Yo no sé, no. Las clases comenzarían apenas arrancara marzo. Manuel quería tener una mochila que vio por Biedma casi Francia, y para eso estaba agarrando todas las changuitas posibles. La otra alternativa era un bolso de llevar herramientas del tío, que con una tira más podría convertirse en mochila. José, que se había pasado todo el verano llevando la mochila de la escuela cuando iba a pescar, tenía que cambiarla también. Carlos y Raúl seguirían con el portafolio de cuero marrón del año anterior. Carlos lo lustraba con betún, Raúl sólo tenía que llevarlo a arreglar porque en una trifulca que participó en el último día de clases al portafolio se le rompieron dos hebillas. Graciela estaba meta y meta a la máquina de coser. Estaba haciendo dos mochilas grandes de tela y una chica con una estampa del Topo Gigio para la pequeña Susi. Pedro ese año dejaría el portafolio de cuero y tenía visto dos bolsos para los útiles, uno chico y otro más grande para los días que tenía geografía. La seño de esa materia exigía que lleven dos carpetas, una con todos los mapas más una enciclopedia.

A Pedro, lo de tener una mochila escolar no lo entusiasmaba, y siempre decía: “¡La vez que tenga una mochila me voy de mochilero!”. Pií sentía decir siempre a su abuela: “¡Tengo en la mochila todos los años!”.  Esa frase le daba miedo y decía que antes de envejecer prefería llevar los cuadernos y carpetas en la mano. 

Ese verano vino un circo al barrio. En un momento aparecían dos payasos, uno grande y otro pequeño. Al pequeño se le abría la mochila y salían pájaros, globos y algún que otro juguete. La pequeña Susi decía que quería una mochila parecida para ir a la escuela. Un sábado por la tarde, cuando pasábamos por la cancha del fondo sentimos la voz de Faringola gritando a uno de sus mediocampistas: “¡Corré, agarrá una, sos una mochila pesada que frena al equipo!”.

Para las 9 de la noche nos reunimos en lo de Mónica a ver una peli de guerra. Juancalito fue por gaseosas y algo para comer. Cuando volvía del almacén con el bolso sobre la espalda parecía un soldado a punto de entrar en combate, como los mismos que estábamos viendo. En un rincón, la pequeña Susi hacía payasadas como vio en el circo, esperando que su pequeña mochila se abra de golpe y salga el Topo Gigio con golosinas en la mano.

Publicado en el semanario El Eslabón del 22/02/25

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