Si bien las nuevas tecnologías pusieron sobre la mesa las discusiones que hoy se dan en torno al trabajo, es conveniente diferenciar cuáles son una realidad y cuáles constituyen estrategias del poder para generar un nuevo escenario. La globalidad con la que se plantea el debate pretende naturalizar a través de la generalización la pérdida de derechos laborales y la desregulación de las instituciones que se construyeron –en cada lugar con diferentes características– para garantizar el cumplimiento de dichos derechos.
Es cierto que los diferentes procesos de automatización que se dieron en la industria, la simplificación de las dinámicas creativas a través de la digitalización de nuestras vidas –y más recientemente con la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA)– fueron acortando los tiempos de trabajo y facilitando procesos. Sin embargo, es necesario que no confundamos modernización con precariedad laboral. Existe una fatalidad discursiva detrás de la cual está el poder real que pretende que aceptemos como inevitable la destrucción sistemática de las garantías constitucionales al trabajo.
El mito del Estado mínimo
Las exigencias que le impone el mercado al Estado forman parte de un proceso similar que propone la naturalización de la rentabilidad por encima de los derechos sociales e individuales. Lo que no se cuestiona es la distribución desigual de la riqueza. Si bien no se espera el retorno al Estado de Bienestar de la posguerra, ni al industrialismo como lo conocimos, nada indica que los pueblos tengan que dejar de luchar por condiciones de vida dignas.
La paradoja del topo que destruye al Estado por dentro reside en que si bien lo debilita como garante de derechos, lo fortalece como aparato policial. El objetivo real es reducir su capacidad de control y fiscalización, de regulador de las actividades económicas y productivas para brindarle seguridad jurídica –a través del disciplinamiento de la fuerza de trabajo– al sector más concentrado de la economía.
Una identidad sometida
En esta estrategia de dominio se construye un sujeto social quebrado económicamente, bombardeado de información, deprimido, consumista, competitivo, aislado, que aspira a encontrar una salida en el emprendedurismo. Todas condiciones necesarias para aceptar con sumisión la tarjeta de ingreso a la sociedad de consumo, y perder esa –en algún momento común– identificación: “laburante”. Este enfoque pretende dinamitar cualquier instancia de la construcción de una subjetividad colectiva. El uso de la tecnología intenta emular una comunidad. Sin embargo, se trata de comunidades de consumidores, no de comunidades de derechos.
Nuevos sujetos, nuevas organizaciones
Hasta hoy la historia no ha dado muestras de ir en sentido contrario, por ende hay discusiones que es importante tener. Quedar afuera de los cambios tecnológicos no es una posibilidad, porque si bien uno puede hacerlo en las organizaciones, los trabajadores y las trabajadoras no dejarán de utilizar estas tecnologías no sólo para informarse, sino también para socializar, para entretenerse, para consumir, para pagar impuestos y para muchas actividades de la vida cotidiana. La apropiación de dichas tecnologías implica acuerdos y modos de uso dentro de una construcción colectiva cuyos objetivos, principios, valores, y metodología tienen que ser consensuados, explicitados, sistematizados, divulgados e interiorizados por todos los participantes de dichas organizaciones.
No es posible estar a la altura de los desafíos si no adecuamos las formas organizativas a los tiempos que corren teniendo en cuenta las variables sociales, políticas, económicas, culturales en las que transitamos nuestra vida. Es muy complejo pensar un sujeto colectivo sin una organización que le brinde un marco de funcionamiento. Las nuevas subjetividades que se ven en nuestra juventud dan muestra de ello, tienen muy pocas experiencias de organización, no se perciben colectivamente. Y lograr que eso suceda es un trabajo que necesita del desarrollo de tres características: perspectivas, tiempo y afecto.
Los tres ejes
Perspectivas para comprender los diferentes modos en que estas subjetividades se expresan, para lograr la amplitud necesaria que necesita el movimiento de trabajadores y conseguir la necesaria unidad, y para poder establecer alianzas con otros sectores en lucha sin fagocitarse en consignas vacías. Tiempo, porque los cambios culturales no se producen instantáneamente, las alianzas cortoplacistas no producen cambios de fondo, y si bien las coyunturas exigen acciones inmediatas en muchas ocasiones, si existen estrategias a mediano y largo plazo, éstas le dan un sentido a la acción que trasciende el momento. Y afecto para que la construcción de lo nuevo se pueda desarrollar con un sentido ético, porque quienes defienden solamente conquistas materiales, cuando logran sus objetivos se mancan, pero quienes defienden a sus afectos siempre tendrán algo por lo que luchar.
Foto: Camila Mendo
Publicado en el semanario El Eslabón del 02/08/25
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