Tras incursionar junto a Felipe Pigna por los senderos abiertos de la historia argentina, que no para de remitir a un presente imperativo, Pedro Saborido sentenció: “Esto que estamos viviendo es insólito, pero también puede ocurrir lo insólito para nuestro lado”.
“Los silbidos del alma van a ninguna parte
pero, en algún lugar, uno más uno
quiere decir nosotros”
Raúl Carnota
En una sala destemporalizada del Rock&Feller’s, donde antes estaba el viejo bar del Hotel Savoy, Pedro Saborido saborea un café con leche ya por la mitad. Con lentes oscuros y gorra negra de los Who revuelve con la cucharita una bebida compuesta que ya se convirtió en una sola mezcla gris amarronada. Una réplica de los trajes del Sargento Pimienta de los Beatles cuelgan, iluminados, tras un vidrio transparente que los protege: reliquias, réplicas, una mezcla del pasado con el presente, una mezcla tan homogénea para la percepción como los sorbos de la taza que ya no discrimina sus términos, para la cual el café y la leche no son dos sustancias separadas sino una misma cosa, el mismo líquido que ingresa como bloque. Curiosamente, Saborido pasó por Rosario acompañado de alguien que se dedica al pasado: Felipe Pigna, historiador. El domingo 10 tuvieron su última presentación –hasta ahora– de este ciclo en la ciudad, que tuvo por nombre Historias Argentinas. No se trató de un historiador y un humorista que se juntan para hacer un café con leche, para fundir sus diferencias en una síntesis forzada: “Los momentos más graciosos de la historia” o “un chiste de Sarmiento entrando a una panadería”. Se trató, más bien, de enlazar cosas que ya venían haciendo. Y de jugar con la mirada. Al fin, dijo Saborido a El Eslabón: “Humor es mirar lo mismo pero desde otro lado”.
Pasado presente
“Felipe (Pigna) sigue siendo un historiador y yo sigo siendo un tipo que hace más humor, así que vamos viendo cómo pasamos de sus momentos de academicidad artística a mi momento de humorosidad, en donde en base al tema que sale yo desarrollo algo, pero no hay nada forzado. Tiene momentos de cantar a dúo y momentos en que cada uno canta su canción”. De este arreglo coral, en el que las voces mantienen su independencia, emerge de ambos lados lo que parecía propio y particular de cada uno: de la estructura discursiva del historiador, el humor (“elegante”, según las palabras de Saborido); de la dislocación del punto de vista que permite el desplazamiento a la risa, una reflexión profunda que arrastra el pasado hacia el presente. Capaz porque la historia ya contiene el humor, así como el humor hace lo propio con la reflexión. Capaz porque la historia, entonces, no sea hablar del pasado, sino hacerlo dialogar con el presente. Capaz porque ese pasado contenga muchas cosas que sólo desde hoy pueden pensarse, o sólo hoy existan aquellos lugares desde donde mirarlo.
La historia, o aquellas cosas que pasaron, “no es que sean en sí graciosas, sino que te dejan habilitado. Ahí está ya la circunstancia que me permite, futbolísticamente hablando, tocarla, porque está ahí, quedó picando, viste. La historia tiene un montón de esas cosas. Capaz le das un toquecito, o lo mirás de un costadito que es el humor, que es mirar lo mismo pero de otro lado. Eso es lo que nos propusimos hacer, no «las partes más graciosas de la historia», sino ir buscando en la historia y ver cómo eso puede tener un costado gracioso. O, capaz, faltaba empujarla nomás”.

Aquellos toques encuentran su lugar, su momento de juego, en un presente que los remite, que suena como eco. “Me parece que también es un momento en el que los que estamos en el escenario, los técnicos, los laburantes, los que vienen a ver, ya sabemos de qué se trata. Está presente siempre aunque no se hable, lo llevás encima, estés zafando, no estés zafando, estés con un problema o menos problemas, lo llevás encima. Porque tiene un nivel de intensidad y de estentoreidad que no es discreta, es flagrante. Si fuera discreta sería elegante por lo menos, como el «hijo de puta elegante», que los hay. Esto no, esto es una hijadeputez con bocina, con faroles que la muestran todo el tiempo. En la charla (con Pigna) eso aparece por momentos en forma directa, con alusiones, pero vos hablás de historia y lo que ves es que estás hablando de lo mismo que pasa ahora. Cada tanto decís «uy», «ay, mirá», «y, también». La historia pasa siempre por los mismos lugares y toca cosas que son tan evidentes. Hay un montón de cosas que repetimos sin darnos cuenta. Y ahí aparece un déjà vu histórico, son como ciclos, una acción y reacción casi de física newtoniana, viste. Y si viene para acá después va a ir para allá, y ante esto aparece esto otro, pero a la vez siempre hay algo que no termina de pasar como antes”, ese algo que constituye la novedad, la impredecibilidad del mundo y la historia.
“Hacé el ejercicio –sigue– de pensar cuántas veces pegaste un pronóstico acá en la Argentina o en Bélgica, o en la vida, que no sea de tu estricto control como por ejemplo «voy a recibirme de técnico mecánico dentro de cinco años». Me refiero a una dirección, algo de lo que iba a suceder en el país de hace dos años para acá. Para mí no le vas a pegar nunca, yo nunca le pegué, siempre aparece algo que decís «¿y esto qué es?» Ni las buenas ni las malas. En el menemismo, por ejemplo, vos decías «ya está». Y los peronistas decían «bueno, ya está, el peronismo fue». Entonces eso te puede dar un pequeño momento de optimismo, decir «puede ocurrir, lo insólito puede ocurrir». Porque esto que estamos viviendo es insólito, pero también puede ocurrir lo insólito para nuestro lado”.
Presentes eternos
Así como la historia puede experimentarse bajo el efecto, tendencioso, de un pasado absoluto y radical –una nostalgia de las cosas que pasaron, un corte entre el hoy y “lo viejo”, lo que quedó atrás en la carrera del “progreso”–, el presente cobra también un efecto de proyección hacia adelante. Saborido le llama “vanidad del presente”. “Después está el deseo, o pronóstico disfrazado de deseo o deseo disfrazado de pronóstico, de «esto en cualquier momento se pudre», pero es tu deseo. Y lo ponés como pronóstico. La historia te muestra eso, te muestra algo obvio pero que lo perdés de vista porque pensás que vivís una especie de presente eterno, como una vanidad del presente en el que decís «esto es así para siempre», pero no es para siempre. El problema es el mientras, claro, pero no es para siempre. La historia te lo demuestra: lo bueno y lo malo, lo que te gustó y lo que no te gustó se termina. Es indefectible. Irremediablemente va a terminar, el problema es todo lo que pasa mientras no termina. Y es también la única advertencia que te queda para que cuando esté bueno digas «guarda, cuidalo»”.
Y contra el optimismo de pacotilla, opone: “Me parece tan omnipotente pensar que todo va a salir bien como que todo va a salir mal. Vos decís «uy, este es un mediocre», y no, hay una cosa gramsciana que es el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón. Y es verdad: vos ante las cosas o las negás o las asumís. Y creo que mucha gente hoy está pendiente de activar para solucionar su vida, más que viendo si se pone a la pretensión de «ah, che, activá políticamente, vení a militar», y el loco está «no, che, estoy así, viendo el próximo metro que voy a hacer». Mucha gente ya no tiene ni energía para enojarse, tiene que estar pendiente de cada cosa que le pasa, y por otro lado uno de afuera dice «Milei, ¿hasta dónde se va a aguantar esto?». Y… hasta donde se aguante”.
El encuentro
“Estamos en un momento en el que hay una necesidad y el que puede ir a algún lugar, el que puede juntarse con otro, necesita estar con gente en la misma sintonía. Y ahí aparece algo que es ver la historia como un hecho terapéutico”, señala Saborido, y recurre a las metáforas futbolísticas para iluminar mundos adyacentes: “Estando en Rosario, si sos de Central y sabés que el otro es de Central, ya no es lo mismo que si es de Newell’s, ¿o no? No digo que no puedas tener amigos de Newell’s, es más, podés tener hijos de Newell’s, pero hay algo garantizado: hay un momento de la semana que van a estar tristes o felices al mismo tiempo. Porque vos decís che, hablamos siempre de historia, y de pronto hay un momento en el que por ahí ya pasaste cinco mil veces. Pero cada vez que vengo a Rosario no puedo evitar, y esto no por fanatismo de historia, sino por algo trascendente, no puedo evitar ir al Monumento a la Bandera, porque es algo que vi tantas veces en las fotos, en la Billiken, que no lo puedo evitar y voy otra vez. Y yo qué sé si el tipo izó la bandera ahí o no, me chupa un huevo, pero el lugar es espectacular. Y eso ya es algo. Esto es lo mismo: hay momentos en que estás hablando de algo que te remite a la infancia, a la adolescencia, al aprendizaje, a algo en común. Entonces la historia de tu país se puede convertir en motivo, en algo que te junta con otro”.
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“Lo interesante es encontrar los dos mundos, el de la historia y el del humor a partir de temas que también, amablemente, sean para la gente una vuelta de tuerca de algo que ya sabés. Que tengan esa elegancia. Como invitarte a ver un partido de fútbol de un equipo que no conocés, no invitarte a ver un partido de polo. Una vez fui a ver un partido de polo, me pegué un embole… Pero la gente que sabe dice «bueno, el caballo, ahí, el stacker, le metió un differ, de daffer, este tiene un horsetraining». Entonces, ¿qué fui a ver? Fui a ver lo que más me interesaba, que fue acercarme a la cancha, abajo, pegado, y esperar el momento en que el caballo pasa a los pedos enfrente tuyo. Es vibrante eso. Fui una sola vez en mi vida a ver una pelea de box. Y no lo entiendo al box, no lo entiendo desde el punto de vista de que no sé qué es un buen boxeador o no. Soy bruto mirando fútbol, soy bruto para todos los deportes, no he nacido para mirar deporte. Pero lo que más me impresionaba, ¿sabés qué fue?, el sonido. El ruido que en la tele no se siente. El caballo cerca, brrrraammm. Viste cuando ves un partido de fútbol con poca gente, que se escucha el partido y es como otro partido. Se escucha el pelotazo. En la cancha de Newell’s no la escuchás, en cambio cuando estás ahí en un partido chico, escuchás «pibee…», «vení para acá…». Sentís cómo en los avances crecen los diálogos entre los jugadores «andá, andá, correlo», y en los retrocesos hay otras cosas”.
La música de las voces, los encuentros y los desencuentros, las amistades y los antagonismos, el vínculo social en fin. “Hay una cosa que comentamos siempre con Felipe: Belgrano, acá en Rosario, cuando peló la bandera, Rivadavia se la prohibió. Le mandó una bandera española y le dijo «vos tenés que seguir usando esta». Y vos decís, ¿pero cómo?, Belgrano, Rivadavia, los próceres… y, no, estaban a los ganchos los próceres. No era Billiken, los tipos eran enemigos. Rivadavia es la historia de un nivel de hijadeputez constante, pero entonces esto pasó siempre”.
De mil formas distintas, hablar de San Martín no es sólo hablar de San Martín, ni de la historia nacional como un bloque homogéneo y unívoco. Así como hablar del pasado se convierte en hablar del presente, hablar de historia hace vibrar la propia infancia, y meterse en ella desarticula un relato inocente. De alguna forma, no sólo toda historia es política sino que también toda historia es de la política: Rivadavia y Belgrano son apenas dos puntas de un escenario de conflictos que no precisa nombres, aunque uno los pueda dar. Intereses, grupos –y después personas–, identificaciones, entran en pugna por definir los términos, las reglas y las leyes de toda vida social. En el juego de las tendencias, de la cuasi física newtoniana, la contingencia al acecho –la posibilidad de curvar la línea para nuestro lado– espera bajo el nombre de la acción. Y esa acción, si cristaliza para el futuro, jamás fue, es ni será una acción individual.
Publicado en el semanario El Eslabón del 16/08/25
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