Eran cerca de las dos de la tarde. En nuestro departamento, siempre tan lleno de recuerdos compartidos, de risas y charlas, el silencio pesaba. Llevaba más de media hora sentado en la penumbra frente al baúl de madera. Para mayor seguridad había cerrado las persianas y corrido las cortinas. Estaba solo, en casa, tranquilo de saber que Laura no iba a volver hasta la noche.
La primera vez que lo vi fue por accidente, Laura lo tenía escondido en el fondo de un placard en la casa de sus padres, mucho antes de que decidiéramos vivir juntos. En aquel momento, cuando le pregunté qué hacía el baúl en ese lugar y qué guardaba ahí, ella me ignoró, dio excusas ridículas. Dijo algo así como que no era nada importante, que lo tenía porque le gustaba el color de la madera y que no estaba a la vista porque no iba bien con el resto de los muebles. La intriga comenzó un tiempo después cuando me enteré de que lo cerraba con llave, y empeoró cuando supe del esmero con que Laura guardaba esa llave.
La caja que ahora tenía frente a mí fue causa de una gran discusión cuando nos mudamos a nuestro primer departamento, hace ya cuatro años. Entonces, mientras ordenábamos las cosas, adaptándonos a nuestro nuevo lugar, sentí la necesidad de saber qué había adentro, y así se lo exigí diciendo cosas fuertes, y hasta hirientes, echándole en cara su falta de confianza en mí. Pero, tanto en ese momento como cada vez que a lo largo de los años surgiría el tema, Laura se mantuvo firme, sin ceder ni un centímetro. Llegó a gritar y hasta llorar ante mis reclamos, siempre dispuesta a hacer lo que fuera para que el baúl permaneciera cerrado y su contenido ajeno a la mirada del resto del mundo y, en especial, a la mía.
Pensé en la llave y en el tiempo que debí haber pasado buscándola, tratando de imaginar dónde podía haberla escondido. Un fin de semana en que Laura había viajado a Buenos Aires por un congreso, me propuse encontrarla como sea y desmantelé el departamento entero. Cada cajón, cada estante, cada rincón fue inspeccionado sin que sirviera de nada. Tardé horas en volver a dejar todo exactamente en su lugar para que no sospechara. A través de los años también consideré forzar la cerradura, usar una ganzúa o, incluso, llamar a un cerrajero cuando Laura no estuviese. Pero, después de tanto esfuerzo, la búsqueda se terminó convirtiendo en una cuestión de orgullo: el baúl tenía que ser abierto con su llave, no aceptaba otra forma y, por eso, tenía que encontrarla.
Con el tiempo, esta premisa devino en obsesión, y llegué a afinar los sentidos al punto de ser capaz de dirigir mi atención a cada gesto, a cada indicio en el comportamiento de Laura que fuera compatible con la acción de buscar, esconder o siquiera pensar en la llave. Hasta que un martes, cuando volví de jugar al fútbol un poco más temprano de lo normal, la noté nerviosa. Laura salía de la habitación con una actitud forzadamente casual y, cuando pensó que no le prestaba atención, disimuladamente dejó algo muy chico, indistinguible, atrás de la tostadora. Apenas tuve la seguridad de que no me veía, revisé el lugar y, para mi sorpresa, en vez de una llave encontré una aguja de coser con un hilo rojo aún enhebrado. El hallazgo me llevó a representarme la escena previa: al oír llegar el auto, Laura, que estaba revisando su baúl, tuvo tiempo suficiente para esconder la llave, pero no los instrumentos que usaba para hacerlo.
Desde esa noche empecé a examinar cada vestido, cada cortina, cada almohadón que tuviera una costura roja, hasta que una tarde descubrí el forro del alhajero que Laura guardaba en un cajón de la cómoda. Esta otra cajita de madera y alpaca, uno de los primeros lugares en los que busqué cuando decidí encontrar la llave, tenía el interior revestido con terciopelo rojo, siendo también roja la costura. Al darme cuenta vacié el alhajero y pasé los dedos por el interior hasta sentir el contorno de ese pedacito de metal que me obsesionó por tanto tiempo. Recién en ese momento tomé conciencia del trabajo que le llevaba a Laura esconder la llave después de usarla, es decir, para abrir el baúl era necesario descoser el forro interno del alhajero, sacar la llave y, después de usarla, ponerla otra vez en su lugar y coser nuevamente el forro, todo esto antes de que yo volviera a casa y sin dejar rastros de lo que había hecho. Esto no hizo más que aumentar la intriga, y mi ansiedad, ya que todas esas molestias no podían más que responder, y ser proporcionales, a la importancia de lo que Laura ocultaba, de lo que me ocultaba.
El baúl era el recipiente de todo lo que no era mío, era el lugar en donde no me querían, donde no se me permitía entrar. La caja era Laura sin mí, su mundo sin mí y no entendía por qué. No se me ocurría nada que pudiera hacerme pensar mal de ella. Sé que no soy celoso y Laura también lo sabe, nunca me importó demasiado su pasado. Todo esto, en cierta forma, alimentaba en mí un resentimiento creciente, un dolor, macerado con los años, de saberme excluido injustamente de una parte de su vida. Pero, habiendo encontrado la llave, solo quedaba esperar por un día en que Laura estuviera fuera de casa el tiempo suficiente para abrir su baúl sin riesgo de ser descubierto, y ese día había llegado. Miré una vez más a ese objeto que hacía rato había dejado de ser un envase para convertirse, a fuerza de odio, en una entidad con vida propia.
Con cuidado, lo puse sobre la mesa. Sosteniendo la llave, apoyé la mano izquierda en un costado de la caja y sentí el relieve de las tablas mientras introducía la llave en la cerradura del frente. La giré sopesando con los dedos la intensidad de cada fracción de fuerza empleada hasta sentir el “clic” que confirmaba el éxito. Imaginé el peso de la tapa sabiendo que con tan sólo una mínima presión de mis pulgares se levantaría. Recorrí una vez más con la mano libre el perímetro completo de la unión, desde las bisagras en la parte posterior hasta el lugar donde se ubicaba la cerradura con la llave aún en ella. Y, en ese momento de conquista, sabiéndome merecedor del triunfo, inspiré hondo, di vuelta la llave en sentido contrario y la saqué de la cerradura. Me aparté sintiéndome pleno, experimentando un placer raro, de poder vulnerar sabiéndome impune y, aun así, no hacerlo. Di la espalda a la caja y fui hasta la cómoda donde me esperaba la aguja y el hilo rojo. Lo hice en calma y con paciencia, sabiendo que, sin importar qué contenga el baúl, desde ese momento, los secretos de Laura los cuidaría yo.
Publicado en el semanario El Eslabón del 02/08/25
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