Yo no sé, no. La pared de una casa cerca de la entrada al tambo de Tito estaba recién revocada. Era toda una tentación para jugar a las figus (al punti). Estuvimos a punto de hacer unos tiritos a figus imaginarias, pero Laura nos dijo que no la dañáramos, que mejor le diéramos vida, que la sacáramos de ese monótono gris pintándola y dejando nuestra huella con algún dibujo.

La tarea fue de a poco. Primero, Manuel vino un día con un tacho con cal y le dio una mano a la pared, para ver la reacción del dueño y también cómo quedaba el blanco. La “huella” de Manuel fue el dibujo de cinco piedras, como las que usaba para jugar a la payana.

A la semana, la pared había vuelto a su gris natural. Tiguin, que sabía de pintura, dijo que las fuertes lluvias lavaron la pared y que sería bueno usar pintura para exterior. Raúl contó que unos amigos de él estaban pintando un galpón cerca del mercado, y que les tiraría un mangazo. “En una de esas, con un par de tachos de pintura nos alcanza”, dijo.

Carlos fue con el flaco Jorge Siso hasta una herrería que estaba por Caferatta para manguear algo de pintura verde y negra. Graciela y la Isabel consiguieron un poco de pintura roja y azul en una carrocería que hacían chasis de colectivos, que estaba pasando barrio Acindar. José consiguió unos pomos de pintura como para que salga un naranja, un violeta y un rosa pastel.

A la semana le dimos una mano con lo que teníamos y la pared quedó entre un blanco crudo y un blanco arena. Raúl, fastidiado porque en esos días habíamos perdido por goleada contra un equipo de Carlos Casado, dejó en la pared como huella el dibujo de un par de botines como los que tenía puesto en ese partido. “Que quede acá como símbolo de una derrota”, nos dijo mientras le dibujaba los cordones a esos Sacachispas.

La huella que dejó Carlos fue el dibujo de un atado de LM. “Que quede acá. Fue bueno mientras duró, pero la tos me está matando”, nos dijo. Tamba, en lo alto de la pared, dejó su huella dibujando un nido con huevos de corbatita: “Los pongo acá alto para que nadie se los afane”. Eva dejó su huella dibujando un pizarrón con una caja de tizas: “Algún día se multiplicarán y todo será distinto”. Ricardo dibujó un par de guantes de box. “Siempre fueron golpes nobles”, nos dijo mientras apretaba los puños. Mónica dibujó un pequeño cañaveral con un pequeño sendero: “Por aquí pasé para encontrarme con mi primer amor”. La Caro dibujó unos triángulos: “Son pirámides que atravesó mi vida”. Manuel se dio maña y dibujó la cara del Viki, el perro que siempre nos acompañó: “Nunca se irá de nuestro lado”.

Pasaron varias semanas con unas fuertes tormentas. Algunas viviendas fueron afectadas, tanto que algunos techos volaron y algunas paredes flojas cayeron. Un sábado con cielo despejado rumbeamos para el lado de la pared, nuestra pared, esperando verla hecha escombro. Pero no. Ahí estaba, incluso con las huellas. Dibujos que nosotros no habíamos hecho estaban ahí, como buscando refugio: barriletes de Central, de Ñuls, de San Lorenzo, del Rojo, unos autitos con masilla preparados para las pistas.

Para eso de las cuatro, sentimos la corneta del churrero. Mientras comíamos unos rellenos con dulce de leche, sentimos la voz de la pequeña Susi, quien con una hermosa sonrisa decía casi a los gritos, y señalando unos dibujos en la pared, “¡miren, miren… ahí están mí yoyó y mí Topo Gigio!”

Publicado en el semanario El Eslabón del 19/07/25

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