuese escasa y que el trato de la patronal distaba de ser un trato humano, logró producir un disciplinamiento social muy fuerte. Quizás allí se profundizó aquello que inició con la dictadura cívico militar eclesiástica: el establecimiento de nuevas condiciones estructurales al actor social más dinámico que en ese momento tenía nuestro país, el movimiento obrero organizado. Perseguidos durante la dictadura a través del terror, los sectores más combativos padecieron secuestros y desapariciones, cárcel y exilio. A eso habría que sumarle la instalación a través de los medios, y mucho más intensamente luego de la caída del muro de Berlín, del ideal occidental, cristiano, hollywoodense del estilo de vida americano, que implicaba ser un trabajador o profesional exitoso, construir una familia, comprar una casa, tener hijos, y triunfar económicamente, con una fuerte autoculpabilización en caso de caer en la pobreza. En un país con más de la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza, un estado ausente en su rol de garantizar derechos, un mercado especulativo orientado a las finanzas, que no generan empleo, el panorama fue devastador para la subjetividad de las clases populares. Crecimiento en el consumo de drogas y alcohol, desnutrición infantil, desempleo y precarización indiscriminada. 

Así transitamos los 90, hacia una recesión cada vez mayor, que termina de estallar en 2001. El “que se vayan todos” fue la expresión más intensa de un desprecio por la clase política que no supo dar respuestas a las necesidades reales de la gente. No fue por ineptitud, fue por una estrategia de transferencia de ingresos de los sectores populares hacia los sectores más concentrados del capital. Concesiones del Estado, privatizaciones, entrega de recursos naturales, cierre de los sectores deficitarios que cubrían los derechos garantizados constitucionalmente. En todos los medios de comunicación, en especial la TV que era la que construía el consenso social de lo que era la realidad, se comenzó a hablar sistemáticamente de la ineficiencia del estado, de la corrupción de la clase política y sindical, auspiciados por las grandes empresas beneficiarias del plan de concentración. Grupos económicos que poseían bancos y entidades financieras, grandes extensiones de tierra para cultivo y crianza de animales, industria y empresas de servicios. En la ecuación de la corrupción nunca aparecían quienes ponían la plata para que políticos y sindicalistas fueran corrompidos. 

Un emergente televisivo de dicho contexto histórico fue Tinelli, quizás el que más se encargó de instalar la burla, el bullying, el reírse de la desgracia ajena a través de los bloopers primero y de las cámaras ocultas después. Los horarios centrales de los canales de TV se llenaron de series al estilo novelas en las que se reproducían los estilos de vida de las clases dominantes, y en los que se invisibilizaba a las clases populares, su modo de vida, sus valores, mostrándolas casi como vergonzosas.

La idea de fracaso ingresó en nuestras vidas para condicionarnos. De la mano de afirmaciones como “el trabajo dignifica”, o “hay que ganarse la plata honestamente” fuimos aceptando condiciones laborales a la baja. Con la excusa de que para ser alguien hay que consumir, fuimos adaptando nuestra estética a las modas de turno. 

No llegamos a esta situación de un día para el otro. A lo largo de los últimos 40 años se fueron utilizando diferentes tecnologías de subjetivación y de control que fueron formateando el imaginario social. No fue un proceso lineal, funcionó por quiebres y rupturas, por disputas de poder y del sentido. No fuimos derrotados, pero tenemos que entender el retroceso que significa que los sectores más vulnerables de nuestra sociedad elijan un gobierno que va a arrasar con sus propios intereses y derechos. Sin embargo, y a pesar de lo duro del momento, la crisis en el consumo seguramente nos acerque nuevamente a relacionarnos desde la humanidad y podamos reconocer en el otro, alguien diferente, que aporta a la diversidad de los modos de ser que hay en nuestro país. Quiero ser optimista y pensar que este momento histórico va a fortalecer nuestra identidad nacional.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 11/05/24

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