El resultado de las elecciones en Bolivia pateó un tablero en que el MAS tuvo hegemonía indiscutida por 19 años. Disputas internas y crisis económicas no terminan de responder la pregunta: ¿qué pasó?
En 2006, la llegada de Evo Morales a la presidencia de Bolivia no fue sólo un acontecimiento político de relevancia internacional por la constitución de un bloque latinoamericano –y latinoamericanista– que tuvo un intento de replantear el problema de la soberanía y del desarrollo –económico, pero no reducido a eso–. Tampoco fue sólo un acontecimiento simbólico, por la llegada a la presidencia de un dirigente de los sindicatos cocaleros, cuya pertenencia a los pueblos originarios no fue mera anécdota, e implicó la transformación de los ritos de legitimación de la institucionalidad republicana exportada de Europa: en las históricas ruinas de Tiwanaku, lugar de profunda significación para los aymaras, representantes de pueblos originarios de distintas regiones –no sólo los que habitan el territorio boliviano– ungieron a Evo de “guía espiritual” del país andino, y una anciana aymara le entregó el bastón de mando. En Tiwanaku dio discursos cada vez que fue reelegido, con mayorías abrumadoras. La llegada de Evo fue por lo menos un intento de cambio de paradigma –como señaló Enrique Dussel, filósofo argentino que escribió, imitando el gesto aristotélico, su Política partiendo de la llegada de Evo–, que a la recursión simbólica y las políticas redistributivas se le sumó la condición de laboratorio: no para exportar fórmulas aplicables universalmente, sino para poner a prueba otra forma de hacer las cosas.
La nueva Constitución, el Estado Plurinacional, el buen vivir, los intentos de construir una suerte de agregación de valor –o industrialización– teniendo entre ojos el problema ambiental evidentemente no tuvieron una resolución plena. Las elecciones del domingo 17 constituyen un hecho que difícilmente puede explicarse por la aparición de una derecha fuerte, ya sea por estruendosa –a lo Milei–, o por organizada.
En fin, los números son lapidarios: con una participación del 89 por ciento, Rodrigo Paz Pereira, candidato del Partido Demócrata Cristiano, quedó en primer lugar con el 32 por ciento. Irá al balotaje con Jorge Tuto Quiroga Ramírez –ex mandatario neoliberal e hijo político del dictador y luego presidente electo de Bolivia Hugo Banzer–, que llegó al 26,7 por ciento al frente de la Alianza Libre. Con casi el 20 por ciento, el tercer candidato fue Samuel Doria Medina, uno de los artífices de las privatizaciones de los 90, y dueño de la cadena de Burger King en ese país. Recién en el cuarto lugar aparece, con el 8 por ciento, el dirigente cocalero que viene del riñón del MAS, aunque se presentó con su propia alianza por fuera de la estructura partidaria: Andrónico Rodríguez. Quinto, con el 6 por ciento, Manfred Reyes Villa, alcalde de Cochabamba que recién volvió al país durante el gobierno golpista de Jeanine Añez, luego de estar diez años bajo el asilo político en Estados Unidos. Y con el 3,16 asoma Eduardo del Castillo, con la firma del Movimiento al Socialismo (MAS), quien fue ministro de gobierno durante la presidencia de Luis Arce. La ausencia de Evo Morales en la elección, inhabilitado por el Tribunal Constitucional Plurinacional por haber gobernado tres mandatos, tuvo sin embargo una presencia importante. Evo no apoyó a ninguno de los candidatos, sino que llamó al voto nulo, que llegó a ser el 19 por ciento del electorado. En elecciones anteriores, en Bolivia los blancos y nulos no superaron el margen del 3 por ciento.

Según muchos analistas, el que tiene una posibilidad prácticamente indiscutida de ganar es Rodrigo Paz Pereira. A diferencia de los otros candidatos, esta es su primera postulación para presidente. Pero no es alguien que viene de “fuera de la política”. Recibido de economista y con una maestría en Gestión Política de la American University –Universidad privada de Washington D.C., afiliada a la iglesia metodista–, fue alcalde de la ciudad de Tarija entre 2015 y 2020, y es actualmente senador por Comunidad Ciudadana, partido de Carlos Mesa, histórico rival del MAS y quien compitió en las elecciones de 2020 contra Arce. Además, es hijo del ex presidente Jaime Paz Zamora, y su abuelo era primo de Víctor Paz Estensoro, también ex presidente. Bajo la figura de una derecha “moderada”, Paz “combina postulados neoliberales con posturas más socialdemócratas y propone el concepto-oxímoron de «un capitalismo popular, un capitalismo para todos, no para unos cuantos»”, según las palabras de Gerardo Szalkowicz en su nota, publicada en Tiempo Argentino, “Lamento boliviano: el fin de una era, el candidato sorpresa y las lecciones para América Latina”.
El analista político Carlos Rosero indicó en una entrevista a La Nación que Paz es entendido como una “transición suave” de un ciclo dominado por el MAS, mientras que Quiroga –quien lo enfrentará en el balotaje– es visto como la opción más confrontativa: “Tuto Quiroga confrontó directamente con el MAS y con Morales y, si llega a la presidencia, va a buscar meter preso al expresidente. Pero Paz es una alternativa más conciliatoria”. La moderación es virtud cuando los intereses de las clases dominantes no se tocan.

Por otro lado, el senado no tendrá ningún representante de ninguno de los sectores que se desprendieron del MAS, y estará dominado por las distintas facciones derechistas que se impusieron en la elección. El armado de Rodrigo Paz Pereira, en este ámbito, también se quedó con la mayoría del senado, aunque necesitará negociar con los otros sectores para impulsar acciones legislativas.
Menos
Las elecciones no son un mero problema técnico. Algo de eso evidencia la experiencia boliviana. El porcentaje más bajo que había conseguido Evo Morales, allá por 2019, era del 47 por ciento, mientras que Carlos Mesa lo siguió con 36. No es intención de esta nota reconstruir en profundidad los hechos del golpe de Estado de 2019 –como ya se ha hecho en otras entregas de este semanario–, pero basta decir que aquella situación –más una cuarta reelección de Evo muy criticada desde sectores de la oposición, pero que también generaba ruidos internos– envalentonó a la OEA para acusar irregularidades en el conteo electoral que, luego de la presión de la Policía y del Ejército, llevaron a la renuncia de Evo.
Luego de poco menos de un año de gobierno de facto a cargo de Añez, plagado de movilizaciones, irregularidades y represiones cruentas como fueron las masacres de Sacaba y Senkata –a partir de las cuales Añez está cumpliendo cargos penales–, la vuelta del MAS tuvo como una de las condiciones la inhabilitación de la candidatura de Evo. Repetidas las elecciones en 2020, el sueño golpista se encontraba con la fuerza de lo que creyó haber destruido: Luis Arce, entonces candidato, ganó las elecciones con un contundente 55 por ciento, y Mesa, histórico rival, apenas consiguió poco menos que el 29 por ciento, menos que en las elecciones que desencadenaron el grito de “fraude” un año antes.
La pregunta, entonces, vuelve hacia nosotros: ¿cómo la fuerza mayoritaria, indudablemente hegemónica, durante 19 años en Bolivia, de repente no suma más que el 11 por ciento en una elección, partida en dos candidatos, y con su referente histórico inhabilitado para participar del comicio y orgulloso de haber conseguido el 19 por ciento del voto nulo al que llamó?
De líderes e internas
Una de las líneas a seguir tiene son las internas del MAS, que llevó a un enfrentamiento irreconciliable entre el presidente del partido, Luis Arce, y el referente histórico y principal figura popular de la “izquierda boliviana”, como la llama García Linera. Szalkowicz, en la nota de Tiempo Argentino, toma una postura contundente: “La preocupante deriva boliviana no tiene como causa principal los aciertos de las derechas vernáculas ni sus afanes golpistas ni la injerencia estadounidense, como en ocasiones anteriores. Fue pura implosión del MAS”.
Una nota de Página 12 firmada por Gustavo Veiga en julio de 2024, hace un repaso por esta interna que sacudió desde adentro uno de los movimientos políticos progresistas más fuertes en Latinoamérica desde el 2000 para acá. “Las hostilidades comenzaron cuando el golpe liderado por Jeanine Áñez ya era un trágico recuerdo. Hasta los últimos días de Morales en el poder, su entonces ministro de Economía decía: «Evo cumple lo que promete». Para muchos el artífice del llamado milagro boliviano, reconocía en su adversario de ahora, al líder absoluto del MAS. Pero algo empezó a romperse entre ellos. Y un nombre explica en parte ese distanciamiento.”
“Se trata de Eduardo Del Castillo, el actual ministro de Gobierno y funcionario clave en el gabinete de Arce Catacora. Joven integrante de la Columna Sur nacida en Santa Cruz de la Sierra y que acompañó siempre a Morales, se transformó en el blanco predilecto de Evo –después del presidente– desde que en agosto de 2023 denunció por narcotráfico al movimiento cocalero de Las Yungas (Departamento de La Paz) y al del Trópico de Cochabamba”, se lee en la nota de Página 12.
Como un desencadenamiento lógico, Eduardo Del Castillo resultó el candidato por el MAS, consiguiendo apenas el 3 por ciento. El título de la nota firmada por Veiga tiene un aire profético: “La interna del MAS puede autodestruir su propia obra”. Para García Linera, esta serie de peleas internas resultó siendo una “guerra fratricida”. El fratricidio, además, no es sólo del orden de la metáfora: Evo Morales acusó al gobierno de Luis Arce de intentar asesinarlo el 27 de octubre de 2024, habiendo recibido disparos mientras estaba en una camioneta en la Ruta Nacional 4 de Bolivia.
Otra de las aristas de la interna tuvo que ver con la conducción del partido, en la que Evo perdió la presidencia ante el sector arcista luego de la intervención del Tribunal Supremo Electoral. Andrónico Rodríguez, dirigente cocalero, fue presidente del senado durante toda la presidencia de Luis Arce –y aún lo es–, siendo oposición al gobierno del que formaba parte. Se perfilaba como el sucesor de Evo; varios medios lo llamaron el “delfín”. Sin embargo, no obtuvo el apoyo de Morales para la presentación de su candidatura por fuera del aparato partidario y, aunque le fue mejor que al Ministro de Gobierno, el 8 por ciento que consiguió no es más que una sombra de la hegemonía del MAS durante los últimos 19 años.
En entrevista con France 24 en Español, García Linera señaló: “Allí donde surgen líderes carismáticos en cualquier parte del mundo en momentos de crisis, como fue lo que sucedió en Bolivia en 2005, esos líderes carismáticos –Evo Morales en Bolivia, López Obrador en México, o Cristina Kirchner en Argentina–, son líderes que tienen una influencia perpetua en el campo popular hasta que mueren. Y Evo Morales, si bien ya no puede ganar elecciones, sin él tampoco se puede ganar. Esta es la paradoja de un líder carismático. Y en esta elección se ha mostrado que él es el líder de la izquierda, pero es un líder disminuido. En el futuro, cualquier reconstrucción de la izquierda, de un nuevo ciclo o una nueva fase de la izquierda, obligatoriamente va a requerir la presencia de Evo Morales. Quizás ya no a la cabeza de él, él ya ha encontrado un techo de la votación, pero evidentemente se va a requerir su apoyo. En este caso, la baja votación de Andrónico constató esto que digo”.
Más que instrumento electoral
Sin embargo, esta interna a cielo abierto, y el problema de los nombres y los líderes no es el único elemento que explica la deriva hacia este panorama. Javier Larraín –historiador chileno que vive en Bolivia y director de la revista Correo del Alba–, entrevistado por Gustavo Veiga en página 12, opinó: “Lo más profundo que tuvo el MAS como proyecto político fue la famosa agenda de octubre que la cumplió cuando accedió al gobierno Evo y consistía en la refundación del país, la asamblea constituyente, los hidrocarburos, todo eso pasó en 2011, 2012 y después hasta el 2014 siguió esa línea. Pero el último gobierno de Morales fue administrativo, sin relato, sin horizonte, el lema fue la industrialización, aunque no hubo algo que convocara, que tuviera una mística y eso provocó las diferencias intestinas que nunca fueron bien canalizadas”.
Carlos Flanagan, ex embajador uruguayo ante el Estado Plurinacional de Bolivia, en una nota de Correo del alba publicada pocos días antes de las elecciones bolivianas, también deslizó su planteo: “En primer lugar, la falta de cuadros políticos formados para la gestión de gobierno”. Señaló también como problemas lo que llama el “egocentrismo” de Evo Morales y le achaca responsabilidad en la división parlamentaria entre “arcistas” y “evistas”, en donde los últimos muchas veces habrían votado con la derecha. Y como último aspecto, “la llamativa debilidad de la política económica y financiera de Arce; máxime teniendo en cuenta su gran labor como ministro de economía en todo el período del gobierno de Evo Morales”. Para Flanagan, el principal problema es que el MAS-IPSP se convirtió en un mero instrumento electoral, y no en un partido que reproduzca su propia fuerza con cuadros y acción permanente y cotidiana.
Hacerse cargo
Álvaro García Linera comparte algunas posiciones con Sztulwark, pero tampoco reduce el problema a la implosión del MAS como interna a cielo abierto. En un artículo publicado en Página 12, Linera señala como principal causa del declive del MAS –pero también de la victoria de Milei– la falta de unas reformas de segunda generación. “Más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en una década, las instituciones reservadas para rancias aristocracias se democratizaron y, en el caso de Bolivia, hubo una recomposición de las clases sociales en el Estado al convertir a los indígenas-campesinos en clases con poder estatal directo. Ahí radicó la gran fuerza y legitimidad histórica del progresismo. Pero también el inicio de sus límites; pues completada esa obra redistributiva inicial, ella comenzó a mostrarse insuficiente a la hora de garantizar la continuidad en el tiempo de los derechos alcanzados”.
Y en entrevista con France24, señaló en sintonía: “El principal elemento que ha modificado el sistema político en Bolivia es ante todo la crisis económica. Una crisis económica por un gobierno del MAS que no la supo controlar ni tomó medidas para remontarla”. Esta nueva generación de reformas, que para Linera pasan por construir una base productiva “expansiva, de pequeña, mediana y gran escala, tanto en la industria como en la agricultura”, que garantice la continuidad de lo logrado en la redistribución inicial, y que incluya tanto al sector “privado, campesino, popular, como estatal”, y que “produzca para el mercado interno como para la exportación”, no es un planteo absolutamente nuevo ni original, e incluso se podrían argüir intentos de hacerlo.

El problema sigue siendo el cómo. Sin embargo, el esfuerzo autocrítico y de tomar responsabilidad histórica de los hechos políticos es central: “Las izquierdas y progresismos en gobierno no pierden elecciones por los trolls de las redes sociales. Tampoco porque las derechas son más violentas ni mucho menos porque el pueblo que fue beneficiado por políticas sociales es ingrato”.
“Las extremas derechas, autoritarias, fascistoides y racistas, siempre han existido. Vegetan en espacios marginales de enfurecida militancia enclaustrada. Pero su prédica se expande, a raíz del deterioro de las condiciones de vida de la población trabajadora, de la frustración colectiva que dejan progresismos timoratos, o a la pérdida de estatus de sectores medios. Y en cuanto a los que argumentan que la derrota se debe al «desagradecimiento» de aquellos sectores anteriormente beneficiados, olvidan que los derechos sociales nunca fueron una obra de beneficencia gubernamental. Fueron conquistas sociales ganadas en las calles y el voto. Por todo ello, sin excusa alguna, un gobierno progresista o de izquierdas pierde en las elecciones por sus errores políticos”, señaló Linera lapidariamente.
En la entrevista con France 24, demostró que esta operación no es solamente la del pesimismo: “Toca mirar hacia adelante. Ahí está, por ahora, temporalmente, el límite de la izquierda en Bolivia. Falta romper ese límite proponiendo nuevas reformas de segunda generación que permitan mayor democratización de la riqueza y un crecimiento sostenible en base a acciones productivas”.
Las preguntas sobre Bolivia parecen rebotar en preguntas por la situación latinoamericana en general, y por la construcción de una alternativa, llámese progresista, socialista, nacional y popular, peronista, pero que pueda torcer el rumbo de la situación. En ese sentido, alinear los patitos cada cuatro años para ganar una elección con el candidato que más mida, no garantiza nada. Porque las elecciones no son un problema técnico, y tampoco el momento vertebrante de la vida social general, quizás se trate de reconstruir un proyecto político con articulación desde y con las bases. Y de, una vez en el gobierno, no achancharse.
“El progresismo y las izquierdas están condenadas a avanzar si quieren permanecer. Quedarse quietos es perder”, señaló Linera. Sin eso, no hay posibilidad de enfrentar ni al capital ni al imperialismo. Y mucho menos de que todos podamos tener un buen vivir, como se proyectó en algún momento.
Publicado en el semanario El Eslabón del 23/08/25
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