El hacker de 26 años fue hallado sin vida en su departamento de Nueva York el 11 de enero de 2013. Se enfrentaba a pasar más de medio siglo a la sombra por violar leyes de propiedad intelectual. Su legado continúa en la lucha por el acceso público al conocimiento.

Aaron Hillel Swartz era un joven programador, emprendedor y militante político estadounidense que fue acusado de cometer fraude informático, entre otros delitos, tras ser descubierto descargando artículos académicos del sistema de almacenamiento en línea JSTOR. Pero a Swartz el rótulo de “ciberpirata” le queda chico o resulta más bien inadecuado. Este hacker nacido en Chicago un 8 de noviembre de 1986 es responsable del desarrollo de grandes hitos de la cultura digital del siglo XXI, tales como el formato de fuente web RSS y​ el lenguaje Markdown. Como observa la periodista Natalia Zuazo, “parece lejano y técnico, pero si la web hoy es algo fácil de usar y aprender, fue gracias a estos progresos”.​ Además tuvo un rol protagónico en las organizaciones Creative Commons y Demand Progress, también desarrolló el sitio web de marcadores sociales Reddit –uno de los más populares de la historia de Internet– y la biblioteca pública Archive.org –donde, entre otras cosas, se alojan las últimas ediciones digitales de este periódico–. Estas son algunas de sus principales hazañas intelectuales, las cuales aportaron a la construcción de la Internet que actualmente utilizan millones de personas. 

A sus 15 años, Swartz fue el primer arquitecto informático de Creative Commons. Esta organización fundada en 2001 por el abogado e investigador Lawrence Lessig construyó un conjunto de licencias que permiten a los autores compartir y proteger sus obras de manera flexible, definiendo cómo otros pueden usar su contenido. Se trata de licencias públicas que fueron concebidas para fomentar el intercambio legal del conocimiento, la cultura y la creatividad, en un marco de respeto a los derechos de los autores.

Pases mágicos

Según el documental El chico de Internet. La historia de Aaron Swartz (Brian Knappenberger, 2014) el joven descargó alrededor de 4 millones de documentos, reseñas y publicaciones científicas protegidas con copyright en septiembre de 2010, para ello utilizó su notebook y la conexión a Internet del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Swartz estaba convencido de que la programación era como la magia, porque un programador puede lograr cosas que resultan extraordinarias para el resto de los mortales. El joven informático se preguntaba: “¿Si tenés poderes mágicos, los vas a usar para el bien o para hacer dinero?”. Esta inquietud, que es parte fundante de la ética hacker, lo llevó a desafiar activamente las restricciones de acceso al conocimiento impuestas por los derechos de propiedad intelectual.

Así fue que este Robin Hood del código descargó en 2008 la base de datos completa de registros judiciales Public Access to Court Electronic Records (PACER), que estaba confeccionada a partir de información de dominio público pero requería el pago de una suscripción para tener acceso. Swartz donó los archivos a la base de datos públicos public.resource.org y empezó a ser investigado por el FBI, aunque el caso fue cerrado a los pocos meses y no se presentaron cargos en su contra.

Ni SOPA ni PIPA

Swartz participó activamente en la campaña contra las leyes PIPA y SOPA. Para el activismo hacker –o hacktivismo– ambas iniciativas implicaban censura y restricciones de las libertades individuales en la red. La ley PIPA proponía “obligar a los proveedores de Internet a bloquear sitios que ofrezcan copias ilegales de música, películas o programas de televisión en Estados Unidos o en el extranjero”, mientras que la ley SOPA otorgaba poderes a la Justicia “para ordenar a los sitios de servicios on line, como Google, Facebook y Twitter, que bloqueen «el acceso de sus abonados en Estados Unidos o en el extranjero que infrinjan las leyes de derechos de autor»”.

Las protestas contra estos proyectos de ley se desarrollaban a la par de una serie de movilizaciones conocidas como Occupy Wall Street, que llamaban a ocupar el distrito financiero de Nueva York con manifestaciones y acampadas para denunciar la “avaricia corporativa” y la desigualdad social. Junto a hacktivistas como Swartz, en la oposición a las leyes PIPA y SOPA confluyeron organizaciones como Electronic Frontier Foundation, Greenpeace, Human Rights Watch, Mozilla Foundation, Reporteros Sin Fronteras y​ Wikipedia; así como grandes empresas de Internet, entre las que se encontraban Facebook, Twitter, Yahoo!, eBay y Google. Para los gigantes tecnológicos iniciativas como la ley SOPA eran “una amenaza para la libertad de expresión, la inversión y las innovaciones en Internet”.

“El Congreso iba a destruir Internet”, afirmó Aaron Swartz en una conferencia en la que contó los pormenores de una lucha que se dió en diferentes escenarios, tanto en las calles como en Internet así como en la arena política. El 18 de enero de 2012, Wikipedia en inglés expresó su rechazo a las leyes PIPA y SOPA a través de un “apagón”: el sitio permaneció bloqueado por sus propios administradores durante 24 horas y alteró el diseño de su portada con un mensaje que advertía “Imagina un mundo sin conocimiento libre”. Otros sitios como WordPress y Cuevana hicieron sus propios apagones, y otros tantos exhibieron avisos de protesta en su portada. Uno de los más recordados fue Google, que utilizó “un doodle cubierto por una placa oscura y una leyenda que decía: «Por favor no censuren la web»”.

Si bien el apoyo de los gigantes tecnológicos fue un factor clave para que estos proyectos de ley no prosperen, Aaron Swartz señala que la sociedad civil movilizada fue decisiva: “Hemos ganado esta batalla porque todos se convirtieron en el héroe de su propia historia. Todo el mundo tomó como misión propia salvar a esta libertad fundamental”, expresó en su conferencia Cómo detuvimos SOPA, donde además advirtió: “Si dejamos que Hollywood reescriba la historia, diciendo que fue la gran compañía Google la que detuvo el proyecto de ley, si los dejamos persuadirnos de que no hicimos ninguna diferencia (…) puede que la próxima vez ellos ganen”.

Ética Hacker

Para entender la breve pero intensa vida de Aaron Swartz así como su extensa obra es necesario indagar en la cultura hacker, surgida entre los pioneros de los principales núcleos de investigación informática estadounidense de mediados del siglo pasado. Los medios de comunicación han reducido la figura del hacker para asociarlo a la de delincuente informático, es por ello que recurriremos a la obra más difundida de Pekka Himanen, La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, para un acercamiento más preciso.

Himanen reconoce dentro de la “ética hacker” un conjunto de valores y principios asociados a la creatividad, la colaboración y el trabajo apasionado en el ámbito de la tecnología digital. El filósofo finlandés contrasta esta ética con la “ética protestante del trabajo” descrita por Max Weber, y destaca un cambio en las formas de entender el trabajo, la innovación y la vida en la era de la información.

Foto: Alec Perkins

Entre las principales características de la ética hacker Himanen destaca la pasión por el trabajo, el énfasis en la creatividad y la cooperación como valores fundamentales. Los hackers bregan por el conocimiento compartido, desplegado en comunidades abiertas como el movimiento del software libre. Además rechazan la jerarquía rígida a la vez que valoran un enfoque de trabajo basado en la autonomía, con horarios flexibles y un ritmo que permita equilibrar el trabajo con otras facetas de la vida. Muchos hackers tienen un compromiso ético con mejorar la sociedad, promoviendo el acceso universal a la información y tecnologías para reducir desigualdades.

El investigador de la Universidad de Helsinki señala que esta ética no es exclusiva de los programadores o de quienes trabajan en informática, sino que puede aplicarse a diversas disciplinas y formas de trabajo en la era digital. Además, la ética hacker se presenta como un modelo alternativo al enfoque puramente utilitarista o economicista de la vida profesional.

Acceso Abierto

Como otros tantos hackers, Swartz escribió su propia declaración pública de principios e intenciones. El Manifiesto por la Guerrilla del Acceso Abierto, publicado en 2008, es un llamado a la acción para democratizar el acceso al conocimiento, que pone en cuestión las restricciones impuestas por los sistemas tradicionales de publicación académica y las leyes de propiedad intelectual.

Swartz redactó este manifiesto como una crítica al control que grandes corporaciones y editoriales ejercen sobre la difusión del conocimiento. En este texto fundacional del movimiento por el acceso abierto (open access), el joven programador reivindica el conocimiento como un derecho universal que, en tanto bien común no debería estar restringido por barreras económicas o legales, y señala que las investigaciones financiadas con recursos públicos deben ser accesibles para todos.

Allí desarrolla una crítica al sistema de publicación académica y denuncia que las grandes editoriales científicas restringen el acceso a artículos académicos mediante elevados costos de suscripción, lo que crea una barrera para estudiantes, investigadores y ciudadanos sin recursos, una situación que perpetúa desigualdades en el acceso al conocimiento.

En su manifiesto, Swartz señala el rol de la tecnología digital para la democratización y llama a aprovechar esta herramienta para garantizar que todos puedan beneficiarse de los avances científicos y culturales. Además promueve la acción directa para liberar el conocimiento restringido y hace un llamado a la desobediencia civil, dado que considera que el acceso libre al conocimiento es un derecho fundamental y que las leyes actuales, diseñadas para proteger intereses corporativos, deben ser cuestionadas.

Libre o muerto

Aaron Swartz fue encontrado sin vida en su departamento de Brooklyn, Nueva York, un 11 de enero de 2013. El hecho de haber sido consecuente con cada uno de los postulados de su manifiesto lo enfrentaban a pasar más de 50 años en prisión y multas de 4 millones de dólares. En el documental El chico de Internet afirman que “quisieron dar una lección a través de su caso” y Lawrence Lessig –su amigo y socio en Creative Commons– habla incluso de “bullying estatal”. Su muerte temprana generó fuertes polémicas en el seno del MIT, una institución que si bien era reconocida por su tradición hacker optó por mantenerse neutral frente al conflicto.

Para Lessing, las leyes de propiedad intelectual lejos de proteger la creatividad y el conocimiento han evolucionado de una manera excesivamente restrictiva, en un balance que favorece a corporaciones y propietarios de derechos a la vez que deja de lado el interés público. Ante este panorama, que obtura la innovación y la creatividad que habilita la era digital, Lessig introduce el concepto de “cultura del permiso” en la que cualquier utilización creativa de obras protegidas requiere obtener permisos legales, incluso si el uso no perjudica a los propietarios originales. Lessig afirma que el dominio público es un recurso fundamental para la creatividad, dado que permite que artistas o académicos construyan sobre ideas previas.

Como señala Joost Smiers en su libro Un mundo sin copyright, “necesitamos buscar caminos alternativos para proteger el conocimiento y la creatividad pertenecientes al dominio público y asegurar unos ingresos justos a muchos artistas y empresarios culturales por la labor que realizan”. Donde Smiers dice artistas hemos de agregar científicos, investigadores, docentes y un vasto universo de trabajadoras y trabajadores intelectuales que construyen a partir de cimientos preexistentes. En esta búsqueda de nuevos caminos el legado de hackers como Aaron Swartz resulta imprescindible.

Publicado en el semanario El Eslabón del 11/01/25

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