Salgo a caminar o esa cosa que siempre hace Mamá cuando quiere tomar aire. No sé cómo logra estar tanto tiempo sin respirar. Aunque eso me preguntaba antes cuando no sabía que era una forma de decir que en realidad lo que hace es despejarse la cabeza. Que tampoco entiendo bien a qué se refiere, pero me imagino que es como cuando se empaña el vidrio de nuestro auto y Mamá le pasa una rejilla para que Papá vea bien y no haya un accidente.

Estamos en un pueblito sobre el río Paraná. Vinimos a pasar el fin de semana porque mi padre quiere pescar, eso que él también siempre hace cuando quiere llenar de aire limpio sus pulmones.

Me extraña cómo los grandes necesitan hacer cosas para respirar mejor. ¿Es que tanto les cuesta meter oxígeno en su cuerpo? Yo lo hago sin problemas. A Mamá le cuesta mucho más respirar que a Papá y, por eso, dejó de fumar desde que le confirmaron que está enferma. Una vez la acompañé en esa caminata que hace para despejar la cabeza y cuando ya estábamos bastante lejos de casa, se prendió un cigarrillo. Me dijo que no cuente. Y ahí entendí que tomar aire para ella es aspirar el humo y pensé que capaz es ese humo el que limpia su cabeza. 

En la playa del pueblo la arena es oscura. Me explicó Papá que como el río bajó mucho, hay barro y se mezcla. Me prohibieron que entre al agua cuando no están ellos porque dicen que la corriente del río no es como la de la pileta. Encuentro un árbol grande en la orilla y me siento abajo, donde hay pasto, así no me ensucio. Mamá, Papá y Milton están en la mesa del quincho allá al fondo. Mamá sentada junta los platos uno arriba del otro después de sacarles los restos de comida dentro de la fuente donde antes había una ensalada. Papá y Milton arman las líneas para ir a pescar. Encuentro una piedra que tiene una punta y empiezo a romper el tronco del árbol haciendo un dibujo. Siempre es el mismo: un círculo pequeño con cuatro pétalos que intentan ser una flor. Papá y Milton terminan de armar los anzuelos, cargan los cascarudos que usarán de carnada y caminan por la orilla hasta que encuentran el lugar donde se sientan a tirar las cañas. Mamá se recuesta en la hamaca paraguaya, lee un rato y se queda dormida. Siempre que salimos de casa, ella duerme. Papá me llama para darme el mojarrero. Me molesta que, porque soy niña, me toque pescar mojarras. Que no tengo suficiente fuerza para la caña, me dice. Y yo me acuerdo de las veces que la ayudo a Mamá a llevar el balde lleno de agua porque ella no puede, pero no le digo nada. A Mamá no le gusta que le cuente esas cosas a Papá. Como esa vez que él estaba trabajando, ella empezó a toser mucho y se fue corriendo al baño. Yo la seguí, había dejado la puerta abierta. Entré porque pensé que se estaba ahogando y la vi escupiendo en la pileta del baño. Ahora Papá ya sabe, porque también la vio varias veces. Por eso, casi todos los fines de semanas venimos acá. Para que ella descanse mientras nosotros nos entretenemos pescando mojarritas. Al principio, me gustaba porque no me daba cuenta. Pero hace dos semanas que venimos y Mamá ya no es la misma. Se enoja si nos ensuciamos. Nos grita desde lejos para que salgamos del agua porque dice que puede haber rayas. No quiere que Papá limpie los pescados en la cocina. Ayer, por ejemplo, no salió de la pieza. Y a mí me gusta cuando nos sentamos a jugar a las cartas a la siesta, cuando Papá y Milton se van a la orilla. Pero hoy Papá me pidió que fuera con ellos, que la deje descansar. Y estoy terminando de dibujar la flor, me gustaría que ella la vea, pero sigue durmiendo con el libro caído en su pecho y quizá tenga que esperar un poco a que se despierte, pero no quiero ir a pescar. Así que me quedo, sentada con la espalda contra el tronco del árbol, mirando el río y pensando que quizá el agua no sea tan mala como dice Mamá. Quizás lo que ella tenga sea sólo miedo y las rayas en realidad no existen, como me gustaría que no existiese su enfermedad. 

En silencio regreso al quincho. Papá me grita desde lejos que no moleste a Mamá. Yo sólo quiero estar cerca de ella, porque capaz se despierta, ve que está sola y se asusta. Agarro mi libro, los lápices de colores y me pongo a pintar el dibujo de un gato que tiene sobre la nariz una mariposa. Siempre que pinto mi mamá me ayuda y cuando no me ayuda, cada tanto se acerca para ver cómo viene y me sugiere algún color o me dice que le gusta. Pero ahora la veo dormir y me doy cuenta que tengo que aprender a hacer las cosas sola. Como la gente grande que no tiene alguien que los felicite por lo que hacen, pero igual, no dejan de hacerlo. Yo le digo a Mamá que me gusta cómo cocina. Porque pienso que es lindo que alguien le diga cosas buenas, aunque sea grande. Mi papá habla poco, seguramente porque las veces que dice algo Mamá se queda callada, se levanta y se va a la pieza. Ya no sale a caminar como antes. No puede hacerlo sola. Pienso que su cabeza debe estar toda empañada como el vidrio del auto cuando no le pasan la rejilla. 

Termino de pintar las alas de la mariposa y escucho a Mamá decir algo. No alcanzo a entenderla. Miro dónde está Papá con Milton porque no quiero que Papá me escuche hablar con ella. Le pregunto despacito qué dijo. Qué estoy haciendo, me pregunta. Le muestro. Me dice que quedó muy lindo y que le encanta el color violeta. Me dice, también, que quiere caminar un poco, si la puedo acompañar. Me acerco para tomarle la mano y hace unos pasos lentos sobre el césped. Me señala con el dedo unas flores amarillas. Diente de león, me dice y veo que está lleno de esas pequeñas flores. Arranco una con mi mano y se la doy. Ella me sonríe y me agradece. ¿Sabías que estas flores cuando mueren vuelan? Me río. Pienso que me está haciendo una broma. No, me dice. Y si te encontrás una en el aire, te trae suerte. Caminamos un poco más hasta que llegamos a un sillón de madera. Ella empieza a toser. Nos sentamos porque me dice, con la voz entrecortada, que necesita descansar un poco. Papá parece que escucha la tos, porque enseguida viene. Mamá le hace un gesto con la cabeza y Papá le grita a Milton que traiga las cosas. Me dice que vaya a buscar mi mochila. Veo a Milton pasar corriendo con las cañas y cargarlas al auto. Nos vamos. Papá ayuda a Mamá a levantarse. La acompaña. La sostiene mientras se acomoda en el asiento de adelante. Mamá sigue tosiendo durante el viaje. Con un pañuelo de tela se seca la boca. Yo no quiero ver. Papá sólo dice tranquila, ya llegamos. Lo repite muchas veces y Mamá no puede responderle porque cuando quiere pronunciar una palabra le falta el aire y vuelve a toser. 

La ventana de la puerta del auto donde estoy sentada está apenas abierta. Se escucha un silbido que viene desde afuera. Una vez me contó Milton que es el ruido que hace el viento cuando entra. Bajo más el vidrio porque quiero que el aire llegue hasta mamá, pero Papá me reta porque dice que se llena de tierra. Lo subo dejando ese minúsculo espacio donde el viento silba y trato de que ese ruido sea más fuerte que la tos de mamá. Papá estaciona enfrente de una puerta. Nos pide que esperemos en el auto y que nos portemos bien. Milton está jugando con el celular y ni lo mira. Veo a Papá sostener con sus brazos a Mamá y caminan hacia la clínica donde siempre la atienden. El viento ya no se escucha como cuando veníamos. Papá me explicó que lo que silba no es el viento, sino el aire que vibra. Entonces, es mentira que el viento silba, le digo a Milton. Él me mira y se ríe, pero sigue con su celular.

Papá y Mamá continúan alejándose y, antes de atravesar la puerta, Mamá se detiene. Papá le dice algo que no alcanzo a escuchar. Mamá voltea su cara hacia el auto donde estamos con Milton y su mirada no es la de siempre. Apenas se logra ver los párpados tapando los dos círculos verdes que aprendí en la escuela son los iris. Sonríe, pero no muestra los dientes. Los dedos de su mano se levantan como saludándome, como esperando que yo también me despida. Pero me quedo inmóvil. Milton sigue con su celular y yo me acurruco atrás de él, cubriéndome con su hombro para no verla, para no tener que despedirme. 

Siento una suave brisa entrar por la ventana semi abierta y recuerdo que el silbido del viento no existe. Espío sobre el hombro de mi hermano y Mamá ya está atravesando la puerta. Milton sigue atrapado con su pantalla y no dice nada. Yo veo alejarse a Papá y Mamá hasta que desaparecen detrás del vidrio polarizado y tampoco digo nada. Pienso que este silencio que compartimos nunca será un silbido. Como el del viento. Es que este silencio no es más que la falta de vibración en el aire de la que me ha hablado Papá. Aire que no entra ni sale de nuestras gargantas. Aire que no se choca con la copa de los árboles que se ven allá afuera. Aire que no atraviesa el cemento de los edificios que están del otro lado de la vereda, y que, tampoco, se cuela en el espacio que deja la ventana de este auto apagado donde todo se derrumba.

Cuento publicado en la edición impresa del semanario El Eslabón del 11/05/24

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