Venía tan embalada que subió el bote a la arena y siguió remando. No sabían cómo sacarla del carrito y soltarle las manos de las palas.
—¡Ya está nena, ya llegaste, es la meta! —le gritaba su entrenador.
Pero ella no escuchaba.
El recorrido de la regata era uno de los más largos de Sudamérica: “La vuelta al mundo”, se llamaba. Unía dos ciudades costeras. Llevaba más de ocho horas remando. Llegó primera y con diez kilómetros de ventaja del segundo bote. Y no la podían parar. Apoyaba las palas sobre la arena, empujaba el carrito y remaba una y otra vez, como si todavía estuviera en el agua.
El entrenador se hizo la señal de la cruz, se acercó, la agarró de atrás sin que se diera cuenta, le inmovilizó los brazos y la arrancó del bote manteniéndola agarrada mientras ella le tiraba patadas y manotazos. Hasta que le mordió una mano y la tuvo que soltar. Y ahí empezó de nuevo, esta vez, sin palas ni carrito.
Tuvieron que llamar de urgencia al médico de la Selección. La había atendido hacía poquito por un episodio similar. Probó todo tipo de medidas para detenerla pero nada funcionaba.
Hasta que le dio un palazo en la cabeza.
Y paró.
Esa vez, ingresó al hospital con traumatismo de cráneo y pérdida del conocimiento. Fue sometida a estudios de alta complejidad hasta dar con el diagnóstico:
—“Inercia del remador” —concluyeron los especialistas.
Se trata de un estado crítico al que arriban algunos deportistas como consecuencia de la repetición de gestos rítmicos desde edades tempranas. Le ocurre, también, a los fondistas de natación y de aguas abiertas, ciclistas y corredores. Algunos atletas manifiestan daños cerebrales difíciles de revertir.
Se investigaron soluciones menos invasivas y se demostró que el chocolate cobertura tiene muy buena sensibilidad. En general, el atleta se encuentra en un estado de excitación tan profundo que, si se intenta detenerlo, puede reaccionar violentamente y de muy diversas maneras, incluyendo impulsos asesinos. Por ello, se prevé su administración a través de un “dardo” lanzado desde cierta distancia. Relleno con chocolate derretido, el antídoto, así aplicado, tiene por objeto prevenir cualquier tipo de daño para los espectadores, los entrenadores y el equipo médico interviniente.
Advertido por el entrenador, el médico llegó al lugar con el antídoto preparado dentro de su valija. Colocó el dardo con el chocolate dentro de una pistola de aire comprimido diseñada para facilitar su lanzamiento. Dirigió su cuerpo hacia donde se encontraba la atleta que continuaba remando, ahora, fuera del bote, como si utilizara un inflador de pie imaginario. Entrecerró el ojo izquierdo, tomó aire y gatilló. La remera recibió el dardo en el glúteo derecho y cayó desmayada. Rápidamente la levantaron, la pusieron en una camilla y le colocaron una sonda nasogástrica con un sachet de chocolate cobertura.
Ingresó al hospital lúcida y de buen ánimo. Le pasaron dos sachets enteros y la mandaron de vuelta a casa.
Al día siguiente, en el Cenard, la esperaban sus trofeos: primer puesto en la general, en su categoría y un lugar asegurado en los Juegos Olímpicos de Atlanta. También, un contrato de la marca de chocolate “Águila” para esponsorearla durante todo el año. No cabía en sí de goce.
Publicado en el semanario El Eslabón del 01/03/25
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