El sol subía empecinado sobre la línea del horizonte. Se metía entre las horquetas para acariciar la cara de Llanca, como una mano suave que ahora la pretendía, pero que en dos horas le apalearía el rostro hasta hacerla huir hacia el monte. Los ojos de la india seguían cerrados, aunque a través del manto delgado de los párpados podía presentir el fulgor de la mañana, y a sus oídos ya llegaba el canto de los piojitos grises que anidaban entre los chañares. Mejor así. Mejor no mirar el cielo cristalino aclarándose sobre ella, ni su figura de hembra joven recostada en el pastizal, ni la laguna espejando su fresco allí a cien varas. Si no abría los ojos, podía imaginar que sobre su cabeza todavía ondeaban los cueros de caballos y de vacas, bien agarrados de los postes. Ocho pieles grandes de potro, con el pelo hacia arriba, que ella misma había cosido con tendones de ñandú. Cai ya había encendido el fuego en el pozo del centro del zaguán. Él había querido construir el toldo así, demasiado grande para una familia de tres, y eso la había hecho reír. El humito ya subía, ya se iba por la abertura del centro, y ella estaba en el dormitorio, recostada en el catre, con el niño prendido en el pecho.

Una martineta cantó cerca del lugar donde Llanca yacía, como venida de algún otro mundo. La mujer se incorporó con un movimiento rápido y miró hacia la laguna. Después, pegó con alarma su mejilla al suelo y escuchó con atención. Pero el paraje estaba tranquilo, no había señales de extraños. Volvió a cerrar los ojos y trató de regresar a su ensueño. Sabía que no era posible, porque la mañana ya estaba crecida, y ella tan despierta como para no ver la leche de su pecho bajando hasta el niño, sino a los hombres blancos entrando en la enramada. Y escucharía otra vez la conversación que tuvieron con Cai y el grito de su marido. Mejor caminar, por lo menos hasta que el sol se volviese un enemigo. Treinta veces había salido sobre ella desde ese día maldito, y quién sabe cuántas veces más lo haría antes de que el Gualicho se la llevara, como lo había hecho con todos los demás. 

Esos treinta astros al rojo, como los hierros que usan los winkas para marcar el ganado, le habían definido el paso hasta las lagunas. En cada uno buscó a lo lejos algún indicio de los suyos. ¿Todos muertos? A su niño se lo llevaron sobre un caballo criollo. Ella vio los ojos abiertos de su hombre, tendido debajo de la enramada. No sabía llorar. Se ajustó el chamal con la faja de cuero y se acomodó las botas de potro. Una de ellas estaba rajada en la base. Aguantará hasta la noche, pensó. Después, no quiso pensar más. En los últimos días había conseguido una piedra filosa que le servía de cuchillo, y había tallado una lanza, de unos quince pasos, hecha de caña tacuara. Le puso penachos de plumas de loro en la punta de piedra. No eran rojos, pero ella los imaginaba así. Sin esfuerzo encontró la rastrillada por donde solían moverse los suyos y marchó sola, en busca de ellos o de más muerte. Pero por veinte leguas no había visto más habitantes que una multitud de avestruces, solo en los pozos y las lagunillas había encontrado algo de vida, porque allí bajaban a beber los baguales, y a veces también Llanca.

Entonces, apareció el fortín. Enseguida supo que era secundario, porque no estaba ocupado por blandengues, sino por milicianos. Más allá, sobresalía la casa. Había varias, pero ésta destacaba por los dos pisos y la galería, mientras que las otras eran simples ranchos con techos de paja. La entrada de la empalizada estaba abierta, y los hombres caminaban desde el polvorín a la torre y metían los animales en el corral. Había dos, más jóvenes, sentados justo al lado del ingreso al predio, tomando mate. Juzgó que seiscientos pies era una distancia segura, y allí se ubicó, en medio del pastizal, horizontal y con la lanza al costado, protegida por unas matas de chilladoras. La canícula la abrasaba y la sed la estaba matando, pero sabía que era preciso esperar. 

Pasó una dolorosa eternidad hasta que las sombras de los arbustos se alargaron para cubrirla y el sol del verano dio paso a una noche ominosa, de un calor inexplicable. Las lámparas del fuerte se fueron apagando una a una, hasta que sólo quedó el resplandor del fuego de la guardia. La empalizada estaba cerrada ahora, sin un resquicio por donde colarse. Pero Llanca había visto el borde del corral y conocía bien a los animales. Arrastrándose, buscó ese lado y comenzó a cavar un pozo con las manos, por debajo de los palos. La tierra estaba blanda y olorosa allí, como lo estaba siempre cerca del ganado. Pasada la medianoche, se deslizó suavemente entre las patas de las vacas, que apenas se movieron. Dejó la lanza atrás. 

El fuerte dormía un sueño sobrenatural, acunado por los chasquidos de la madera encendida y los insectos que giraban alrededor del fuego. Los hombres apostados para cuidar del lugar se habían tumbado sobre sus enseres y se habían dejado ir, atontados por el bochorno. Parecía como si prefiriesen pasar del sueño a la muerte, antes que atravesar esa noche del demonio en vigilia. Llanca se deslizó desde el corral hasta el jagüel, y bebió toda el agua que pudo de los baldes que habían dejado llenos en el costado. Le extrañó que no hubiera perros. Si los había estaban atados, o tan golpeados por el calor como los hombres. Se quedó reclinada un rato contra la pared del pozo hasta que se decidió, rodeó la casa grande y entró como una sombra por la puerta del patio. 

Tuvo que acostumbrarse a la oscuridad de la cocina, para que el favor de la noche le dejara distinguir algunos contornos. Tomó un cuchillo que colgaba al lado del hogar. Luego avanzó, segura, empuñando el arma en la mano derecha, hasta alcanzar la escalera. Se pegó a la baranda, donde los peldaños de madera estaban menos desgastados, con una firmeza que no los dejaba crujir. Subió lentamente los primeros escalones hasta que, a medio camino antes del rellano, comenzó a escuchar los gemidos. Primero eran los de una mujer, pero pronto sintió también los del hombre. Se acompasaban en una cadencia intensa, como el ardor de la noche. Al escucharlos, a Llanca le entró en el cuerpo el deseo de Cai, y tuvo que sentarse ahí mismo, sobre los escalones, a dejar que su fantasma la poseyera una vez más, mientras en el piso superior los gritos ahogados crecían, y los golpes se hacían rítmicos y rápidos, nublándole la determinación. Pero pronto recordó que sólo había venido a buscar la muerte. Se pasó el dorso de la mano por la frente mojada y se incorporó. Siguió avanzando, adelantando el cuchillo. Ahora la dueña de la casa gritaba con un rugido ronco y plácido que parecía no tener fin. Los sonidos salían de la puerta que estaba a la izquierda, y hacia allí se encaminaba Llanca cuando al final del pasillo vio la cuna.

Tuvo un instante de indecisión, pero se recuperó y fue directo a ella. La luz de las estrellas iluminaba el paquete rosado, que no debía tener más de dos lunas. La india lo tomó en sus brazos, se lo ató sobre el pecho con la sábana con la pericia de una madre, y se deslizó por delante de la puerta abierta, de donde seguían saliendo los resuellos. La blandura de sus botas la sumergió en la escalera. Deshizo el camino de regreso en silencio, con el bulto colgando entre sus senos hinchados de leche. Cuando ya estaba a cien varas, en el medio del campo, oyó el grito, el mismo gemido que flotaba en la intimidad de la casa, multiplicado hacia los cuatro puntos cardinales por un millar de perros cimarrones. Los pájaros cayeron de sus nidos. Llanca comenzó a correr y alcanzó la rastrillada.

Publicado en el semanario El Eslabón del 05/07/25

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