Cuando el juego anula lo lúdico y se convierte en disciplina, exigencias y pasiones tempranas, que moldean trayectorias de atletas y deportistas consagrados. La pelota como regalo o presión.
Luquita, aterrado, guardó los botincitos en el bolso y no emitió palabra alguna. Hoy es maestro en una primaria pública de barrio Triángulo y les enseña a los pibes a ser pibes, y a no hacerse cargo de los sueños frustrados de sus padres.
(Del cuento Me van a pedir por favor, de Santiago Garat)
«Se prueban chicos categoría 2006/5/4/3/2» es un cartel colgado en el frente de un club, que inspiró el cuento Juguemos en el bosque, del ex futbolista y escritor Kurt Lutman. Detrás de esa puerta espera una de las pérdidas de la infancia. El fútbol dejará de ser un juego. Será cosa seria. Hay que dejar de ser niño, aunque sea por los minutos que dura la prueba, para cumplir exigencias. Un niño anónimo, sin nombre, reducido para los profes a un apellido y para los compañeros a un número de pechera. Hacer mucho y bien en poco tiempo. Priorizar lo individual en un deporte colectivo.
Después, la crueldad se acrecienta. “Al término de la práctica el niño es llevado a un costadito para que le devuelvan la prueba «corregida»”, escribe Lutman. Integrar el selecto grupo de los que quedaron, o sufrir la reprobación y el descarte. Desde temprana edad aprendemos a tomarnos tan en serio el fútbol que, de grandes, el temor a perder pesa más que la idea de arriesgar en busca del triunfo.

En el Día de las Infancias, la pelota de fútbol es hoy también un regalo para niñas. Muchas de las pioneras que practicaron el deporte el siglo pasado, escondían su condición de futbolistas o se avergonzaban. Sus historias las contó la periodista y escritora Ayelén Pujol. Su padre salió corriendo del hospital cuando vio que del vientre de su esposa nacía una mujer y no el varón que quería. Ahora cree que por eso jugó al fútbol. Así, le dijo a este medio, “quizá me parecería más a ese varón que papá había querido”.
Como madre le escribió cartas a su bebé Gino, y las hizo libro. Su sueño es que a su hijo le pregunten en la escuela de quién heredó el talento futbolístico, si de su padre o de qué otro hombre de la familia. Y que el chico diga: «No, en casa la que es buena es mi vieja».
Ángeles de la bicicleta
Amarilla, aunque algo tomada por el óxido, Graciela se llamaba la bicicleta con la que Diana Carreño llevaba a su hijo Ángel Di María a entrenar a Rosario Central. Pedaleaba unos 9 kilómetros, vientos en contra, frío, calor, lluvias. También aquel chico, mandado al fútbol para calmar su hiperactividad, sufrió el “sos un cagón, un desastre. Nunca vas a llegar a nada. Vas a ser un fracaso”, de boca de un DT de inferiores. Ahora, entre los tantos mensajes a su vuelta a Central, le dedicó uno especial a su madre: “Agarrá la bici que volvemos a empezar”.
Ángel Correa, también rosarino y campeón del mundo como su tocayo, tuvo un sólo juguete en su infancia. De origen humilde, jugó de pibe para el modesto club de barrio 6 de Mayo, que hoy lo recuerda en murales y homenajes, mientras él devuelve cariño con obras. Allí ganó un torneo que entregaba de premio una bicicleta.
El otro local campeón en Qatar es Lionel Messi. En 1995 debió ingeniárselas para salir del baño en el que había quedado encerrado, y poder jugar la final de la categoría 87 con Newell’s. “Le habían prometido una bicicleta en caso de que la ganaran. Hizo tres goles y la ganaron”, relata Ariel Senosiaín en su libro Messi, el genio incompleto.
Su habilidad le permitió al equipo acumular premios y dejar con las manos vacías al resto. Aquello enfureció a Alicia Fernández, primera periodista deportiva de Rosario. Habló con el encargado del certamen para repartir galardones (bicis, pelotas, camisetas) de manera equitativa, independientemente del resultado. “Mirá si Messi supiera… yo soy la responsable de que nunca más se llevó todos los premios”, se ríe.
Por eso, el escritor mexicano Juan Villoro dice que “cuando un niño quiere una bicicleta, es capaz de muchas cosas”, pero que “cuando un hombre juega como un niño que quiere una bicicleta, es el mejor futbolista del mundo”.
Chicas como bombas pequeñitas
Niñas profesionales y de jubilación temprana son las gimnastas. Dominique Moceanu fue la estadounidense más joven en ganar el oro olímpico. Tenía 14 años en Atlanta 1996. Entrenando para ese certamen, sufrió un colapso por agotamiento y, como castigo, fue obligada a repetir la rutina. “Hasta que literalmente me desplomé sobre el tatami”, contó en una carta. “Sólo entonces –añadió– me examinaron más de cerca”, y le descubrieron una fractura en la pierna.
Como muchas que fueron entrenadas por la pareja rumana Marta y Bela Karoly, restringió severamente su alimentación y anuló dolores de todo tipo. Chocolates y golosinas se comían a escondidas. Orinarse en la malla por temor a pedir permiso para ir al baño. Eran situaciones habituales.

Gabriela Parigi, gimnasta argentina desde los 4 a los 19 años y actriz, pasó por Rosario semanas atrás con su unipersonal Consagrada. Viaje de egresados más corto por una competencia. Retorno temprano de los cumpleaños de 15. Lesiones de todos los colores. Millones de abdominales y repeticiones. «Te pesa el orto, «mongólica». Eso es lo que te pasa a vos, te pesa el orto», grita el profesor en la obra. Vida de adulta en cuerpo de niña.
En la red
“Mi papá me pegaba a los 5 años y mi mamá sólo miraba”. El tenista Guillermo Pérez Roldán (llegó al puesto 13 del ranking ATP en 1988) era un chico exitoso en las canchas mientras sufría la violencia (física, verbal y económica) de su entrenador y padre. En su docuserie de Star+ revela dos intentos de suicidio. Los golpes eran cosa de todos los días.
También tenista, ex número 1 que ganó los cuatro Grand Slam, la Copa Masters, el oro olímpico y la Copa Davis, Andre Agassi contó su niñez en la autobiografía Open. Su primer regalo fue una raqueta. Golpeaba la pelota que colgaba de su cuna. A los dos años, su padre, una máquina de marcar errores, obsesionado en hacerlo profesional y el mejor del mundo, construyó otra máquina, pero con forma de dragón y que despedía 2.500 pelotas por día.

Todavía niño, empezó a recorrer Las Vegas y alrededores en el auto familiar para disputar torneos juveniles. “Exceptuando las pistas de tenis, los sitios del mundo que menos me gustan son los coches en los que va mi padre. Estoy condenado a dividir mi infancia entre esas dos cajas”.
Llegó a decir que “el tenis es boxeo”, “un pugilismo sin contacto”, porque al igual que en el cuadrilátero “matas o te matan”. No tenía 10 años todavía cuando enfrentó a Jeff Tarango. En infantiles, aprovechando que los jugadores son sus propios jueces de línea, su rival le hizo trampa para ganarle. Agassi lloró su primera caída. “Después de años oyendo a mi padre despotricar contra mis fallos, una derrota ha bastado para que yo mismo asuma sus críticas”. Y cierra: “Ya no necesito que mi padre me torture. A partir de ese día, eso puedo hacerlo yo solito”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 16/08/25
¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 6000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.