Acomodando bien la pelota, metiste ese golazo. Saliste corriendo a la tribuna, que te estaba ovacionando. ¡La puta, qué lindo que fue ver esa corrida! Di María está llorando, parece agua bendita.
Se jugó otra edición del clásico más pasional del país, y para muchos también del mundo. A pesar de que el día y horario dispuesto por la AFA fue el sábado 23 de agosto, a las 17.30 en el Gigante de Arroyito, el partido en la ciudad comenzó a jugarse varios días antes; cinco, para ser más precisa. El lunes empezó en Rosario la famosa previa. En los bares se podía escuchar a los taxistas que mientras tomaban café, discutían cómo debían formar los equipos. En las escuelas, los pibes y las pibas cantaban canciones y comenzaban a pactar sus apuestas. En el súper, la cajera con uniforme y pulserita de Central, te sonreía al identificarte también canalla y te daba el ticket de la compra acompañado de un “qué cagados que están”. En la carnicería, se podía escuchar cómo un cliente con tono jocoso le decía al carnicero de ñuls que si volvían a perder le debía un costillar. Y así en todos los ámbitos, la gente comenzaba a jugar su propio clásico mucho antes que los 22 jugadores que se iban a enfrentar en cancha.
El folclore inundó la ciudad. Incluso, así lo demostró Ignacio Malcorra. El diez del canalla compartió en su cuenta de Instagram –junto a un “yo también te quiero mucho, loco”– el video de un hincha leproso que lo insultaba al verlo socorrer a su compañero, Kevin Gutiérrez, quién sufrió un accidente automovilístico el día previo al partido. Porque al fin y al cabo de eso se trata el folclore: de sobrellevar la crueldad de lo cotidiano con ingenio y alegría.
El día llegó acompañado de un cielo despejado. Desde temprano se podía escuchar en la radio que se evitasen las inmediaciones del estadio porque iban a estar las calles cortadas. La canallada ya comenzaba su particular ritual: parrillas en las veredas, niños subidos a los techos de las paradas de colectivos, humos azules y amarillos, fuegos artificiales que salían desde cualquier lado y cánticos haciendo alusión a la paternidad sobre los rivales de siempre.
Adentro del estadio esperaba la fiesta. Las banderas con los nombres de cada uno de los barrios de la ciudad ya estaban desplegadas. Los tirantes, al mejor estilo circo, ya copaban toda la popular de Regatas acompañados por un trapo con una frase emblema de la marcha peronista: Todos unidos triunfaremos.

El partido no fue muy diferente a lo que se viene observando en los clásicos rosarinos. Central salió a ganarlo, Newell’s a empatarlo. Para el equipo de Ariel Holan fue muy complicado anotar, lo buscaba de muchas formas pero le era imposible atravesar esa barrera de cinco defensores que dispuso Cristian Fabbiani. Y entonces, al igual que hace casi dos años, el canalla tuvo un tiro libre cerca del área, en el mismo arco: el de la popular de Génova. Pero esta vez no pateó Malcorra, el 10 le cedió la pelota parada a quién regresó hace unos meses al club que lo vio nacer luego de ser campeón de América y del mundo. Casi 30 metros separaban a Ángel Di María, que besaba la pelota antes de acomodarla, de Juan Espínola, que defendía los tres palos del visitante. El ángel de los ganadores atravesó la barrera como a los muchos obstáculos que tuvo en su vida. Las lesiones que lo dejaron afuera de partidos importantes, el destrato de gran parte de la sociedad argentina y las posibilidades de elegir cuándo volver a su casa, se hicieron diminutas ante semejante gol. “Nunca se lo vio correr tanto en un festejo”, dijeron varios periodistas. Todo el plantel canalla fue a abrazarlo, hasta los suplentes que hacían la entrada en calor delante de la platea del río.

Enfrente, en la de Cordiviola, festejaba emocionado Marco Ruben, ídolo de Central y goleador histórico de Rosario. La hinchada se abrazaba, lloraba y comenzaba a cantar “que nacieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán”.
Y aunque el pitido final llegó, el clásico no terminó ahí. Porque en esta ciudad, estos partidos duran mucho más que noventa minutos. Ahora se vive en Rosario la semana post clásico. Los canallas irán a cobrar sus apuestas y a hacer sus respectivas cargadas. Pero eso lo dejamos para otra crónica.
*Técnica química, hincha de Central por sobre todas las cosas.
Publicado en el semanario El Eslabón del 30/08/25
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UnBandoDeArroyito
31/08/2025 en 18:31
🇺🇦 +21 🇺🇦
Lisandro
31/08/2025 en 18:45
Excelente nota. Que lindo es ser de Central
Leandro
31/08/2025 en 19:05
🇺🇦🫶🪽
Leandro
31/08/2025 en 19:09
La ciudad está en orden 🇺🇦
Damian
31/08/2025 en 19:13
Excelente narración!!! A medida que vas leyendo se vienen las imágenes del momento que acomoda la pelota y a esa distancia, todos con una opinión distinta sobre que iba a hacer. Hasta que nos dimos cuenta que en el momento que beso la pelota iba a patear al arco!!! La mejor decisión que puedo haber tomado 🙌🙌
Agustín
31/08/2025 en 20:17
Que lindo es ser hincha de Central
Ale
31/08/2025 en 21:14
Ecxelente crónica de una muerte anunciada. Vamos central carajo!!!
Kuinoooricoterooo
31/08/2025 en 23:19
Yo soy de arroyigasito, central de rosagasario!!! +21 PECHO HIJO ETERNO!!! 💛 💙
Nahuel H.
01/09/2025 en 9:04
Familiar, sí. Como el asado del domingo o los ñoquis de la abuela, pero también como esa charla en la vereda que arranca con fútbol y termina en filosofía. Cuando leí la nota, no solo me sentí en Rosario: me sentí parte. Como si el texto me hubiera invitado a mirar desde un prisma más terrenal, sí, pero también más visceral. Por eso el mote de “cercano” se queda corto: hay algo más ahí, algo que late. Si, «familiar» le sienta mejor.
Y debo confesarlo: me da una sana envidia esa pasión que desborda el clásico rosarino, y en especial la del pueblo hincha de Central. Que un partido se juegue más en la calle que en la cancha, que condicione rutinas, vínculos, estados de ánimo… es tan ilógico como hermoso. Y esa lógica del corazón, tan ajena a la razón, la nota la captura con una naturalidad que emociona.
Saludos desde el conurbano bonaerense.
Tomás
01/09/2025 en 10:30
Me emocionó, casi me pianta un lagrimón