“No es sólo lo salarial, los docentes están discutiendo también mejores condiciones de trabajo, que son mejores condiciones de aprendizaje, mejores condiciones para la niñez”, señala la doctora en educación Liliana Sanjurjo. La reflexión de la educadora se da en el marco de otra paritaria provincial en la que el trabajo docente, la enseñanza y los aprendizajes vuelven a la escena de las discusiones. 

Para Sanjurjo, el Ministerio de Educación de Santa Fe no sólo debería tener la posibilidad sino la obligación de consultar a los docentes acerca de su expertez, que es cómo enseñar. Opina que hacer valer esta labor es una manera de resistir a la desprofesionalización de la enseñanza que promueven: “Hay que profesionalizarse cada vez más y plantarse sabiendo lo que se discute pedagógicamente, porque es una manera de hacer militancia”.

En charla con El Eslabón, Sanjurjo también consideró que las políticas del presentismo y la nueva ley de jubilaciones avanzan sobre los derechos docentes.

Liliana Sanjurjo es Profesora Honoraria de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), doctora en educación y actualmente dirige una serie de maestrías relacionadas con la práctica docente. Ejerció como maestra de grado, enseñó en la formación docente y fue supervisora del nivel superior en la provincia. Toda esa trayectoria de trabajo lo hizo y hace siempre unida a la militancia gremial. De hecho participó de la fundación de la Ctera (1973), desde lo que fue el Sinter (Sindicato de Trabajadores de la Educación de Rosario). Y, como ha expresado alguna vez, tiene puesta la camiseta de maestra y de la escuela pública. 

Salario y algo más

—¿Qué relación hay entre la enseñanza, el salario docente y las condiciones en las que se trabaja y aprende?

—En mis seminarios siempre hago un poco de historización de nuestra profesión, de cómo pasamos del docente apóstol, aquel que no tenía necesidades y sobre todo era una figura moral más que de enseñanza, al técnico que se lo ubicó en un lugar de operario que no debía tomar decisiones, sólo saber aplicar; y después en los 70 se puso en discusión la idea de trabajadores de la educación y si éramos o no profesionales. Soy una de las que defiende que no son conceptos antagónicos. Hay una concepción epistemológica y ética de lo que es una profesión, que sería aquel que requiere una titulación previa, y los docentes la tienen, y que puede tomar decisiones fundamentadas y contextualizadas. Esto por más que dependa del Estado y por más que el Estado nos haya querido proletarizar metiéndonos decisiones técnicas-pedagógicas, imponiéndonos esas decisiones a través de una editorial, de los técnicos del Ministerio o contratando un proyecto de alfabetización. Los docentes somos los que tenemos que tomar las decisiones; de alguna manera somos los articuladores entre el currículo y el aula, somos –dicen algunos autores– creadores y ejecutores. Todas las decisiones del gobierno son altamente performativas. Miremos lo que pasa con el gobierno nacional, cómo la violencia que ejerce se reproduce, es performativa. Ayuda a formar nuevas subjetividades. Entonces, si el Estado, el Ministerio (de Educación) cuando las cosas salen mal presupone que la culpa es de los docentes, sin siquiera atravesar los datos con las situaciones económicas de éstos y de los chicos, lo que se está haciendo es fomentar la desprofesionalización docente. Si el Estado tiene que comprar un plan para que alfabeticen y no analizó ninguna de las variables por las que hay un problema de alfabetización, también se está desprofesionalizando la docencia. Y ante estas situaciones (no tener en cuenta al magisterio) es también cuando el gobernador hace un juego de palabras casi que perverso porque dice que lo que hace “no es contra la docencia, sino contra los gremialistas”.

—Esa es una constante del gobernador Pullaro y de las y los funcionarios que lo acompañan ¿Por qué esa fijación en diferenciar gremio docente de sus dirigentes?

—Es un jueguito que hacen los políticos que no quieren una democracia participativa y que dicen que “todos los políticos son una casta”, desprestigiando a la política, no sólo a las personas. Es lo que quieren el gobierno y el Ministerio (de Educación) cuando aseguran que no están contra los docentes sino contra los gremialistas. Están desprestigiando una conquista tan importante como es la agremiación. No creo que haya muchos gremios en el país donde se vote escuela por escuela, no sólo quiénes van a ser los dirigentes, sino las medidas que se toman. Yo como jubilada voy al gremio a votar. Y mi voto tiene un valor para hacer paro o no. La agremiación no es obligatoria. Todo el mundo puede decir lo que quiere y hay distintas agrupaciones dentro del gremio. Acá lo que está en juego, y en eso cada uno tendrá que hacerse cargo después que pase este horror que estamos viviendo, es tomar partido por una democracia delegativa o una democracia participativa. Ni el gobierno municipal, ni el provincial y mucho menos el nacional quieren una democracia participativa. Y en esto van a tener responsabilidad todos ¿Qué ha quedado de la gente que participó de la FUR, de la FUA? ¿Qué de quienes han discutido en las asambleas la importancia de la participación y ahora se dejan llevar nada más que por grandes monopolios o las empresas que proponen tal libro o tal proyecto? 

—Uno de los reclamos constantes de los gremios docentes es que en las paritarias se tomen también las cuestiones pedagógicas. ¿Qué opinás de que la Provincia no dé lugar a ese pedido? 

—Es también perverso, porque son las mismas personas que después dicen que a los docentes y al gremio lo único que les interesa es ganar más. Quien reduce la paritaria a lo estrictamente salarial es el gobierno, no el gremio. Estuve en el surgimiento de la Ctera a través del Sinter, y uno de los reclamos era justamente que, por ser trabajadores de la educación, profesionales de la educación, estamos preparados con un título superior y tenemos derecho a este debate (pedagógico). Si no, es como si a los médicos se los obligara sólo a discutir problemas salariales y no tengan nada para decir de la medicina. Estas son las conductas que son altamente performativas. Si el empleador, el Estado, no le reconoce la profesionalidad al docente está fomentando que se comporten de manera poco profesional. Hay que resistir a eso, hay que profesionalizarse cada vez más y plantarse sabiendo lo que se discute pedagógicamente, porque es una manera de hacer militancia. 

—¿Se puede concluir que si no hay buenos salarios y respeto al trabajo profesional docente no se garantizan buenos aprendizajes? 

—Sí, por supuesto. Pero no nos quedemos encerrados en lo que nos quieren encerrar. No es sólo lo salarial, los docentes están discutiendo también mejores condiciones de trabajo, que son mejores condiciones de aprendizaje, mejores condiciones para la niñez. El Ministerio (de Educación) no sólo debería tener la posibilidad sino la obligación de consultar a los docentes acerca de su expertez, que es cómo enseñar. Y no se pueden desconocer todos los otros factores: lo económico, lo social, lo familiar. Ni focalizar sólo en ver los resultados y en el docente, si no se saca una conclusión equivocadísima por limitada. Un ejemplo de cómo se sacan malas conclusiones es la de la evaluación en la que se pone el énfasis en que “los chicos no saben leer ni escribir en los primeros grados”. La primera conclusión es evidente, que el problema no es en todas las escuelas, es en los barrios urbanos marginales. ¿Ha hecho algo el Ministerio para revertir este dato tan contundente? No. Hace rato que sostengo que si ahí hay un problema, ahí tienen que estar los mejores docentes. Hacer concursos con un incentivo fuerte para que los docentes con más experiencia se queden en los lugares más complejos. Y para eso se necesita presupuesto.

Publicado en el semanario El Eslabón del 16/08/25

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