Me vio entrar al salón despeinada y con la mochila abierta. Tropezar con el mosaico flojo, hacerle una reverencia al profesor y sentarme en el único banco libre, a su lado. Me vio tirar las carpetas al costado de la silla, sacar una hoja lisa y rota en un extremo y colocarla sobre el banco. Me vio el apuro, la torpeza y la vergüenza por el ingreso desafortunado a la primera clase de la beca. Con la cabeza hacia el frente, pero con el rabillo del ojo puesto en mí, me vio revolver desesperada la mochila. Deslizó su mano y dejó un lápiz Seamiart del mejor grafito sobre mi hoja. Rompí la cadena de desaciertos y con un gesto le agradecí, pero no lo vi.

Éramos jóvenes de todas partes del país que habíamos ganado un concurso de dibujo para egresados de la carrera de bellas artes. Tres meses intensivos de clases diarias en una residencia en Santa Rosa de Calamuchita, con el artista e investigador Diego Ferrer. Todo el talento puesto en el ser más desagradable de la tierra. Cualquiera de nosotros mataría por su aprobación y yo ese día llegué tarde.

Pasaron las primeras semanas e iba coleccionando fracasos sobre la mesa de luz. Al final de cada clase Ferrer revisaba los trabajos y al mínimo error rompía la hoja por la mitad, mientras una leve sonrisa se le marcaba en el rostro. Mis compañeros tenían días buenos y días malos, yo era la única que no había conseguido salvar ningún dibujo. Tanto esfuerzo para estar ahí, tantos años de estudio, la ilusión de mis padres y la valoración de mis colegas rosarinos se estaban yendo por la rejilla llena de pelos del baño compartido de la residencia. 

Enredada en mis pensamientos, iba con la mirada puesta en el piso para no volver a tropezar. De las clases a la habitación sin hablar con nadie, como si en ese encierro físico y mental fuera a encontrar la clave, la combinación para abrir la puerta del universo Diego Ferrer.

—Te lo regalo –dijo, y me dio paso para que salga primero del salón. Lo miré sin entender a qué se refería y después recordé que todavía conservaba su lápiz. Con una mano sostenía las carpetas y las hojas rotas y con la otra tanteaba los bolsillos de mi pantalón. Él sonrió y se fue por el pasillo que llevaba al bufete. 

Entré en la habitación, tiré las cosas en el piso y me desplomé en la cama. Todo iba cada día peor, como si alrededor una fuerza en espiral me encapsulara. No podía romper mi propia gravedad, ese clima viciado por la repetición del mismo error cada clase. No entendía lo que Ferrer me pedía, no entendía la técnica ni la perspectiva que planteaba. Había perdido la mano, la magia, el talento o quizá, sólo funcionaban en Rosario. Me incorporé de golpe, el lápiz se había ido por el agujero del bolsillo y ahora me pinchaba la espalda, metido entre la campera y el forro.

Estaba atardeciendo, era la primera vez que salía al jardín sin límites de la residencia, en medio de las sierras. Lo encontré después de dar un par de vueltas. Estaba solo, acostado en el césped, escuchaba música con los ojos cerrados. No sabía cómo interrumpirlo sin asustarlo, yo estaba parada y me parecía incómodo hablarle desde arriba, tampoco podía tocarlo con la punta de la zapatilla como si fuera un perro. Esperé unos segundos a ver si por su cuenta abría los ojos y nada. También me molestaba la imagen que se veía desde afuera, alguien tendido en el piso con los ojos cerrados sin moverse y yo parada al lado esperando qué. Era patético que me preocupara la mirada de los otros, si a esa altura había perdido la intensidad de mis propios colores, me estaba borrando.

Me senté a su lado. Esperé, se estaba haciendo de noche. Sin nada que perder me acosté y él abrió los ojos, se sacó los auriculares y me dijo que todas las tardes hacía lo mismo, escuchaba música hasta que oscurezca, que amaba ver cómo aparecían las primeras estrellas, eso lo conectaba con el deseo, que había algo del desorden del firmamento que lo inspiraba. Me dijo también que Diego Ferrer era un soberbio con suerte, que no deje que me afecte tanto. Sentí vergüenza de saber que me había estado observando, que entendía eso que me pesaba. Nos quedamos un rato así, mirando las estrellas, jugando a agruparlas en imágenes inventadas, dibujando con los ojos. Rompí el campo magnético que me encerraba para deslizar mi mano hacia la suya y devolver el lápiz. Nos miramos, lo vi. Tenía ojos oscuros, una sonrisa sutil, algunas pecas desparramadas como las estrellas, la piel curtida y la calma de los que viven en pequeños pueblos. Me contó que trabajaba como instructor de esquí en temporada y como maestro de dibujo en una escuela primaria de una comunidad cercana a Bariloche. Se llamaba Gustavo.

Esa grieta que abrí al atravesar la fuerza en espiral que me envolvía fue la excusa para animarme a salir. Seguí durante todo el curso coleccionando humillaciones, batí el récord de hojas rotas en la historia de las residencias de verano, pero ya no me importaba, no me pesaba.

Al atardecer nos encontrábamos para mirar el cielo, dibujar sin grafito en una hoja infinita que reconoce el caos, los sistemas, los mitos y la muerte. Empecé a pensar en la posibilidad de que no me guste tanto el dibujo, a poner en crisis mi mundo.

Terminó la beca y decidimos quedarnos a pasar el resto del verano, éramos nosotros dos y cinco compañeros más, amigos de Gustavo. Alquilamos una cabaña cerca, eran un par de maderas viejas y una salamandra, pero a nosotros nos alcanzaba.

Noches de fogones interminables, cantos y confesiones. Armamos nuestra porción de universo. Una galaxia con sus estrellas, nubes de gas, polvo cósmico y materia oscura unidas gravitatoriamente alrededor del deseo. La posibilidad de mirar, de cortar las tiras de la mochila, de aceptar las dudas, dejarlas caer y caminar sobre ellas

Terminó el verano, volví a Rosario sin traerme el certificado de la beca. Con Gustavo nos íbamos a volver a ver en unos meses. Tiré las hojas rotas, las carpetas y las certezas. Encontré en el bolsillo roto un papel doblado, era un retrato mío revolviendo la mochila esa primera clase, estaba lleno de detalles, el salón no tenía techo, en su lugar estaba la noche estrellada de las sierras.

Publicado en el semanario El Eslabón

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2 Lectores

  1. Space Waves

    10/09/2025 en 5:47

    Qué belleza de texto. La sensibilidad en cada detalle, desde el lápiz prestado hasta el cielo estrellado, me tocó profundamente. A veces los errores nos llevan justo donde necesitamos estar. Gracias por compartir esta historia tan honesta y luminosa.

    Responder

  2. Christmas Ringtone

    29/10/2025 en 1:45

    Skvělý výběr! Vyzváněcí tóny Xiaomi tady znějí moderně a čistě.

    Responder

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