En la década del 70 se hizo famoso un programa de televisión en el que estudiantes secundarios de todo el país concursaban para ganar el viaje de egresados a Bariloche. Se llamaba Feliz domingo para la juventud y por más de 30 años ganó la pantalla cada fin de semana. Uno de sus segmentos desafiaba a las chicas y los chicos a nombrar en 10 segundos la mayor cantidad de respuestas sobre cierto tema. Había que hacerlo “sin repetir y sin soplar”, y “que se entienda”, según demandaba Silvio Soldán, el conductor más recordado de este programa.

Al mejor estilo “prueba sorpresa”, cada estudiante en competencia elegía una tarjeta que estipulaba sobre qué debía contestar en esos segundos estrictamente cronometrados. Podía ser sobre “pueblos y civilizaciones de la antigüedad”, “escritores célebres argentinos”, “combates y batallas de nuestra independencia”, “países del continente asiático” o “ríos de Europa”. Y podía pasar que las respuestas llegaran rápidamente, que los nervios jugaran una mala pasada y los 10 segundos se le fueran en un “ay, hum, oh, ah…”, o que la participación se terminara rápidamente porque al responder, por ejemplo, sobre “unidades monetarias de Europa y Asia” se le colara un Guaraní (peso paraguayo).

En cada programa se hacía sentir el aliento de las tribunas de estudiantes, las quejas ante el jurado de profesores de saco y corbata que controlaban cada palabra y los aplausos para felicitar “cuánto saben los chicos”; aunque era bien público que quienes participaban de Feliz domingo recibían una nómina de los temas que entraban en concurso y que los participantes debían aprenderse de memoria. Nunca hizo falta saber más sobre los legados culturales de los pueblos de la antigüedad o qué representó cada gesta independentista para la historia de nuestra Patria. 

Esa lógica del apuro de decir la mayor cantidad de palabras, repetidas de memoria, en el menor tiempo y sin que haga falta comprender más de lo que en el mundo real significan, es la que aplica el Plan de Alfabetización de Santa Fe, conocido como Raíz. 

En 2024, y en el marco de ese Plan, las niñas y los niños de segundo grado de la provincia debieron sortear una prueba de fluidez lectora. Se evaluó “respecto de la rapidez, precisión y prosodia con la que leen”, en un tiempo determinado, esta vez cronometrado por una docente designada para aplicar esa evaluación. Entre otras consignas, debían leer 80 palabras del diccionario y otras 60 “inventadas o pseudopalabras”.

Los resultados de aquella prueba de fluidez se conocieron este año: “Uno de cada cuatro alumnos de primaria lee bien”. Fueron definidos por el ministro de Educación de Santa Fe, José Goity, como una “catástrofe educativa”. 

A la hora de analizar esos resultados, el funcionario de Maximiliano Pullaro consideró que “lo primero era poner el problema sobre la mesa, discutirlo sin prejuicios y con evidencia, no sobre percepciones”. “Tenemos la obligación de evaluar los resultados, rendir cuentas y corregir cuando sea necesario”, aseguró en esas declaraciones.

En un recomendado artículo titulado Para qué sirven las pruebas estandarizadas de aprendizajes, la educadora Gabriela Diker dice que “por más sofisticados que sean los operativos de evaluación y con independencia de lo que expresan sus resultados, las evaluaciones estandarizadas no hacen más que corroborar una idea muy asentada en el sentido común: que la educación está cada vez peor”.

En ese mismo análisis señala que “la sobreactuación de transparencia y rendición de cuentas sobre los actos de gobierno es hoy una exigencia de la opinión pública que se resuelve midiendo aprendizajes, lo que no hace más que reforzar una triple reducción”. Una es “la reducción de la calidad del sistema educativo, al aprendizaje de los estudiantes desconociendo otras dimensiones” como las sociales, las económicas y las desigualdades que generan. Otra es “la reducción del aprendizaje al desempeño en pruebas estandarizadas, como si fuera indicador de todo lo que se aprende en la escuela” y la tercera, “la reducción de las políticas de mejora de la calidad, a la acción misma de medición del desempeño en dichas pruebas”.

La lectura, ese deseo del mercado

El afán alfabetizador no es un capricho de la provincia de Santa Fe ni de Pullaro o su ministro Goity, responde sin vueltas a la campaña que lleva adelante el gobierno nacional. Una reciente investigación encarada por el Instituto de Investigaciones Pedagógicas Marina Vilte de la Ctera –Alfabetización inicial y trabajo docenteprofundiza en el vínculo entre estos planes y el avance de las políticas de extrema derecha. 

La educadora Adriana Puiggrós asegura –en esa investigación de la Ctera– que para entender “la valoración que hace el gobierno de Javier Milei del problema de la fluidez y comprensión lectora, al mismo tiempo que descalifica y desfinancia al conjunto de la educación pública”, es necesario tener en cuenta “los intereses políticos neoliberales y de las grandes empresas repentinamente preocupadas por un aspecto de la educación pública”. 

Repasa las políticas de reducción del Estado, en especial en educación y salud, “en un grado sin precedentes en nuestra historia”. Puiggrós considera que es “una estrategia perfectamente elaborada para traspasar funciones del Estado al sector privado”. Y agrega que esta intención no es sólo como negocio “sino con evidentes finalidades políticas e ideológicas”. 

Las ONG, fundaciones y grupos empresariales son quienes detentan hoy qué se enseña y cómo se evalúa. Una idea que se argumenta y desarrolla a lo largo de esta investigación reciente de la Ctera.

Puiggrós asegura –siempre en dicho documento– que “con la comprensión lectora ocurre, como con los diversos aspectos y problemas de la educación: son dispersados y abordados como simples objetos del mercado”. Recuerda que los problemas de lectura fueron presentados por el presidente Milei “como el problema más importante de la educación argentina”. Renglón seguido, “se culpabiliza a las y los docentes de un supuesto fracaso o abandono de su obligación laboral y se utiliza una campaña de alfabetización para objetivos ajenos a la (indudable) necesidad de mejorar la educación inicial y la formación de las y los docentes en las teorías actuales”.

Foto: Verónica Bellomo

Es en este escenario que reaparece “la perspectiva de alfabetización conocida como conciencia fonológica”, señala el estudio de la Ctera, que parte –continúa en esa explicación– de “la identificación de patrones gráficos, la fluidez en la lectura, el reconocimiento de un vocabulario escrito, el spelling (como producción de escrituras letra a letra) y, en algunas propuestas más recientes, la identificación de la morfología del vocabulario o el reconocimiento de la sintaxis correcta de las frases”. Y –continúa esa explicación– “cada una de estas habilidades es entrenada en la escuela, a través de una batería de ejercicios o tareas”. Entre las principales referentes del método fonológico se encuentran las académicas Ana Borzone, Florencia Salvarezza y Beatriz Diuk, esta última es quien dirige el Plan Raíz en Santa Fe.

La educadora Adriana Puiggrós advierte cómo el Observatorio Argentinos por la Educación –la ONG con mayor influencia en las políticas educativas– “se está apoderando de la educación nacional”. Y puede afirmarse que, por las funciones que le adjudican y asume, se presenta como el verdadero Ministerio de Educación de la Nación. 

Al frente de la Campaña nacional de alfabetización –y de las provinciales como el programa santafesino Raíz– está este Observatorio que empuja como método de trabajo para enseñar a leer y a escribir “aquel fonológico que se dejó de usar en la mitad del siglo pasado”. 

“Es lógico que se haya elegido el método fonético o fonológico porque sus características mecanicistas lo asocian con la pedagogía conductista. Ésta es adecuada a los programas digitalizados destinados al autoaprendizaje y aptos para el homeschooling (aprendizaje en el hogar), también anunciado y alabado por Milei. Si vinculamos el método fonético con la estimulación conductista y el homeschooling, la neurociencia accede a dominar la educación”, señala Puiggrós. 

La investigación de la Ctera Alfabetización inicial y trabajo docente aporta información y análisis ante la proliferación de planes que no reconocen historias ni contextos a la hora de enseñar y aprender, y de las políticas que reducen a la docencia al mero lugar de aplicadora de programas. 

En esa mirada, Puiggrós rescata la presencia y el valor de la pedagogía freiriana, y recuerda que Paulo Freire decía que “el acto de leer requiere una comprensión crítica «que no se agota en la descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se prolonga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra»”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 23/08/25

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