Cuba me intrigaba desde siempre. Antes de nuestro amado Messi hubo alguien muy famoso, que también nació en Rosario: el Che Guevara. En mi mente, el recuerdo del bello y simétrico edificio diseñado por Alejandro Bustillo, en calle Urquiza y Entre Ríos, donde seguramente el pequeño Ernesto comenzó a planear su itinerario de viajes y vidas aquí, allá y más allá. La película Diarios de Motocicleta del multipremiado Walter Salles fue el puntapié a querer conocer la isla. Sin embargo, pasaron dos décadas hasta llegar a hacer ese sueño realidad. Tenía referencias culturales, políticas, sociales. Y advertencias: “No hay comida ni gasolina”. “La inflación no tiene fin”. “Hay cortes de luz y apagones todo el tiempo”. “Es peligroso”. “No hay remedios”. Vaya, una lista interminable. 

Este es el retrato de la Cuba que yo vivencié, hace apenas unos meses. Mi recuerdo de los primeros días al caminar las calles de la Habana Vieja y centro, se asocia al constante acoso de “¿taxi?, ¿taxi?”.

Es que para el cubano existe el local y el foráneo. No importa de dónde venga ni qué idioma hable, este último representa un ingreso de dinero, una posibilidad de venta, compra, alquiler. Se lo ve mayormente como un signo monetario.

Sorprendentemente, la parte de Vedadome mostró una Habana de burbuja del turismo vip y de cubanos con otra posición social y económica. Una realidad totalmente disímil a lo que vive la gente normal, promedio. 

Difícil saber cómo viven con condiciones tan complicadas, cómo logran sobrevivir; pero lo hacen. Se ven niños y ancianos con problemas de salud graves, gente casi raquítica, con la pobreza y el hambre a flor de piel. Un shock cultural en todo sentido. Y constantes discordancias. Cada ciudad que visité, presentaba una situación diferente y a la vez respondía a las características comunes del país asentado en las Antillas del mar Caribe. 

Durante un mes viajé por La Habana, Viñales y Cayo Jutías, Trinidad, Sancti Spíritus, Santiago de Cuba, Holguín, Camagüey, Santa Clara, Cienfuegos, Matanzas. Visité las playas Guardalavaca y Girón, además de Santa Lucía y Varadero.

Me sentí afortunada. El 95 por ciento de la gente no sale de la isla en toda su vida. Son muchos los que reciben ayudas económicas mensuales de familiares que viven principalmente en Estados Unidos, México, Europa. Como en Argentina, la gente joven y no tan joven, intenta irse, como sea. Algunos valientes optan por arriesgarlo todo. Peligrosas travesías marítimas terminan muchas veces en naufragios.

La información sanitaria sobre Cuba desde los diferentes países de origen de los viajeros, advierte sobre la diarrea, el dengue, trastornos intestinales y las enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, no hay exigencia de vacuna alguna. Las farmacias están vacías. El negocio como tal está abierto, pero no tiene y, por tanto, no ofrece medicamentos. 

En todo el país existen 12 mil bodegas (lugares donde solía venderse lo necesario para satisfacer las necesidades de la alimentación), que distribuyen bolsas de alimentos a personas en situación de vulnerabilidad, a embarazadas y a niños con deficiencias nutricionales. 

Organizar las diversas partes del viaje fue un reto. Tenía que resolver al instante, ya que en Cuba no se puede hacer nada a largo plazo. Como en cualquier lugar de este increíble planeta, siempre existen situaciones con gente que intenta aprovecharse. 

Viajé en varios tipos de transporte: taxi compartido o privado, bicitaxi, mototaxi, camión (un vehículo compartido, mayormente para locales), Viazul (micro de larga distancia sobre todo para turistas). La crisis petrolera y la miseria hacen que la gente haga dedo de forma constante. En medio de una infraestructura lastimosa, hay abuso debido a lo desesperante de la realidad.

Hablar el mismo idioma –aunque el español de Cuba es muy distinto al castellano de Argentina– ayuda para poder establecer contactos y comprender mejor. Para el local, tanto el dólar como el euro son lo mismo, tienen el mismo valor. Utilizan el nosotros y el ustedes, trazando una frontera sorprendentemente básica. Mi experiencia como huésped en “casas de particulares” (una especie de Airbnb a la cubana, con importes altísimos en relación a su economía), fue mala. 

Sus dueños evitan conectar el generador de corriente por el costo de la electricidad. Lamentablemente, un turista –por ser turista en Cuba– es, de alguna manera, castigado. Paga por servicios que no existen, por comida que no hay, por promesas que no se cumplen. Para lidiar con el calor, los cortes de luz (con una duración de hasta 10 o 12 horas) y lograr tener Internet, entrar en un restaurante con precios desorbitantes –aún para extranjeros– puede ser una solución temporaria. Comer allí no significaba que la calidad mejorara.

De lo que había, elegía comprar lo más fresco o lo que no estaba vencido. Comí lo que podía. Empero, pensé en lo simple y lo compleja que es la vida al mismo tiempo. En lo dichosa que soy al abrir un grifo de agua y obtenerla siempre, como algo automático. En que a veces el teléfono masifica y no deja ver las sutilidades de cada persona. En el consumismo. 

Rescaté las entrevistas informales y los diálogos de contactos esporádicos pero mágicos que tuve con gente de la calle: me hicieron ver la parte más humana de la isla. 

A días de la asunción de Trump en Estados Unidos, las idílicas playas de Varadero fueron ideales para cerrar el viaje. Sorprendida esta vez por un nuevo panorama: rusos de todas las edades bebiendo alcohol desde el desayuno hasta la madrugada. 

Cada día es un desafío y un aprendizaje. Pasan tantas cosas al viajar. Cuba, en la realidad, no distaría demasiado de lo que leí, escuché, investigué. Mis inquietudes tenían sentido. Casi toda la ropa que llevé, la regalé. Llevé remedios, sobrecitos de azúcar, golosinas, cosas pequeñas para niños. Nada alcanza, pero todo se aprovecha. Nada se tira. 

El ingenio que tienen nuestros hermanos cubanos para resolver determinadas carencias es extraordinario. La peripecia no tiene precio: logré sobrevivir en un país soberano insular lleno de contrastes. Una experiencia humana y geográfica constante, como un par inseparable bailando bachata, en un invierno de temperaturas calientes.

Publicado en el semanario El Eslabón del 05/04/25

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