Yo no sé, no. No había empezado el invierno, el otoño tenía como diez días más de calendario, pero ese martes la temperatura parecía de julio. El primero que apareció con mucha tos fue Manuel. Él lo atribuía a que cruzó por debajo de unos eucaliptos que estaban por Arijón y Avellaneda. Uno de esos grandes árboles se estaba secando y largaba un olor medio feito, parecía como apestado.

Graciela apareció con una gran congestión, y cuando respiraba le salía como un silbido del pecho. La Gra, más que al frío, atribuía esa especie de peste que sufría a la humedad y a que el sol salía de a ratos.

Tiguín, cuando vio que su hermano José tenía un fuerte dolor en la espalda y en las piernas. José tenía una especie de resfrío seco, nunca tos, nunca un moco. Eso sí, del dolor muscular no zafaba. Tiguín, más que abrigarse él, juntó todo el trapecio posible para cubrir su moto. Moto que quedaba durante la noche en el patio. Tiguín decía: “Si la agarra una helada, ésta se me apesta y no arranca más”.

Al perro de Ricardo, el ladrido se le transformó en una tos más perruna que nunca. Aparte, potente, porque el perro era casi un cusquito, pero el sonido que salía de su garganta parecía más que tos: arrancaba como el bramido de un gran felino para luego hacerse un “tos tos” de un gran perro. El cusquito en cuestión había desaparecido durante cuatro días. Para Ricardo, se había piantado detrás de unas perras de un carrero que pasaba todas las semanas llevando aserrín tanto para el hipódromo como para el zoológico. Juancalito dijo: “Para mí que tu perro, Ricardo, se acercó hasta la jaula de la leona y medio que le entró algún virus que le afectó las cuerdas vocales”.

La Eva no paraba de lagrimear. Ella decía que el humo de la aceitera que estaba por Uriburu no levantaba; al contrario, desde las chimeneas más altas bajaba. A algunos les afectaba los ojos, como a ella.

Carlos y Raúl, que justo esa semana sus cabezas habían pasado por la máquina del Gringo –un peluquero que estaba por Crespo y que casi los peló–, llegaron a la esquina con parte de sus orejas enrojecidas, con los sabañones al mango. Carlos decía: “Esquivé todos los tinclazos como si fuera Locche, ni me tocaron. Para mí, estas orejas enrojecidas son por alguna peste, alguna peste nueva”.

Tamba nos dijo que tanto un jilguero como el cabecita negra, que eran dos llamadores de aquellos, estaban mudos, como si estarían sufriendo alguna peste. Pií y el Huguito, dos que tenían un catarro crónico, se enteraron que tenían alguna peste una tarde en que, jugando a quién llegaba más lejos, se quedaron secos de garganta y no les salió gallo alguno. Es más, las gargantas les empezaron a arder.

Carlitos, cuando se enteró que algo nos estaba afectando, se preocupó por sus piernas. Ese fin de semana iba a participar de un concurso de baile de cumbia cruzada en El Cocotero, un saloncito donde se armaban bailongos medio clandestinos. El Carlo se consiguió unos pantalones de lana y se los tuvo puestos hasta el sábado.

En la radio, un anuncio económico preocupaba a los más grandes. Eran anuncios como aquel que dijo “el Ingeniero” Alsogaray, que decía: “Hay que pasar el invierno”. Era el anuncio de que una peste volvería sobre casi todos. Todos nos preparamos para un frío, un apestoso frío anticipado.

El sábado al mediodía las noticias eran que, ante el inminente paro general anunciado por la CGT, se suspendían las medidas económicas. Al rato llegó la pequeña Susi diciendo: “Chicos, mi abuela me enseñó cómo hacer puchero a la gallega. Si me ayudan, para la noche hago uno… mejor dicho, hacemos”.

Después de esa juntada alrededor de la olla, con sabrosos caracúes, nos fuimos para lo de El Cocotero, para hacerle el aguante a las piernas de Carlitos. En el trayecto nos dimos cuenta de que, a pesar del frío, los síntomas de peste estaban aflojando. Tanto, que hasta el Coco –el cusquito de Ricardo– recobró la voz y su tos perruna de todos los otoños.

Publicado en el semanario El Eslabón del 14/06/25

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