En un artículo muy interesante escrito para la revista estadounidense Atlantic, Dereck Thompson, comunicador y ensayista, afirma que estamos en un siglo antisocial. Constata la caída de la asistencia a lugares que otrora eran rituales colectivos como el cine e ir a comer afuera. Esto se puede constatar en el crecimiento exponencial del delivery y en la asistencia a salas de cine. Si bien estos procesos emergen de manera más notable en Europa y EEUU, el resto de los países, sobre todo aquellos que alguna vez fueron colonias de Europa, y que aún siguen sufriendo culturalmente su manipulación, acompañan dichos procesos con un desfasaje temporal, que con la globalización se acortó bastante. 

Comenta que el siglo XX estuvo signado por instituciones sociales colectivas. Clubes, sindicatos, asociaciones civiles, teatros, parques, crecieron y se generaron espacios de encuentro, de organización social. Y sus rituales y acontecimientos consecuentes, llenaron la vida de las personas. El declive de esta sociabilidad se produce a partir de los 70, y coincide con el surgimiento del neoliberalismo. La televisión produjo un primer encierro, y una conexión con la pantalla. Respecto de la infancia dice que el mejor aprendizaje para los niños es al aire libre, con otros chicos sin supervisión de un adulto, porque les permite gestionar sus propios conflictos. Sostiene que una infancia socialmente poco desarrollada produce una adultez atrofiada. 

Una encuesta de Unicef en argentina en el 2024 dejó en evidencia el fenómeno con el 60 por ciento de los jóvenes que sufren frecuentemente depresión y ansiedad. La recarga de energía que se construye en el tiempo a través de las amistades hoy son absorbidas por la pantalla, y por la sobresaturación de información. El acceso a entretenimiento hogareño y la sensación de seguridad que da el encierro no nos permite evaluar los impactos de la soledad. El hombre solitario es una característica de estos tiempos. Dedicado al trabajo, a su cuerpo y a su mente. No se construyen más puentes a la comunidad. En el círculo más íntimo y en el círculo más lejano se potencian las relaciones. Se debilita infinitamente el círculo intermedio, el de los vecinos, el de los que piensan diferente, el de los compañeros de trabajo, provocando una intolerancia infinita. 

Se debilitan los vasos comunicantes que facilitaron la convivencia democrática y el pluralismo de la mano de un nihilismo que lleva a romper todo. Se resquebrajan los vínculos entre personas que tienen una misma realidad y piensan parecido en muchos temas. Sin embargo, la soledad fomenta ese encierro. La tendencia al desapego social es peligrosa, se nos cierra cada vez más la perspectiva de una cultura de la diferencia, en la que podamos desarrollar una singularidad y un estilo de vida propios, que podamos ver al otro como alguien que lo hará a su manera, y que eso no puede ser motivo para juzgarlo. 

La destrucción del espacio público, la privatización de los bienes y servicios sociales, son funcionales a estas perspectivas que tienen un claro fin: la competencia, el mercado, el consumo, la valorización social de todo lo que es material, en desmedro de la colectividad, los derechos sociales, la cultura, la comunidad. Plantea además que hay cuestiones que se pueden hacer para evitar esa elección antisocial. Si los padres tienen rituales de juntarse con amigos, probablemente los hijos también lo hagan, si cuando estamos presentes, somos los de carne y huesos, y no nuestras imágenes en las pantallas, mucho mejor. Dejamos que los chicos se relacionen entre sí y al aire libre, si hablamos con extraños, si reconstruimos los vínculos de vecindad, se van regenerando las solidaridades sociales que hacen que valga la pena vivir en comunidad. 

Si bien en nuestro país aún persisten muchos hábitos sociales como las juntadas con amigos, el hablar con extraños, el aceptar al otro, suceden, estamos en un proceso que por sus características terminará en la constante depresión de nuestros hijos. El consumo por sí mismo no llena la existencia. Si ir a un recital te moviliza el alma, por más que se gaste plata, no estás sólo consumiendo. El darle una concepción estética a la vida, el buscarle una veta poética nos despierta otros sentidos. El compartir complicidad con alguien que piensa distinto, sin sentir que estamos tranzando sino que establecemos un terreno común, son las pequeñas líneas de fuga, las grietas que le infligimos a la trama de información que nos rodea, y banaliza mercantilizando todo. La amistad, desarrollada en el tiempo, el desafío del amor, de bancar no por soportar sino por sostener, la mística de nuestros rituales que se tienen que multiplicar, los espacios en los que intercambiamos experiencias y nos damos cuenta que la vida merece ser vivida. Cuando viajamos y ya no somos turistas, nos volvemos parte de los lugares, porque hacemos amistades, construimos vínculos y afectos que nos hacen volver allí. Es valorando otras acciones, actitudes, sentimientos –que en lo cotidiano nos pasan desapercibidos– que construimos un mundo diferente. 

Los roles sociales del neoliberalismo son una caricatura de lo que podemos ser. Los memes son existenciales por ese motivo, por eso calan tan adentro en la juventud. La vida puede ser una obra de arte, puede ser una apuesta política, puede ser un relato de la ética más hermosa, si logramos salir de los lugares que nos viven asignando: el ganador o la ganadora que hizo plata, que vive solo o sola, que no necesita a nadie, ni nada. Abrazarnos en la cancha con alguien que no conocemos, ayudar a alguien en la calle, saludar con afecto a los vecinos, son retazos de ese mundo que se va a construir, más temprano que tarde, porque la miseria de este mundo no tiene más lugar en el corazón de mucha gente, que como vos y yo necesita honrar la vida.

Publicado en el semanario El Eslabón del 10/05/25

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