Yo no sé, no. Tamba apareció estrenando camisa. “Es un regalo que me debían”, nos dijo mientras se abrochaba uno de los botones del cuello. Al rato empezó a bajar la temperatura, así que Tamba tuvo que ponerse el gastadito pullover de todos los inviernos. Carlos había empezado a ganar bien y todas las quincenas se compraba una Taba (marca de camisas en auge en Rosario) con motivos diferentes. Raúl agarró la ropa del laburo (laburaba en una carnicería) y se cortó la parte de arriba. Fue hasta Vera Mujica y Biedma para que le hagan una camisa con el cuello Mao. José manchó una camisa casi nueva, con mezcla 3×1, a la altura del cuello, y la verdad que no quedó como una mancha sino como un detalle de diseño. Algunos, incluso, le llegaron a preguntar dónde la había comprado.

Doña Eva, que era una modista de aquellas, empezó a hacer unas camisetas a medida, pero como no teníamos mucho trato nadie se animó a pedirle una. Y menos que nos fie. Juancalito y el Huguito venían a la esquina con unos echarpes que le daban dos vueltas al cuello, y como nunca se lo sacaban, nadie supo qué tipo de cuello tenían sus camisas. Algo parecido le pasaba a Tiguín, pero con un pullover tipo polera que impedía ver su camisa.

Todo esto ocurría porque nos negamos a dejar la esquina, la plaza, la canchita, aún en los días más fríos. A Laura e Isabel los padres le escondían la ropa de abrigo para que no se piren muy lejos. Igual, las dos se venían de barrio Acindar hasta la plaza Galicia a pura camisita. Una más linda que otra (las camisas). Manuel se apareció con una camisa azul. “Me la regaló uno que trabajaba en el ferrocarril, es re abrigada, no pica. Se ve que tiene mucho algodón”.

Viernes después del mediodía empezamos a caer en la plaza. El frío amagaba a ponerse bravo, las noticias que escuchábamos en la radio del bar del Toti daban a entender que en lo económico sólo los cogotudos saldrían beneficiados. A eso de las tres de la tarde apareció Ricardo con una campera con corderito. Cuando nos vio se solidarizó con nosotros, se sacó el abrigo y volvió a juntar unas ramas –que habían quedado por Suipacha y Quintana– de la última fogata de San Juan y San Pedro. Al toque, ya descamisado, nos dijo que revivamos el fuego, el chisperio. Mientras tanto, aparecía la pequeña Susi con una hermosa sonrisa: “Miren, miren… es suave y me re abriga”. Nos mostraba un pullover con el cuello en V.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/06/25

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