Yo no sé, no. El Ratón en ese partido jugó para nosotros, a veces como 7, otra como 11. Lo extraño fue que cuando jugaba pegado a la raya que está más cerca de los ligustros, el Ratón se frenaba de golpe y antes de tirar un centro o desbordar miraba hacia esa pared verde. En el entretiempo Raúl le preguntó qué le pasaba. “Escucho voces, mejor dicho una voz”, contestó el Ratón. En el partido siguiente, el Eduardo (el hermano del corazón de Carlos y Raúl) también pasando cerca de ese lateral dijo que escuchó una voz. El Edu era medio fantasioso y mucho no le creímos. El Bochita, jugando para Cilindro, también sintió algo pero al principio pensó que era un zumbido porque un minuto antes había chocado su cabeza con la del Hormiga. Tiguín, para la tarde y de puro curioso, pidió jugar y al acercarse a esa raya también siento algo parecido a una voz. Vaquita tenía curiosidad pero ni se acercó a ese lateral porque decía que de sentir una voz seguro sería la del quiosco que estaba por Caferatta reclamando que le pagara los dos vinos que había sacado de fiado. 

A la tardecita, cuando ya habían terminado todos los partidos, estábamos reunidos alrededor de un fueguito y el primero que dijo que identificó la voz que sintió fue Carlos: “Era la mi viejo diciendo que no me olvide de ir a buscar a la Morocha (la yegua blanca) para darle de comer”. Juancalito dijo que la voz que sintió fue la de su tío diciendo: “Tirala hacia donde está tu viejo que te la devuelve redonda”. Laura y la Evita, que a lo último se engancharon en un fulbito, aseguraron que la voz que ellas sintieron fue la de la maestra de tercero de la Anastacio, y Manuel que la voz que a él le llegó fue la de una enfermera del Vilela diciendo: “Te curaremos, Manuel, y vas a volver a correr”.

El Manu un par de años atrás se había caído del 52 y casi pasa para el otro lado. José nos dijo que la voz que sintió le decía: “Mojá los ladrillos y andá boleando de a tres”. Y Pedro creyó oír una voz que era la voz del estadio que anunciaba la formación del nuestro. Pasando la primera semana de julio, nos juntamos en la cancha de Cilindro y nos mandamos un partido mixto con las pibas y los pibes. Todos queríamos escuchar cerca de ese lateral a esa voz, pero nada. Hasta que, apenas comenzó el segundo tiempo, la pequeña Susi puso entre los ligustros una planta de laurel, se sentó y acomodándose el flequillo susurró: “Jueguen y esperen”. 

A los 20 minutos del segundo tiempo de ese partido que estábamos jugando un domingo 9 de julio, a eso de las 11 de la mañana, todos sentimos una misma voz que no nos decía: “Al compañero, pasenlá al compañero”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 12/07/25

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