El avance sobre los derechos laborales de parte del gobierno de Milei parece no encontrar demasiados obstáculos. Si bien los medios de comunicación masivos –y los algoritmos en los digitales– se encargan de invisibilizar algunas expresiones embrionarias de lucha, el resto es silencio o panelismo. La resistencia se resume en una articulación entre la dirigencia de diferentes espacios o lo que se pueda hacer desde el parlamentarismo para ponerle límites a la inconstitucionalidad de la que están viciadas las políticas llevadas adelante contra las y los trabajadores en la aplicación concreta del articulado de la Ley Bases.

Recuerdo con nostalgia aquellos tiempos en los que prepararse para la lucha implicaba todo un trabajo organizativo interno: formación, discusión en las bases, entendimiento de lo que pensaban las y los compañeros, reuniones ampliadas con otros sectores, movilizaciones, asambleas, congresos, que permitían unificar criterios organizativos, desarrollar categorías analíticas, generar compromisos, permitirles a las bases hablar con sus dirigentes, generar procesos de participación. Hemos cometido el error de no tener una memoria de las luchas populares, las sindicales, las políticas y las sociales. 

Pensar la lucha implica en primer lugar una actitud, una predisposición, a nivel individual y personal, sentirse protagonista de lo que sea, de lo que se pueda. Muchas veces hacer política no implica reflexionar demasiado, sino tener claro qué es lo que se quiere cambiar y avanzar colectivamente en su transformación. Y el pensamiento sólo debe acompañar ese proceso. Cuando la acción política sólo se limita a lo discursivo nos encontramos explicando una realidad que no se puede transformar, se convierte en impotencia. Además, todos los que luchamos por transformar esta realidad hemos sido demasiado severos con nosotros mismos, no erradicamos la culpa cristiana de nuestras vidas restándole importancia a que estamos luchando con la concentración de poder más grande que existe. Nos la pasamos sosteniendo verdades (propio de la modernidad) eternas e inmutables que fueron quedando cada vez más desconectadas de la realidad cotidiana de las personas. 

Pensar la alteridad

La construcción de poder político siempre requiere de la articulación entre diferentes sectores. Hay que naturalizar la diversidad en las organizaciones políticas. En los últimos años se han puesto todas las energías, los recursos, en las internas partidarias, que es donde se definen las candidaturas, y en algunos casos se le sacó el cuerpo a las elecciones generales, que es justamente donde se define el proyecto de país, donde se juegan los valores que nos mueven. Pensar la política como construcción exige un posicionamiento ético, que no es definir quién es el enemigo, sino comprender qué derechos hay que defender y reclamar que se hagan efectivos y, desde esos valores, pensar todo lo demás.

En cada momento histórico esos valores van cambiando, y es en el debate con las bases donde se pueden identificar los valores, las vivencias, las necesidades y más. En el reconocimiento de los demás como otros, como diferentes y, por lo tanto, dignos de respeto. Que podamos pensar estrategias conjuntas, que beneficien a todos y todas. Las organizaciones han funcionado en los últimos años como lugares de disciplinamiento partidario, con una jerarquía que no está basada en las responsabilidades sino en el pertenecer a una selecta minoría. Hay quienes tienen mejor trato con su rival político que con los compañeros a los que representan. 

La ética como base de lo colectivo

El respeto a la diversidad, la no persecución y estigmatización de los compañeros que piensan diferente, valorar los tiempos que le dedicamos a una actividad que muchas veces es ingrata, el afecto y el aprecio de quienes participan de esos espacios, el compromiso de quienes asumen la representación a las personas con las que representan, el rendir cuentas de la gestión, de las veces que se levanta la mano en el legislativo, ya sea en concejos municipales, o cámaras de diputados y senadores provinciales o nacionales. 

La madurez democrática no llega de la mano del marketing político, del coaching o del management, sino de tomarse el tiempo para organizar los diferentes espacios, conocernos desde un lugar más fraternal, de dejar de pensar a los demás como rivales. De otro modo no volveremos a representar a las clases populares por mucho tiempo. Si no nos conocemos, si no sabemos cuáles son las capacidades y los talentos de cada uno, terminaremos desperdiciando capacidades e inteligencia, fuerza e imaginación, y sobre todo, tiempo para generar las condiciones no sólo para la militancia sino para todos los sectores populares. Saquen a la ya rancia oligarquía porteñocéntrica del poder y de la conducción de los destinos de nuestra nación. Sé que suena determinista, pero lo planteo más como un desafío que como un destino. 

No es utilizando más redes sociales que vamos a llegar a las juventudes, ni con plataformas o videos cortos. La forma de hacer política es cualitativa si lo que se busca es generar conciencia. Y la cualidad que nos hace ser diferentes a los dueños del poder real es que queremos que nadie se caiga del mapa. Las evaluaciones cuantitativas que hacemos con el recuento de votos no habla de la representación, habla más del descontento social que lograron instalar desde la fábrica de ideas del poder que del apoyo a una idea política determinada. Las evaluaciones cuantitativas, en general no logran darnos una idea de la conciencia que podemos generar, no como verdades sino como procesos singulares de pensamiento, articuladas en un colectivo, en el que acordamos avanzar hacia una utopía, cada cual por el camino que su ideología le indica.

Estamos a tiempo de comprender que los derechos laborales están en riesgo. Lo que plantearon de la fragmentación o monetización de las vacaciones es una provocación que sirve para medir. Si no salimos a la calle a defender esas conquistas, a charlar con los laburantes, seguramente avancen mucho más rápido. La disputa es permanente, no hay tiempo para indignarse, hay que sumar cumpas, formar, reunirse, mantener un estado de ánimo que nos aliente a seguir. No estamos perdidos.

Publicado en el semanario El Eslabón del 11/01/25

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