Aurelio entra al café con esa urgencia fingida del que no tiene nada que hacer pero no quiere desentonar con el vértigo general. Suelta su aliento en sus manos ahuecadas, otro gesto exagerado. No hace tanto frío, y si bien está en la Siberia, es Rosario, no Rusia.

Se sienta en la mesa de siempre. Lucrecia, la moza, con el fastidio de saber de antemano la respuesta, se acerca y le pregunta qué se va a servir.

-Nada por ahora, estoy esperando a alguien.

Sin detenerse, Lucrecia gira en redondo, al igual que sus ojos, mientras intenta recordar cuándo fue la última vez que pagó una consumición.

Aurelio mira por la ventana. Le encantaría fumar un cigarrillo, pero tres razones se lo impiden: no se puede fumar en el bar, afuera hace frío y, finalmente, no tiene un cobre para comprar tabaco. Se entretiene con el ir y venir de los estudiantes, a través de la arcada donde nace calle Riobamba. En el vidrio se forma un mosaico, donde los coloridos abrigos de los jóvenes contrastan con el gris empedrado de calle Berutti y con su propio reflejo, tan gastado como su vestimenta.

Pero él no piensa en esas cosas. Se siente bien, cómodo. No le importa que su camisa ya no sea blanca, sino amarilla de tantos lavados, y que el cuello le haga cosquillas a veces de tan desflecado. Aurelio espera a Huber, feliz, porque hoy hay presentación. Y en la exacta mitad de su felicidad, entra Huber al bar. 

Huber: alto, muy delgado, polera blanca, un saco que alguna vez fue gris, pantalón negro –el dueño anterior fue notablemente más bajo– y mocasines marrones. Cualquiera que lo vea por primera vez podría confundirlo con un profesor, un intelectual –tiene un aire a Di Benedetto-, o un filósofo; Lucrecia no. Sólo por fórmula, o quizás esperando el milagro, le pregunta de pasada si va a tomar algo.

—Hoy no chiquita, estamos apurados, pero te voy a aceptar una jarrita de agua.

Lucrecia alza la vista al cielo de telarañas del bar, entrecierra los ojos resignada, da un golpecito en el mostrador con la palma de la mano y suspira.

—Ya se la llevo.

—¡Huber querido! –Se escucha la voz de Aurelio.

—¡Amigo mío! –responde Huber acercándose.

Aurelio se levanta para abrazarlo. Cuando se pone de pie, su estatura prácticamente no se modifica. Si no fuera por sus bigotitos, podría confundírselo con un niño rechoncho. Huber lo abraza, sonriente.

Se sientan. Lucrecia les deja la jarra de agua, con aire resignado.

—¿Estamos a tiempo, verdad? –pregunta Aurelio, entusiasmado.

—Sí, sí, tenemos media hora hasta el centro, y está lindo para caminar –contestó Huber, prefiriendo olvidar que ninguno de los dos tenía para el colectivo.

Salen del bar acompañados por la fulminante mirada de Lucrecia, que no logra acostumbrarse a la irreverencia de estos pobretones.

Toman por Riobamba, el frío de junio los recibe. El sol se les adelanta y las sombras se alargan al máximo. Pronto desaparecerán. Caminan a buen ritmo, y Huber cada tanto se detiene para esperar a su amigo que no le puede seguir el tranco. Aurelio, a pesar del frío y el poco abrigo, suda.

—¿Qué tenemos para hoy?

Huber, sin perder el paso, saca del bolsillo una pequeña libreta roja

—A ver: a las seis de la tarde tenemos la presentación del libro El ducto de Roberto Bronz, en el Sindicato de Plomeros, Gasistas y afines. Según la reseña, “el texto quiere desplegar un conjunto heterogéneo de voces y palabras que dibujan un paraíso imposible de un habla heteroglósica que impone la fantasía de una lengua omnipotente” –Huber llega al final de la oración con el último aliento. Toma aire y finaliza: 

—Habrá número musical a cargo del Blusero Carburo.

—Mmm, los textos de discusión polilógica no son mis preferidos –dice Aurelio, casi al trote–, y en ese lugar sólo sirven masas y café –sonríe pícaramente–. Además las masas me producen gases.

—Entonces vayamos a la Biblioteca Municipal, queda a tres cuadras y a esa misma hora está la presentación de Semblanzas de villa Manuelita, el cuarto libro de Constantino Carletti. “Una mirada evocativa sobre el barrio más populoso de Rosario”, dice la reseña.

—Ese muchacho tiene que dejar de robar por dos años con la zona Sur –rezonga Aurelio–, cuatro libros y todavía no llegó a 27 de febrero. Eso sí, seguro hay vino bueno –se pone serio, y agrega-: de todas maneras, no podemos ir, el director nos la tiene jurada.

—¡Pero no fue culpa nuestra! Pasa que dejan pasar a cualquiera. Además, querer llevarse una botella de vino sin chequear que el bolsillo del saco esté en condiciones, es de amateur.

—¿Nos queda alguna opción? –Aurelio comienza a preocuparse ante la posibilidad de quedarse sin el alimento cultural del día.

—Sólo esperar hasta las siete de la tarde. En la librería Modus vivendi, el cantautor Adrián Il Capitano presenta su volumen de poemas El ladrón de libros, de la colección Toma y Daca.

—¡Pero hubiera empezado por ahí, hombre! –el rostro de Aurelio se ilumina– ¡Il Capitano es de mis predilectos! Además, para subir a la sala, se pasa por las mesas del bar y siempre hay algo para “picar”. El encargado es buena gente y hace la vista gorda. Siempre hablo con él de libros, a ambos nos fascina Onetti.

—¡Onetti! –Huber suspira.

Ya están por cruzar Pellegrini. Huber saluda al florista de la plaza. De pronto, pone la mano sobre el hombro de su amigo.

—¿Se imagina, Aurelio, si Rosario fuera Santa María? ¿y si yo fuera Larsen?¡querido amigo, en vez del prostíbulo perfecto, tendríamos la biblioteca perfecta! ¡Presentaciones de libros todos los días. De todo tipo: novelas, poesía…

—Poesía no, por favor –lo interrumpe abruptamente Aurelio–. Se llena de poetas hambrientos y las vituallas son pésimas.

Huber lanza una carcajada 

—¡Tiene razón! Pero usted no debería preocuparse, porque siempre sería mi invitado de honor. Y viviríamos en un continuo de Vernissages, midissages y finissages por siempre. ¿Le gustaría?

Aurelio mira a su amigo. Ya soñando con ese paraíso, y por un momento no siente ni hambre ni frío.

Levanta la vista, y con una tierna sonrisa responde:
—Por supuesto mi amigo. Es lo menos que merecemos los que amamos la Literatura.

Publicado en el semanario El Eslabón del 14/06/25

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