Yo no sé, no. Manuel llegó corriendo, viniendo desde la escuela de Acindar, diciendo que a media mañana había visto el arcoiris dado vuelta, arqueado al revés. Al principio le pareció que había sido por el pelotazo que le habían pegado en el recreo, pero cuando miró para arriba dijo: “Es toda una señal. Una señal de colores”.

Juancalito profetizó: “Biedma va a cambiar de dirección. Va a haber señales en las esquinas y sólo se va a poder salir del barrio”. Y estaba entusiasmado y preocupado a la vez, ¿cómo íbamos a volver, si la flecha va a ser sólo una señal de salida? Tiguín decía que el motor de la bici de un flaco que pasaba a media mañana era una señal de lo que se venía: “Voy a juntar plata y me voy a comprar una bici a motor. Es fantástico, cuando se te para el motor, arrancás a pedalear”.

Graciela esa mañana vino corriendo, y contó: “Soñé que mi prima ponía un long play con una música mucho más rápida de la que estamos acostumbrados, y que venía de Inglaterra. Son señales musicales que se vienen”. Esa semana de agosto, Isabel dijo que la abuela había hecho unos pastelitos que tenían un sabor distinto, porque aparentemente le había puesto unos frutos salvajes que había juntado cerca de la Vía Honda. “Capaz que lo hizo con moras, y si la abuela hace esos pastelitos, es toda una señal que se abren los gustos”.

Mónica vio la enredadera que estaba cerca de la casa de la abuela, de Fragata Sarmiento, que en lugar de dar esos frutos –mburucuyá o algo parecido, que a veces los encarábamos y los comíamos–, estaba dando algo parecido a los huevitos de gallo que estaban siempre terrestres. “O me cambiaron la enredadera, que antes era la trepadora y ahora está a ras del suelo o yo estoy confundida. Para mí que es una señal de la naturaleza”.

Carlos, en la tarde del jueves, dijo que en el arco de Alianza habíamos errado tres penales y que no podía ser. “Es una señal de que hay que ir a curarlo, hay que llevar algún yuyo. Por ahí estaba maldecido ese arco para nosotros porque teníamos buenos delanteros y mejor 9. José estaba re contento porque había venido de La Florida y decía que los amarillitos habían aparecido a rolete. Y era toda una señal de que el Paraná estaba más rico en pescados que nunca.

José iba siempre por la boga y por otros, pero cuando no había se conformaba con traerse media docena de amarillitos con los que la mamá de Pedro hacía empanadas. Ricardo escuchó que en una pelea de Sportivo América, los súper medianos, los locales, habían ganado todas las peleas en el segundo round. “Es una señal de que los que están tirando puñetazos profesionalmente van a dar que hablar”, decía, mientras se acomodaba los guantes para hacer bolsa en el patio de la casa.

Una tarde nos juntamos debajo del eucalipto, como siempre lo hacíamos, cerca del tambo, y agosto estaba medio raro. Era un viento cambiante y pasó un tipo en bicicleta que había cobrado la quincena y nos saludó. Pedro dijo: “Parece que hay señal de ajuste en los bolsillos pero ojalá que después que pase agosto haya otra señal”. De repente vimos corriendo a la pequeña Susi que venía re contenta.

Cuando le preguntamos qué le pasaba, contestó: “Prendí el Standard Electric y cuando estaba terminando la programación, en la señal de ajuste, aparecieron los colores. O me pareció a mí”. Ella soñaba con prender la tele algún día y que aparecieran los colores, y no el blanco y negro que hasta ese día estábamos viendo. Sonó la sirena de la fábrica y fue una señal: otro día se apagaba en nosotros, pero con esperanza. Si iba a haber una señal de ajuste, por lo menos en los bolsillos de nuestros viejos, no iba a ser para siempre.

Publicado en el semanario El Eslabón del 16/08/25

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