No puedo vivir sin vos

No quiere llegar tarde a ningún lado, porque hacerlo implicaría retrasar todas las demás actividades que tiene en el día. Pone alertas. No le importa que suene veinte veces el celu. Mira la temperatura. Manda dos mails y unos mensajes pendientes por WhatsApp para confirmar actividades. Recuerda que tiene que comprar algunas cosas para la casa y algo de ropa porque los boxers están agujereados. Hay una oferta de ropa interior en una publicidad virtual. Aprovecha y paga los servicios mientras le queda algo de guita. Ya está. 

Le escribe a la chica con la que viene encontrándose. Es un poco más que un curte y un poco menos que un noviazgo. Ella le dijo que no quiere nada serio. Él no tiene intenciones de aclarar nada. Suelta el celu, cuando está por ir al baño lo lleva de nuevo porque se olvidó de cargar la SUBE. Está haciendo pis y el celu se le escapa de las manos. Ve en cámara lenta cómo vuela cuando le pega el manotazo. Como en las películas yankees de básquet –que en el último segundo tiran la pelota que queda dando vueltas en el aro– rebota en la tabla un par de veces y cae al inodoro. Se apura para salvarlo, parece que está bien. De pronto, la pantalla se pixela de todos los colores. La angustia lo estrangula, como si alguien se hubiese muerto.

La pantalla como punto de referencia

La cantidad de actividades que pasan por el celular es hoy indefinible. Un aparato tan chiquito capaz de gobernar nuestras vidas. La magia de tenerlo todo el tiempo, conectado a una base infinita de datos, a redes sociales y a programas para trabajar. Provee una solución en tiempo real a problemas de comunicación, de diseño o audiovisuales, a planillas de cálculo, procesadores de textos, oxímetros y tensiómetros, agendas, herramientas para la identificación de plantas, la visión satelital del mundo entero. Podemos ver partidos de fútbol, encontrar recetas de cocina, literatura, arte, películas, y hasta las carteleras de los cines de verdad. Hasta sexo, psicología y médicos online. La IA nos desafía en el último de los nichos que nos quedaban a los seres humanos: pensar por nosotros mismos. Ante esta realidad nos cabe hacernos algunas preguntas.

¿Los avances tecnológicos responden a necesidades de la humanidad o a necesidades del circuito de producción y consumo, y por ende, a los grandes capitales? ¿Podemos pensar hoy en vivir sin estas tecnologías? ¿La aceleración de nuestras vidas de la mano de estas tecnologías tiene por objetivo el goce y el disfrute o la productividad? ¿Qué espacios de sociabilización nos quedan por fuera de la tecnología? ¿Se puede pensar en tecnologías digitales que tengan por objetivo el desarrollo humano? ¿Somos conscientes del grado de dependencia que tenemos del celular?

Estas preguntas nos plantean una cuestión de fondo. Una problemática ética. La generalización del uso de teléfonos celulares construyó una nueva forma de sociabilidad, más pragmática y más sencilla en apariencia. Si bien la sociedad se complejizó, la forma comunicativa por excelencia en redes sociales y apps en general es la del marketing, mientras que los modos de funcionamiento de dicha tecnología son intuitivos. Cualquier persona puede sentarse un par de horas frente a la pantallita y podrá manejar las funciones básicas de cualquier programa. 

Cada vez que publicamos en redes, o subimos algún video a Youtube somos potenciales publicistas de los medios digitales. Usamos a diario varias plataformas para vender, comprar, conocer, relacionarnos y hasta enamorarnos. La operacionalidad de la tecnología se va convirtiendo en nuestro propio modo de actuar. Es allí cuando de pronto nos encontramos posteando frases de autoayuda, mensajes de emprendedurismo, publicidades de trading –es decir, de finanzas digitales– páginas de apuestas, como si fuese todo lo mismo.

Creemos que nada de esto nos modifica, porque siempre tenemos la posibilidad de reinventarnos en las redes sociales, de crear una imagen nueva basada en textos e imágenes que nada tienen que ver con nosotros. Pero no.

Más allá de la pantalla

¿Qué parte nuestra queda fuera del celu? La singularidad, la experiencia de vida, que se transmite en la narrativa personal, que se comparte en la presencialidad. Queda afuera del celu todo lo que no te sirve para trabajar, todo lo que no puede ser monetizado, todo aquello que no tiene ningún sentido para el mercado. Quedan afuera las charlas con los viejos, que te cuentan cómo era el mundo, cómo se vivía en otros tiempos, y sus conclusiones. Quedan afuera los enfermos, porque no producen, y es un estorbo tener que ir a darles una mano. Quedan afuera todos aquellos aspectos de las infancias que no tienen que ver con el consumo. Sólo quedan adentro algunas frases como “le quiero dar todo lo que yo no tuve”. Quizás, deberías darle un padre, que vos tampoco lo tuviste porque laburaba también extras para que no te falte nada.

Las experiencias que vivimos nos constituyen en sujetos. La limitación de esas experiencias a la situación de espectador, a la imposibilidad de modificar algo, a ser usuario y no sujeto, nos limitan profundamente a la hora de transformar aspectos concretos de nuestras vidas. La aceptación de la realidad como algo dado es signo de estos tiempos. La impotencia se apodera de nosotros. Es un buen tiempo para patear el tablero, para retomar las riendas de nuestro destino. La voluntad se practica, se ejerce, y cuando esto sucede, tomamos conciencia. La obediencia no responde al poder sobre los cuerpos sino a la manipulación de nuestras cabezas. Y esto no se da en base a discursos, sino a metodologías, a modos de funcionamiento, a software.

Queda afuera la vida, el baile, la reunión. Queda afuera el sexo, la caricia, el beso y hasta el amor. Queda afuera la posibilidad de no sentirte vacío. Quedan afuera sobre todo tres de los cinco sentidos que tenemos, el olfato, el gusto y el tacto. Queda afuera la mutilación de lo sensorial.  Eso que nos hace sentir que nuestra vida siempre está incompleta. Recuperar los sentidos y la voluntad puede ser el primer paso para encontrarnos nuevamente con la magia que alguna vez supimos tener.

Publicado en el semanario El Eslabón del 16/08/25

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