El escritor nacido en la ciudad cordobesa de Noetinger pero rosarino por adopción, acaba de ganar un prestigioso premio internacional por su novela breve El paraguas de Chéjov. Su infancia, los talleres literarios, Borges, Cortázar y el alma de Maritano.
Pablo Colacrai nació en 1977 en Noetinger, una localidad cordobesa ubicada en una zona de mucha raigambre agrícola y ganadera perteneciente al departamento Unión, cuya cabecera es Bell Ville, la capital mundial de la pelota. Creció y vive en Rosario donde logró cumplir uno de los dos grandes sueños que lo acompañan desde su más tierna edad: ser escritor. El otro era debutar en la Primera de su querido Rosario Central.
Es licenciado en Comunicación Social y fundador del Taller de Escritura Creativa Alma Maritano y de la editorial Río Ancho Ediciones. Lleva publicados tres libros de cuentos: La noche en plena tarde (2012), Nadie es tan fuerte (2017) y Ese mundo ya no es nuestro (2022), y acaba de ganar el primer premio en un prestigioso certamen literario de Mallorca con su novela El paraguas de Chéjov. En diálogo con El Eslabón, sentencia: “Me gusta ver el lenguaje, poner comas, sacarlas, ver lo escrito, sentarme con el cuaderno o con la compu y ver palabras salir de la mano”.
Un ruso dentro de mi habitación
“Hace unos años escribí una novela breve. El paraguas de Chéjov, se llama. Ahora acaba de ganar un primer premio en Mallorca y a mí todavía me cuesta creerlo”, publicó por estos días en sus redes sociales el autor y coordinador de talleres literarios Pablo Colacrai. El escritor ruso será “una brújula” para Pablo, pero lo descubrirá “más de grande”.
Antes, antes que todo, está el deseo de ser escritor. “Yo quiero escribir desde que tengo memoria”, dice, y argumenta: “En cuarto o quinto grado nos hicieron hacer un ejercicio en el que cada uno tenía que hacer una suerte de autodescripción y entre las cosas que yo decía que quería hacer, mis dos deseos eran jugar en la Primera de Central y escribir un libro”.
Luego de terminar la secundaria, Colacrai estudió y se recibió de analista de sistemas, se licenció y hasta hizo el doctorado en Comunicación, y “recién ahí, empecé el taller con Alma (Maritano) y enfoqué todos los cañones hacia el lado de la literatura”.
Para entender un poco de dónde le viene esa pasión por la lectura, Pablo refiere: “En mi casa había una biblioteca, chica pero biblioteca al fin, en la que estaba por ejemplo El extranjero, de (Albert) Camus que lo tengo yo ahora, ediciones preciosas de la década del 60 de los libros Borges, que también los conservo y, aunque no era una gran lectora, tengo el recuerdo muy patente de mi vieja leyéndome La casa de Asterión siendo yo muy chico. Y mi viejo, que no es lector en absoluto, tenía por costumbre que cada vez que volvía de viaje, porque era viajante, nos traía una revista de historietas. No tengo recuerdos míos en los que no esté leyendo cualquier cosa”.
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En cuanto a las y los autores que lo marcaron, Pablo no duda un segundo: “Hay uno que está siempre que es Borges. Esta imagen de mi vieja leyendo algo que yo no lograba entender del todo pero había una cierta fascinación que es la que hace que yo lo siga leyendo hasta el día de hoy. Incluso lo que hacía era ir a las librerías a buscar los libros y autores que Borges mencionaba. Así descubrí y leí a Schopenhauer, De Quincey, Stevenson, exclusivamente porque él los mencionaba y yo quería armar ese mapa. Y después viene Cortázar, las novelas pero sobre todo los cuentos. Eso fue un cimbronazo”.
Pablo registra que en un momento de su vida empieza a leer como escritor. Y eso ocurre con el ruso del paraguas. “Yo descubro prácticamente juntos a Chéjov y a (Raymond) Carver. Es más, Carver me ayuda a leer a Chéjov porque Carver es un ejemplo alucinante y perfecto de qué hacer con Chéjov, qué hacemos los escritores contemporáneos con Chéjov y con su legado. Lo que me pasó a mí es que ahí me doy cuenta de que hay una vida doméstica, cotidiana, que me interesa narrar. Más pensándome como escritor, este mundo que Carver narra, esto que Carver mira, es algo que me interesa mirar para narrar. Y Chéjov es el que hace ese primer movimiento, el que inventa esa forma de mirar y de contar. Son autores que para mí son fundamentales a la hora de escribir, son el gran norte para escribir. Chéjov se convierte en una suerte de brújula para mí. Descubrir que no sólo lo excepcional merece ser contado, como lo hacían Borges y Cortázar, sino que ese universo de lo doméstico y lo cotidiano también es un territorio donde es posible contar historias y donde encontrar personajes que me interesan y que pueden ser narrados. Una pequeña situación, muy chiquita, muy cotidiana, es la mirada la que la construye, la que la constituye en material dable a ser narrado. Entonces empiezo a pensar en cómo narrar sin la irrupción de lo sobrenatural, de lo fantástico. Eso termina de alguna manera de acomodarme y me permite escribir los cuentos de mi primer libro La noche en plena tarde”, que acaba de ser reeditado por la Editorial de la UNR.
Alma mater
Al igual que Colacrai, Alma Maritano no nació en Rosario pero creció, se formó y se desarrolló en la cuna de la bandera. Aquí, también, la eximia y multipremiada novelista fundó un taller literario en el que, en 2006, Pablo se anotó. “Después de un par de años, Alma me ofreció coordinar juntos algunos de los grupos, porque tenía muchos, y al tiempo me largó solo”, rememora el autor.
“Cuando Alma muere, en diciembre de 2015, yo decido abrir un taller, al que llamo Alma Maritano, y heredo gran parte de los alumnos. Y heredo también el mobiliario de ella que me donan sus familiares. Hoy día doy clases con la mesa que era de Alma, con la silla que era de Alma y con su pizarrón”, remarca con orgullo y emoción.
En cuanto al hecho de compartir saberes, Colacrai señala que “hay una técnica, una serie de preceptos que uno puede compartir. Desde cuál es la mejor forma de empezar o terminar un cuento a trabajar cuestiones de ortografía, de gramática, de tiempos verbales, de puntuación”, y da un ejemplo bien futbolero: “La técnica no te asegura nada, vos podés entrenar toda tu vida y no vas a ser Messi ni le vas a pegar como Di María, eso es algo que se trae. Pero la forma en la que los jugadores de fútbol, los tenistas consiguen hacer lo que hacen es porque lo hacen todos los días. La escritura es un oficio que también se aprende en la práctica, y es la práctica la que nos va haciendo mejores”.
“Hay una pregunta –sigue– que nos hacemos cuando leemos que es ¿cómo hizo este tipo para provocarme este efecto? Y ahí es donde uno desarma el texto. Hay un texto precioso de García Márquez que dice que los escritores desarmamos las páginas de un libro como un relojero desarma un reloj. Si nos quedamos sólo con el efecto, tenemos una posición de lector: este texto me fascinó, me encantó. Pero la pregunta es, ¿cómo hizo el autor para provocarme este efecto? Y en esa pregunta empezás a desarmar los textos, a identificar recursos técnicos que después uno puede aplicar o no. Empezamos a entender cómo funciona el mecanismo, porque detrás de todo texto hay un mecanismo. Y eso es lo que hace un taller”.
Enhorabuena
Pablo se desayunó a mediados de julio con un correo electrónico en el que el presidente del jurado de un certamen mallorquí, al que había decidido enviar una novela breve, le avisaba que había ganado el primer premio. “Abro el mail y veo que decía «enhorabuena», y me contaban que el libro había ganado el premio por la mayoría y que ya se iban a comunicar conmigo”, rememora el autor, y confiesa que “hace mucho que no mandaba material a concursos”.
“Es una novela muy corta, entonces es muy difícil que haya certámenes como para este tipo de libros. En abril, se ve que tuve un rato, pispié un poco y encontré justo este concurso que daba justo con las bases. Además es un concurso que tiene bastante prestigio y un buen premio, porque se publica en una editorial importante de España. Había que mandarlo impreso, así que se lo envié a mi hermano que está viviendo en Málaga y él lo imprimió, hizo los anillados, todo. Pero la verdad es que fue una sorpresa”, confiesa.
Respecto de la trama, sin ánimo de spoilear como dicen los pibes y las pibas ahora, Colacrai resume: “Es un libro híbrido, está construido con tres líneas. Una que cuenta una historia personal autobiográfica, otra línea en la que hay una ficción sobre un profesor, coordinador de un taller al que lo invitan a dar una conferencia sobre Chéjov en Uruguay; y una tercera línea que es, si se quiere, más ensayística, con cierta reflexión sobre lo que es Chéjov, algunos comentarios sobre sus cuentos, sobre su vida. Esas tres líneas se van cruzando y relacionando, y van armando un tejido más grande”.

Al ser consultado sobre por qué y para qué escribe, Pablo admite: “No tengo ni idea. Me la pregunté mil veces. Es como si te preguntan por qué te gusta el fútbol. Todas las explicaciones que das son a posteriori de que ya te gusta el fútbol. Explicás el fútbol como un deporte, lo que te atrae. Pero todo eso está después. Primero te gusta el fútbol y después está lo otro. Yo siento un placer incomprensible, medio estúpido en meter palabras en una página. Después puedo racionalizar algunas cosas y decir que me gusta ver el lenguaje. Siento un placer, otra vez estúpido, banal, en ver el lenguaje, en poner comas, en sacarlas, en ver lo escrito”.
“Muchas veces, cuando estoy un tiempo sin escribir siento el pinchazo, y digo qué ganas de escribir. Pero las ganas no son de escribir cierta cosa, o un cuento, una novela. Las ganas son de escribir, de sentarme ese rato con el cuaderno o con la compu y ver palabras salir de la mano. Ese es el motor. Después uno a los textos los va proyectando, los corrige, los trabaja, hay un momento en que los querés compartir, me gusta publicarlos, pero todo eso está después. El primer placer es escribir y los placeres son inexplicables”, añade.
Tras confesar que aunque lo soñó nunca llegó a probarse en un club –“no hubiera tenido mucho futuro igual (risas)–, Pablo se pone serio para responder la última pregunta: ¿Qué es la literatura en tu vida? “Es gran parte de mi vida, es mi trabajo, es lo que quiero hacer, lo que me gusta hacer y es de lo que hablo la mayor parte del tiempo. No voy a decir lo más importante, porque lo más importante es mi familia, pero sí que es una forma de ver el mundo. Mi manera de ver el mundo aparece en mi literatura y la literatura que leo y escribo modifica también mi forma de ver el mundo. Qué cosas miro, cómo las miro, qué me interesa de lo que veo, qué me sensibiliza, ahí hay una relación muy fuerte”.
Y cierra: “A mí me encantaría pensar que la literatura nos hace más sensibles, más empáticos, que el lector de ficción es un lector que puede empatizar con lo que lee y entonces puede empatizar con el otro, que es algo que hoy en día está muy puesto en duda. Pero no podría hacer sobre eso una aseveración porque hay muchos hijos de puta muy leídos”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 30/08/25
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