Cuando pensamos en el modo de relacionarnos con los jóvenes, o en el modo de llegar a ellos, de que nos comprendan, muchas veces perdemos de vista las diferencias generacionales que nos atraviesan. Las nuevas formas de sociabilización, las culturas digitales, la mediatización de los vínculos produjeron una serie de transformaciones que nos dificultan saber cómo construir espacios de reconocimiento mutuo. La sensación de vivir en una calesita que va cada vez más rápido repitiendo la secuencia del mismo paisaje termina siendo vertiginosa y hasta agobiante.

Nos vemos en la necesidad de hacer un esfuerzo para comprender cómo piensan los chicos hoy, no sólo desde los contenidos sino desde sus marcos de referencia, los parámetros éticos, el imaginario social y las significaciones que ello implica, las formas de construir mensajes y de decodificarlos (la cosmovisión). Herramientas analíticas de diferentes disciplinas, saberes formales y no formales, afectos, valores, acciones concretas. Cuanto más racionales somos, más nos miran con cara de extrañados. Los jóvenes de hoy viven a la velocidad del marketing audiovisual. Los adultos, en cambio, crecieron a la velocidad de una sociedad que seguía los procesos de la naturaleza. La capacidad crítica se encontraba estimulada por la imaginación que brindaba la lectura. La necesidad de pensar para construir imaginación por nosotros mismos es reemplazada hoy por las imágenes en las pantallas. Y éstas multiplican al infinito la literalidad de una realidad cada vez más violenta.

Estamos ante un fenómeno de hiperconectividad fragmentada. Nuestros niños y jóvenes viven online, y, sin embargo, viven aislados. Las redes sociales les permiten mostrarse como quienes desearían ser, al tiempo que les generan ansiedad los mecanismos de aceptación y rechazos que esos sistemas implican. Los me gusta funcionan como un signo de popularidad, en un marco de vínculos débiles que no se replican en la corporalidad. Una permanente búsqueda de la novedad y la intolerancia al aburrimiento potencian la dependencia con el entretenimiento y los juegos online, las redes sociales o las apps de apuestas. 

Desde el punto de vista cognitivo, la atención es siempre parcial y eso tiene consecuencias en la concentración en la escuela. A esto se le suma que el conocimiento que se desarrolla en las instituciones educativas está basado en la ciencia, y muchas veces entra en contradicción con los contenidos que los chicos ven en redes sociales, incluso cuando a veces sean cercanos al terraplanismo o el negacionismo climático. De este modo, se impone el pensamiento intuitivo que fomenta la simplificación al extremo. 

La meritocracia se vale del consumo como forma de sociabilización. La identidad de las personas se construye sobre esta práctica. Cuando hablamos de consumir, no hablamos sólo de bienes y servicios sino también de la instalación en medios tradicionales y digitales de una serie de preceptos y verdades que tienden a instalar estereotipos e idealizaciones acerca de las bondades del mercado. La autorrealización empieza a estar más asociada con lo que tenemos y que además podemos mostrar en redes. La belleza hegemónica es otro de los modos de influir acerca de lo que es deseable y lo que no. La ropa de marca, el acceso a tecnología, son cuestiones que siempre existieron, pero con el vaciamiento de lo comunitario y de los ideales de la modernidad y del humanismo, adquirieron una relevancia especial. 

El pensamiento mágico publicitario asociado al manejo de datos personales y los consumos que realizamos de manera digital brindan información a las empresas sobre lo que queremos, ofreciéndonos la solución comercial en tiempo real. Y todo esto en la comodidad del hogar, sin tener que movernos. Nuestras acciones condicionan el mercado laboral de manera directa. Se precarizan los servicios, sin que podamos asociar que nuestro consumo tiene efecto sobre la vida de los cadetes de aplicaciones. 

Desde el punto de vista de la sociabilización, quienes no tienen acceso a instituciones como clubes, talleres culturales u organizaciones de la sociedad que fomentan este tipo de encuentros tienden a construir comunidades digitales. En muchos casos, dichas comunidades no generan encuentros presenciales. Este tipo de interacciones generan una voluntad de autenticidad personal al tiempo que sufren presiones para parecerse a sus grupos de referencia. Si bien los jóvenes tienen mayor autonomía informativa gracias a los dispositivos, es posible que estén perdiendo autonomía crítica.

Volver a conectarnos

Si bien la situación es compleja, podemos desarrollar acciones que nos permitan acercarnos, tomar conciencia, despabilarnos para reconstruir los vínculos que nos liberen de a poco de la adicción a una vida en la que la banalización de los seres humanos es equivalente a los datos, los algoritmos, las aplicaciones y los comentarios. 

En ámbitos educativos, por ejemplo, podemos enseñar y aprender a deconstruir mensajes publicitarios, comprender el funcionamiento de los algoritmos de redes y ver cómo funciona la economía de la atención. La pedagogía colaborativa, o sea participar en la construcción de proyectos presenciales y colectivos que fomenten la interdependencia, es otra de las herramientas que nos puede enseñar a cooperar. En la familia también podemos promover hábitos de salud digital, por ejemplo la gestión de los tiempos de exposición a las pantallas, la reflexión acerca de si lo que consumimos es realmente necesario o fortalecer los vínculos analógicos, juegos de mesa, preguntas y respuestas, que también nos sirven para reconocernos desde lugares más singulares.

Buscarle la vuelta, intentar conocer a las generaciones que vienen atrás, qué perspectivas ven, qué sienten, qué buscan, puede ser un comienzo para que dejemos de sentir que no hay puentes que nos unan. Cuando las realidades son tan duras como lo que nos toca vivir, construir refugios afectivos, mantener la llama de la rebeldía y la construcción en comunidad, poder subjetivarnos en la diversidad, es un modo de afirmación de la existencia humana en una época en la que nos quieren hacer sentir que no valemos nada.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/06/25

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