Entré por primera vez por las fauces de la “fábrica” una madrugada oscura del 71. Llegué con 17 años, con más ansiedad que temor. Conocía el trabajo físico desde los 15 y mi viejo me enseñó a usar las manos desde chico. A él, la puerta del Swifft lo había tragado hacía ya décadas. A la fuerza llevaba la conciencia, ahora empírica, del obrero y también la autodefensa del cumplimiento de la norma patronal. En Mayo del 69 había descubierto e incorporado la contracara ferviente de esta extraña deglución de hombres y mujeres por un portón de frigorífico. 

Lo primero que se me grabó para siempre en la memoria fue el olor. El olor que me recibía y me anunciaba el día cuando el colectivo 51 se acercaba a esa ciudad de máquinas y vísceras donde perecían diariamente dos mil quinientos novillos. El olor a algo que se está hirviendo, como si un cocinero hortera y enorme estuviese revolviendo un caldero repleto de bovinos derrotados. Nunca me repugnó ese olor. Sentí que también definía la identidad de los miles que entrábamos y salíamos para beneplácito del dios capital. 

Aprendí rápido que no se puede ser alcahuete ni vago. Lo primero es una inmoralidad y lo segundo recarga de trabajo al compañero. La velocidad de la tarea debe ser razonable. Si empezás a trabajar más rápido, tus compañeros tendrán que adquirir ese ritmo. Se camina, no se corre. La urgencia es del patrón, no tuya. 

Fui mecánico de guardia, como mi padre, y a mí me tocó atender toda la maquinaria desplegada en el proceso de convertir un novillo mugiente y trémulo que ayer pastaba y en unas horas sería la comida preferida de los argentinos y en cortes suntuosos llegaría a las mesas más exigentes de Europa y rabinos mediante, sólo los cuartos delanteros serían delicia kosher en Israel.

El estatus del que maneja herramientas y máquinas es superior al de aquél que sólo sabe de cuchillo y chaira y, siguiendo a Marx, el primero adquiere más conciencia de sí que el segundo. Ambos son pobres.

Todo eso me fue dado entre los vapores y el color de la sangre y el inefable olor de fondo, olor tapiz, olor que suena y llama a coro con el pito de las cinco.

En verano recorría las dos cuadras de mi casa a la parada del ómnibus con envidia de los que seguían durmiendo y dejaban escapar por las persianas levantadas sus ronquidos y ese olor a espiral, ese olor a espiral, ese olor a espiral.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/06/25

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