Del laburo a la plaza

En un contexto por demás complicado, tanto para el gobierno como para la gente común, el 7 de agosto se festeja el día de San Cayetano. El festejo religioso, a partir del neoliberalismo adquirió una impronta más política. Esto se debe a que, desde la globalización de la economía a la fecha, la demanda más fuerte –tanto en países emergentes como en países centrales (dicotomía que perdió todo sentido por la lógica de acumulación del capital)– es el trabajo. La promoción de la sociedad de consumo vino de la mano de la destrucción cíclica de la industria, de la precarización del empleo, y en esta última etapa, del crecimiento desmedido del precio de los bienes de primera necesidad. 

“Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo” es el lema con el que las organizaciones sindicales, políticas y sociales, y todos aquellos que creen que no se puede vivir en estas condiciones, van a marchar. Es emergente del agotamiento de un modelo que tiene como herramienta principal el endeudamiento con organismos internacionales, sobre todo el FMI, para abastecer al sistema financiero de dólares. La utilización de los billetes verdes para la especulación en el corto plazo y la fuga de las divisas del país tiene fecha de caducidad. Ese momento son las elecciones. Sin embargo, no se trata sólo de entender la política, sino la concurrencia de factores que hacen que hoy, aún a costa de su propio sufrimiento, gran parte de la población sigue apoyando al oficialismo.

Comunicar con afecto

Quizás el pragmatismo eleccionario excesivo de los representantes de la oposición no les permite ver que no sólo hace falta mejorar la realidad económica. Si bien es lo más urgente, porque el hambre no es sinónimo de dignidad, no existe una estrategia que tenga en cuenta la integralidad del asunto. Estas cuestiones son más silenciosas y viscerales: lo simbólico, la construcción de una utopía que sea una cosmovisión, un proyecto. Organizar las ideas y las prácticas permite juntar, acercar, volver a construir un sentido común fragmentado y estallado en mil pedazos por la estrategia comunicativa del poder. La elección de comunicar de este modo no es fortuita. Es cada vez más exacerbada, tanto en los medios tradicionales como en los digitales, es el modo expresivo violento del sistema exclusivista que tenemos. 

La reproducción de discursos de odio, la confrontación chabacana, no es necesariamente la herramienta para llegar a las clases populares. Basta mirar a Claudia Sheimbaun y anteriormente a Andrés López Obrador, quienes en las conferencias de prensa matutina eligen una comunicación lenta y parsimoniosa, con un lenguaje sencillo y accesible a todo el mundo. El insulto descalifica a quien lo utiliza, pero además desvirtúa el rol institucional del Estado, y sobre todo a las instituciones de la democracia.

La movilización es necesaria, es el único modo en que la población puede expresarse y ponerle límites al poder. Cuando la impronta del gobierno es avanzar sobre todos los derechos simultáneamente hay que tener además estrategia. El cortoplacismo nos hizo perder la perspectiva cultural. Se podrán ganar elecciones, se podrá manejar el estado, pero si no se construye una hegemonía cultural, vamos a seguir dependiendo de los mercados mundiales que nos ven solamente como proveedores de materias primas. No es posible desarrollarse autónomamente sin el apoyo de una parte importante de la población. Tiene además, que estar convencida que la mejor opción para mejorar la calidad de vida es generar riqueza y valor agregado, con un mercado interno fuerte y proteccionista. 

Ni por el ojal de la aguja

La disputa por el ingreso es una lucha que tenemos que llevar adelante para que las personas vivan mejor. Esta disputa tiene además de un aspecto simbólico, un componente ético. Se trata de cómo comprendemos la vida, si la consideramos un valor supremo. Es dejar de creer que somos merecedores de una subsistencia mínima para pasar a pensar que una vida digna es poder autodeterminarse, realizarse en la vida. La existencia tiene diferentes aspectos que hacen a la dignidad, y es mejor avanzar medio paso en todos ellos simultáneamente que sólo avanzar en el aspecto económico esperando que esto resuelva todos los demás factores. 

Si bien el trabajo dignifica, el cristianismo es una doctrina y una fe que tiene tantos otros preceptos y en algunos casos más importantes, como el caso del amor por el semejante. Bajo estos preceptos, la riqueza nunca puede ser el objetivo, por las mezquindades que trae aparejada, por las miserias humanas que generan. Si contextualizamos la doctrina que llevó adelante Jesucristo, el precepto que antecede a todos los demás es el amor al prójimo. Si no tergiversamos el sentido del catolicismo como doctrina social, si lo levantamos como precepto fundamental, no podemos seguir sosteniendo la vida material por sobre la espiritual. En una muestra de sentido profundo de humanismo Morena (el partido gobernante en México) tiene como lema, “por el bien de todos, primero los pobres”, me parece una excelente síntesis de esa espiritualidad.

A lo Lennon

Más allá de mi profundo ateísmo, no quiero dejar de señalar el hecho de que la fe mueve montañas, que el amor al prójimo ha movilizado a las masas populares en todo el mundo. El comunismo, los musulmanes, los hindúes, el peronismo, los movimientos obreros, los anarquistas, y muchas expresiones religiosas y políticas, desde diferentes vertientes ideológicas han tenido como precepto ese amor universal. Es quizás desde ese sentimiento que suena un tanto hippie, que debamos reconstruir las bases de la utopía. Es desde ese compromiso afectivo que podemos volver a tener una cosmovisión que piense en un mundo para todos, en el que la madre tierra también sea cuidada como la vida de cualquier ser humano y en el que podamos soñar con ser lo mejor de nosotros mismos, como sujetos y como sociedad.

Publicado en el semanario El Eslabón del 09/08/25

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