El repique de piedritas en la polvareda sobresaltó esa mañana a los habitantes de Guirland que, arrullados por el roce de los pétalos, aún dormían en sus pequeños cestos colgantes de seda y hueso.
Era el gran bicho bolita, guardián de los secretos que llegó rodando desde lo alto.
De a uno comenzaron a asomar la cabeza y a estirar el cuerpo que había adquirido la forma cónica y larga de su refugio.
El guardián, exhausto, sacudió el polvo de sus doce patas y exclamó: Esto es una catástrofe, tengo que ver a la bruja ya mismo.
Iré contigo. Dijo el anciano alcalde, y a través del largo filamento sedoso que salía de su boca, ayudado por el viento entre las ramas, se trasladaron a la cueva de la bruja Caracola, que en un huevo enorme, traslúcido y resbaloso de baba, guardaba los anteojos robados a los bichos humanos de ciudad para conservar sus visiones.
La bruja Caracola que todo lo sabía, refunfuñando salió del cascarón y dijo:
—Ya, ya, será fácil resolverlo, despreocúpense de los bichos de ciudad, lo que sus ojos pudieron haber visto quedó en los cristales, esos que llaman anteojos, y a ese secreto una palabra lo destruirá, sólo habrá que nombrarlo. Los secretos se deshacen cuando los contás.
—Pero hay cosas que no vienen con palabras ¡No las tienen! —exclamó alguien muy bajito.
—Lo siento. Fue mi culpa.
Era el pez con patas que sobre el lomo de un cascarudo llegó en su camalote esquivando la siesta de los sapos.
Tragó una bola de agua para tomar coraje y comenzó a explicar:
—No aguanté más e hice un agujerito en un huevo para susurrar mi secreto. Para estar seguro, lo guardé en un pozo con tanta mala suerte que, justo ahí, creció una planta, y un pedacito del secreto escapó por su tallo, aunque pude atraparlo, sus raíces, desarrollaron escamas y aletas para llegar a la laguna a calmar su sed.
Cómo iba a imaginar que el glotón de mi amigo, el pez globo, ¡que lo tenía prohibido! arrancaría un par de escamas y se comería el susurro que quedaba. Cuando lo vi ya era tarde, se alejó haciendo burbujas en el agua que esparció a los treinta vientos en los nueve mares.
El bicho bolita panza arriba, casi desvanecido, se apantallaba con una pobre polilla.
La bruja ya impaciente con un golpe seco hizo callar a los grillos que gritaban con la cabeza entre sus las patas y dijo:
—Todos sabemos que los secretos se evaporan, pudo irse en una nube. No ocupan espacio, están hechos sólo de tiempo, así que no podremos volver a guardarlos. La profecía está escrita, de ese huevo nacerá el pájaro con hipo que lo repetirá sin parar.
Haremos esto: hundiremos los cristales en el frasco negro. Por siete días los bichos humanos estarán a oscuras y olvidarán sus nombres. El octavo día sacaremos los cristales y pronto el color volverá a existir y con ellos nuevos nombres.
Parecía que las cosas se ordenaban, habían pasado varios días y en Guirland trepaban, se rascaban y volaban con normalidad.
Nadie imaginó lo que pasaría:
Los bichos humanos llegaron de a cientos. Una plaga. Desesperados por la negrura no aguantaron, fueron a recuperar sus anteojos y rompieron el frasco gigante, al estallar, una capa de baba los sumergió entre raíces y troncos. Por un instante se dieron cuenta en qué se habían convertido, resbalando y sin poder ver, confundieron sus recuerdos.
Les llevará mucho tiempo. El mío está a salvo.
Publicado en el semanario El Eslabón del 23/08/25
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