Un boxeador fanático de Martillo Roldán es el protagonista de La balada de Vendaval, dirigida por Gonzalo Ortiz. Se presenta este sábado 30 y domingo 31 en La Morada (San Martín 771). Los actores Flavio Esteban y Khamil Nazer alternan en cada función.
De familia humilde y peronista, como lo delata su nombre, Juan Domingo Roldán era un adolescente cuando a Freyre –el pueblo cordobés donde nació y se crió– llegó un circo. Al final de la función, el dueño desafió al público: preguntó si alguien se animaba a pelear con Bongo, el oso. Cuando escuchó la recompensa económica, quien más tarde sería apodado Martillo, levantó la mano. Los dos con guantes. Protector bucal para el chico, bozal para el animal. “El resultado fue empate”, contó en entrevistas.
Esa historia llamó la atención del dramaturgo Gonzalo Ortiz, quien creó un personaje, un boxeador amateur fanático de Martillo Roldán, y lo puso en acción en la obra La balada de Vendaval, que se presentará este sábado 30 y domingo 31 de agosto, a las 20.30, en la sala de La Morada, ubicada en San Martín 771, planta alta (anticipadas al 341-6766135). Y aunque se trata de un unipersonal, los actores son dos: Flavio Román Esteban y Khamil Abdel Nazer, quienes alternan en cada función.
Con la guardia baja
“Empezamos a investigar un poco sobre boxeadores argentinos, y nos gustó mucho Martillo Roldán, su historia de vida”, le relata Gonzalo Ortiz a El Eslabón. Así, dice, empezaron –junto con los actores Esteban y Nazer– a parir a su propio personaje: el Vendaval, “un boxeador que armamos, lo hicimos fanático de Martillo, esa es su relación con él. Obviamente que menciona a otros boxeadores, pero la obra es la historia del boxeador que nosotros creamos”. Es decir, un hombre “que se planta para exponerse, esquiva las dificultades, soporta los golpes de la vida y espera la campana para el próximo round”.
La obra, contextualizan sus autores, está enmarcada en “una sociedad que mide el valor de las personas según el éxito profesional”, en la que uno busca “la aceptación de lo que es, con todo lo que conlleva”, o decide “mirar para otro lado y seguir esquivando sin éxito problemas y responsabilidades”. Y con eso a cuestas está, solo en el escenario, Vendaval.
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“Contamos la historia de un boxeador al que de la nada le llega la oportunidad de pelear en un escenario importante, y todo lo que eso significa: los amigos del campeón, las dudas sobre lo que está haciendo, la disciplina”, adelanta el director de la obra, y describe a su personaje: “Es un hombre de pueblo, que no siempre fue muy disciplinado en su entrenamiento, y todas las vicisitudes que lo llevan a sus contradicciones”.
Antes de su pelea, el Vendaval convoca a la prensa a que sigan su entrenamiento y le lancen preguntas, una vieja práctica de los boxeadores. Allí, ante micrófonos y cámaras, muestra sus habilidades y conocimientos pugilísticos. “En la obra recreamos eso. En ese entrenamiento empieza a hablar y a contar de su vida, y cuenta más de lo que querría. Se deja ver, se desnuda de alguna manera”. Baja la guardia.
Uno, dos, uno, dos
“Cuando suena la campana –inmortalizó alguna vez Oscar Ringo Bonavena– estás tan solo que hasta el banquito te sacan”. Aunque los actores de esta obra son dos, en escena sólo hay uno. “Es un unipersonal que un día actúa uno, y al otro día el otro”. Es la misma historia, aclara Ortiz, “pero diferentes versiones, porque son dos actores, dos cuerpos diferentes contando lo mismo”. Vendaval un día es Flavio Román Esteban, y en la función siguiente es Khamil Abdel Nazer.
El director anticipa que en noviembre, mes en el que piensan volver a presentar la obra, “tenemos la idea de hacer las dos funciones el mismo día, con un intervalo de 10, 15 minutos. Que se vean las dos versiones el mismo día”.

Desde que surgió la idea, “siempre pensamos en un unipersonal”, sostiene el director, aunque admite que “como eran dos los actores, surgió la posibilidad de que aparezca el representante, que siempre está la famosa figura del representante garca. También estaba la posibilidad del entrenador. Pero queríamos que esté solo, que se deje ver solo”. Y añade: “Si bien esos fantasmas aparecen, la idea es que los traiga él, no que aparezcan. Así que ensayando, pensamos en hacer dos versiones, que uno la actúe un día, y el otro al día siguiente. Nos gustó y la empezamos a hacer así”.
Llorarás con un ojo y con el otro te reirás
“Miré toda mi vida boxeo, desde chiquito junto a mi abuelo. De grande seguí viendo solo”. Gonzalo Ortiz agrega que además de ver viejas peleas de los 80, y de seguir las carreras de Lucas Matthysse, Marcos Chino Maidana, Sergio Maravilla Martínez y Juan Carlos Cotón Reveco, también se animó a calzarse los guantes, pero “todo muy amateurs, como para hacer algo físico”.

De Martillo Roldán destaca “su historia de vida, sus peleas”. Y entre ellas elige la del 30 de marzo de 1984, en Las Vegas, ante Marvin Hagler, grande entre los grandes. En el primer round, el estadounidense fue al piso pero logró reponerse de esa caída/resbalón y se ensañó con el ojo derecho de su rival. Ante la poca visibilidad, el argentino abandonó en el 10º asalto. “Siempre lo trataron de miedoso acá en el país”, cuestiona el director de teatro. “Era un gran boxeador, estaba solo ahí arriba del ring. Pero los que lo veían desde abajo, donde todo es más fácil, lo maltrataron. Y el tipo no podía ver con un ojo”.
En noviembre de 2020, el covid lo agarró mal parado. Tenía 63 años y pesaba literalmente el doble que en sus años de gloria.
Deportes sobre tablas
“Las historias de vida, sobre todo en deportistas amateurs, son muy ricas. Lo que cuesta llegar, todos los que no llegan. Nosotros contamos a los que no llegan”. Con ese argumento, Gonzalo Ortiz y sus amigos actores fusionan sus pasiones. Canchas y tarimas, cuadriláteros y escenarios. “El deporte –yo hice básquet, los chicos hicieron boxeo– y el teatro siempre estuvieron ligados a nosotros como forma de vida”, destaca.
“Entonces –continúa– las obras que hacemos están relacionadas de alguna u otra manera con el deporte. Cuando se nos ocurrió volver a trabajar en una obra pensamos en los deportes que nos gustan, y el boxeo es uno de ellos. Así que en esta ocasión contamos la historia de un boxeador y lo que pasa en la vida de alguien quiere ser boxeador”.
Pero antes, en 2017, surgió la obra No lo pienses dos veces, está bien, que “trataba de un futbolista de club de pueblo, y del amigo que era el barra brava de ese club”, cuenta Ortiz. El trabajo anterior fue Alicia en el país de Irma, en la que cuatro amigos jugaban al ping pong, también en un club de barrio. La amistad, la felicidad y el amor en escena, con el deporte como herramienta. “Nos parece una manera linda de unir dos mundos diferentes”.
Publicado en el semanario El Eslabón
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