Rocío Muñoz Vergara, poeta andaluza pero rosarina por adopción, lanza –junto a la comunicadora Laura Vilche– un dispositivo para intervenir con sistema braille los libros dirigidos a las infancias.

Rocío es escritora, poeta, docente, editora y gestora cultural. Nació en Sevilla, pero desde 2006, año en que llegó para participar de un congreso de literatura grecolatina, reside y brinda talleres literarios en Rosario. Rocío, además, es ciega desde muy pequeña. Luego de ser madre de Adelmar –hoy de 3 años–, cayó en la cuenta de que había escasos textos dirigidos a niños y a niñas en sistema braille, y que los pocos que había no cumplían con las cualidades indispensables que tiene que tener un libro para las infancias, como texturas, ilustraciones, colores.

Ante la imposibilidad de disfrutar con su hijo ese diálogo tan maravilloso como necesario que es la lectura compartida, se propuso intervenir las publicaciones que apuntan a las primeras infancias, pero sin que eso interfiriera o fuera en detrimento de todo aquello que hace al libro infantil un objeto preciado.

Convocó a su amiga Laura Vilche, periodista, docente y autora de varios textos para las y los más pequeños. Juntas le fueron dando forma a Toco y leo, un seminario de formación en accesibilidad sobre intervenciones en braille de libros para primera infancia, gratuito, dirigido a personas y a instituciones que se vinculen con niños de cero a 6 años, que se dictará en la sala Angélica Gorodischer (4° piso) de la Biblioteca Argentina “Dr. Juan Álvarez”. La convocatoria superó todas las expectativas y se agotaron los cupos de inscripción, por lo que Vilches y Muñoz adelantaron que ya preparan una segunda edición.

¿Dónde está la mariposa?

“Yo soy ciega desde muy pequeña, pero siempre encontré o las personas que me acompañaron encontraron la manera en que yo pudiese vivir una vida plena y disfrutar de las mismas cosas de las que disfruta alguien que ve”, dice Rocío de entrada en diálogo con este semanario, y agrega: “La literatura es mi pasión y mi trabajo, soy profe, tallerista, escritora, y la verdad que iba todo más o menos bien hasta que también me hice mamá y me di cuenta de que no tenía casi material para leerle yo a mi hijo y para compartir con él un bien tan esencial y fundamental en la construcción de la identidad humana como es la lectura”.

Más allá de que Adelmar pueda leer con sus docentes en el jardín, con su papá, con su familia, con sus amigos, su mamá quería participar de eso también. “Los ciegos tenemos la posibilidad de leer mediante los lectores de pantalla, que son unos programas bastante sencillos, prácticos y útiles que se instalan en cualquier aparato tecnológico, ya sea celular o computadora, y que verbaliza todo lo que aparece en pantalla. El problema es que el lector de pantalla es para leer voz de manera autónoma, no para que yo le pueda leer en voz alta a otro. Para eso está el braille”.

“El asunto –continúa– es que los textos en braille, en una hoja, no son lo suficientemente atractivos para las primeras infancias, y para eso están los libros de primera infancia, que son divinos, hermosos, son objetos que muchas veces son de telas, tienen texturas, están hechos con cartones, tienen ilustraciones de distintos colores y tamaños, a veces se puede interactuar con ellos. Un libro no es sólo un texto, es una disposición que implica paginación, ilustraciones, decisiones de todo tipo tanto de editores, como de autores, como de ilustradores”.

A todas esas inquietudes, la poeta y tallerista las compartió con su amiga Laura Vilches, periodista de La Capital y autora de varios libros dirigidos a las infancias. Primero idearon un sistema para intervenir libros ya publicados sin interferir justamente con las texturas, los colores, las ilustraciones y, por supuesto, sin tapar los textos en tinta. “Probamos con distintos papeles transparentes en los que el texto en braille pudiera ser recortado y luego pegado en las páginas del libro”, aporta Laura.

Y continúa: “Empezamos haciendo un trabajo muy artesanal y en ese trabajo surgió la pregunta de ‘¿y qué hacemos con las ilustraciones?’. Entonces yo le refería en cada página más o menos qué era lo que veía para que ella tuviera alguna referencia y lo poníamos. Acá hay un camión, allá hay una pelota, más acá hay una mariposa; por allá, un conejo. Como para que ella también pudiera dialogar así con su hijo y preguntarle: ‘¿Dónde está la mariposa?, ¿dónde está el conejo?, y que él señalara esos dibujos”. 

“En definitiva yo quería y quiero leer con mi hijo, y subrayo el «con» porque, cuando una persona lee en voz alta, la persona que escucha también está leyendo. Quería leer con mi hijo los libros preciosísimos que hay para primera infancia que la gente que ve puede leer –insiste Rocío–. Y, como estoy convencida de que de la necesidad al derecho hay un paso inmediato, considero que es un derecho, no sólo para mí sino para cualquier otra persona ciega que quiera hacer algo tan básico como leer con infancias o al revés, porque si no ¿qué hacemos con las primeras infancias ciegas? Sólo les ofrecemos libros en braille pero vacíos, porque no se tocan las letras en tinta ni reconoce los dibujos”.

Hablando de derechos, Rocío y Laura coinciden en que el proyecto apunta a trascender. “La idea es poner a mucha gente a participar de la posibilidad de intervenir en braille los libros para primera infancia y que puedan multiplicarse. Que haya en las escuelas, en las bibliotecas, en las librerías, que las editoriales puedan destinar una tirada de sus títulos para que sean intervenidos”, remarca Rocío, y detalla: “Por eso ideamos esto que vamos a explicar en el Toco y leo, que tiene que ver con adhesivos transparentes que pueden imprimirse además en las distintas impresoras braille que hay en Rosario”.

“La formación está dirigida a gente que trabaja con infancias o que vive y convive con infancias, instituciones, profesionales de la salud y, por supuesto, familias. Y esto iría en un nuevo direccionamiento que terminaría beneficiando tanto a las infancias ciegas como a los familiares, profesores que acompañan a los chicos ciegos y viceversa, a las familias ciegas, docentes ciegos. Por eso es un doble direccionamiento”, añade.

“Por último es importante señalar que esto no sería algo beneficioso sólo para la población ciega, sino para la gente que ve también, porque el hecho de conocer y ver en la práctica otro sistema de lectoescritura, conocer que hay otras formas de leer y escribir, colabora en formar un mundo más diverso, capaz de asumir y comprender la diversidad humana que es muy amplia y hacerlo además más divertido, interesante y atractivo”, concluye.

Publicado en el semanario El Eslabón del 23/08/25

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