La pobreza no se puede analizar desde afuera. Pero si te invitan a la villa a comer pescado frito, una maruchita o un guiso de garrones no pierdas la oportunidad, te vas a encontrar con el sótano de nuestra patria, ahí están guardadas las humillaciones y los tesoros de nuestra historia. Quiero rescatar algunos aspectos que tienen que ver con la vida de los pobres. No importa si son más o menos pobres, sino la percepción que ellos mismos tienen de sus vidas. Así como hay gente que siente orgullo de haberse criado en la villa porque forma parte de su identidad, hay otros que aun viviendo ahí consideran que pertenecen a otra clase social.

El pobre autorreconocido sabe que no va a ser rico, lo separan años luz de esa concepción de la vida. Aunque gane el Quini o herede una fortuna de una tía desconocida probablemente se dedique a vivir como pobre, sin dolores de cabeza, gastando todo eso que le llegó, en su concepción, no por ser iluminado sino por causalidad. En la pobreza no existe un mañana para el placer, al contrario de la clase media, para la cual la vida es una eterna promesa de alcanzar la cima y para ello están justificados todos los sacrificios. Cuando pasaste hambre no planificas, apenas podés, comés todas las cosas que te fueron vedadas, lo hacés. Le comprás la pilcha que nunca pudiste y altas llantas. Sin embargo, a todos esos bienes que pueden llegar a tener no los relacionan con el estatus social. Por este motivo, cuando crecen las necesidades estos artículos son vendidos sin remordimientos, son una reserva.

Nuestro país tiene una historia de resistencia infinita desde la pobreza. Los oligarcas de este país fueron tan inhumanos como los de las potencias coloniales que nos dominaron antes de independizarnos. Somos un país sin guerra civil, con la esclavitud de nuestros pueblos originarios aniquilados y obligados a la servidumbre, con la semiesclavitud de nuestros gauchos, a los que les pagaban con bonos que apenas les alcanzaban para una ración de sancocho y un trago de vino. Eran quienes peleaban en todas las guerras y cuando terminaban seguían siendo indigentes, iban de un lugar a otro buscando la changa de jornaleros, empleadas domésticas en estancias, violadas por los patrones y aborrecidas por las patronas, obligadas a abortar o a regalar a sus hijos. 

Aun en medio del dolor, quedaba tiempo para cantarle a la luna, aunque alumbrara y nada más, algún asado cuatrereado por ahí o algún locro con los requechos de un chancho salvaje o bicho cazado en el monte, y un poco de verduraje y semillas rescatadas de algún lado. Eran motivo de profundos festejos. Los milicos que los reprimían también eran pobres, con la única diferencia que comían un par de comidas al día. Tampoco les sobraba nada. “Crían a sus hijos como animales” era el comentario obligado entre las clases sociales que se referenciaban en el padre del aula, que bastante ortiva era.

Estar siendo en el territorio

Los inmigrantes no sufrieron mejor suerte: pateados de un lugar a otro, estibando bolsas en el puerto, o laburando en un taller metalúrgico. En el mejor de los casos abrían su propio taller. Zapateros, cerrajeros, mecánicos, panaderos y peluqueros, todos pobres, mucha sociabilidad. Conventillos y hacinamiento, taperas en los campos, calles de barro, rancho de chapa y cartón. El olor a grasa, a fritanga, a mandarina bajo el sol de la siesta, y una cumbia para mover el esqueleto. Cargadas y gritos alentando al club de sus amores. El barrio se cargaba de singularidad. El olor a humo del brasero, fuerte, penetrante. El faldaje con madera de obra, tirado sobre una parrilla improvisada con alambre. Una estética propia, un sonido reverberante, como la bocina propaladora de la chata del botellero. El carro a caballo. 

Los cabecitas negras y descamisados del peronismo, y los mitos estigmatizantes del parquet como leña, la falta de cuidado de los hijos, el mito de la vagancia, de la insensibilidad, una deshumanización parecida a la que sometieron a los pueblos originarios para justificar su genocidio. Los argumentos son siempre los mismos: reducirlos a la más mínima expresión de animalidad, demostrar que no tienen rescate posible y justificar su aniquilamiento en razón del progreso, de la moral y de las buenas costumbres.

Orgullo o compasión

En algún momento los ricos, inspirados por tener algún tipo de moral cristiana, demostraban cierta compasión y hasta, en algunos casos extremos, caridad. En la actualidad se perdió buena parte de esa identidad marcada, rebelde, orgullosa de su negrura, de su perfume a humo y a cítrico, y de tener el rancho con su playa de barro en la lagunita. En algún momento los pibes empezaron a tener aspiraciones consumistas, se dieron cuenta de que a la sociedad de consumo sólo se entraba por la ventana. El neoliberalismo le llenó el barrio de fierros y de merca. Los verdaderos narcotraficantes son los dueños del poder económico, no las bandas locales ni el soldadito de la esquina.

Cada vez que los gobiernos progresistas o la clase media profesional se dirige a ellos es para que dejen su identidad de lado, para que acepten las reglas del juego del mercado. La clase media militante, que alguna vez quiso cambiar el mundo y se erigió en la vanguardia, nunca escuchó el runrún de las villas, salvo honrosas excepciones. Quizás es hora de entender y de respetar las condiciones de vida de los abandonados del sistema, sobre todo porque todos somos el negro de mierda de alguien más y es el Diego, el negro de Villa Fiorito, el que le dijo al mundo que los que veníamos del barro podíamos ser los campeones del mundo –aunque a la Tota le doliera siempre la panza a la hora de la cena– sin dejar de ser nosotros mismos.

Publicado en el semanario El Eslabón del 23/08/25

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