Yo no sé, no. El cable, mejor dicho los cables de la luz que por Caferatta cruzaban Centeno, cuando soplaba un viento cruzado se juntaban para dar lugar a un chisperío. Manuel lo sabía y esa mañana de octubre, cuando vio el viento, evitó esa esquina y se mandó por la cortada hacia el fondo. Cuando llegó hasta Garibaldi vio el chisperío que hacía Chungui al golpear con un martillo unas herraduras nuevas para su yegua. A una cuadra de ahí, José con una maza golpeaba unas varillas de 12 y las chispas también se hacían presentes. Tiguín estaba empeñado en recuperar un par de bujías para su moto y, mientras las limpiaba, decía: “Las chispas tienen que aparecer en el momento justo”. Por Vera Mújica, a metros del almacén de don Mauricio, se había instalado un afilador que le daba piedra a unas tijeras y volaban las chispas. En Biedma y Lagos, Manuel se encontró con don Fermín que siempre decía: “Yo vi a Lagos sacar chispas”, porque había visto al tranvía (el 15) cuando cruzaba Pellegrini hacia el Sur.

Raúl, que venía por Francia y Quintana trayendo una caja con unos botines nuevos, le dijo a Manuel: “Mirá los tapones estos, van a sacar chispas cuando la cancha esté dura”. En la mesa de los oficiales herreros del taller que estaba por San Nicolás, Carlos se hacía el lindo y hacía saltar chispas con los electrodos cuando pasaban las pibas que a esa hora iban para tomar el bondi. Pedro contaba alguna anécdota graciosa en la vereda donde estaban la Susi, Graciela, María y una piba nueva, y sabía que sólo si aparecía un relato contado con cierta chispa tendría la posibilidad de caerle bien a la nueva. 

Por la tarde del jueves, el viento ya no era cruzado y los cables de Caferatta estaban tranquis. La abuela María, al lado del gran eucalipto, prendía un brasero con muchas chispas y Pedro ya extrañaba a la nueva. Mientras Raúl decía que en el medio campo nuestro tendría que aparecer la chispa de talento del Beto, un tordo pasó por delante nuestro ganando altura. Juancalito renegaba tratando que saliera alguna chispa en su carusita para poder prenderse el último Big Ben y de algún lado llegaba la voz de Leo Dan cantando: “Cómo te extraño, mi amor”. El cielo estaba despejado y nos pareció ver algo parecido a estrellas fugaces. Manuel se hizo la cruz y dijo: “Pidan tres deseos que son chispas fugaces, las chispas que necesitamos para encender los fuegos de octubre”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 12/10/24

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