La historia de la humanidad es muy rica en cuanto a la diversidad de experiencias. A su vez, nos muestra diferentes modos en que los países se fueron construyendo y desarrollando. Cada cual, con sus peculiaridades, cada cual con sus lenguajes. A partir del siglo XX, comenzó a pesar mucho más fuerte la mundialización de la política y de la economía. Los procesos emancipatorios de los países que habían sido colonias, a la luz del debilitamiento de las grandes potencias europeas en las sucesivas guerras mundiales, generaron un escenario nuevo en el que se fue cimentando el nuevo orden mundial. En este sistema, los Estados Naciones, los líderes carismáticos, los grandes discursos ideológico-políticos fueron los grandes protagonistas.
El modelo que no es tal
La crisis del petróleo de los años 70 fue la excusa para direccionar toda la artillería contra el estado de bienestar, y como consecuencia, atacar las bases del pacto social existente al momento, ensañándose particularmente contra los derechos sociales y laborales, desregulando todas aquellas conquistas del movimiento obrero. El discurso único implementado a nivel ya no mundial sino global –ya que más tarde o más temprano llegó hasta los rincones más recónditos de nuestro planeta– exigía la modernización de todas las estructuras para el mundo que se venía.
Desde los diferentes grupos de poder global se articuló una inmensa estrategia para ponerle límites al intervencionismo estatal. Esto produjo una transferencia de riquezas desde los sectores populares y desde el Estado, a través de privatizaciones, exenciones impositivas y reformas estructurales en todos los sectores de la sociedad hacia los sectores del poder real.
Los servicios públicos, la obra pública, las políticas recaudatorias ya no tenían un fin equitativo. La rentabilidad reemplazó al bienestar social como criterio de inversiones desde el Estado. Las partidas anteriormente destinadas a educación, salud, vivienda, obras y servicios públicos, se reservaron para garantizar créditos a los grandes grupos económicos, que nunca serían pagado a través de maniobras fraudulentas o la estatización de deuda privada.
En la Argentina, la implantación del neoliberalismo estuvo a cargo de sus clases dominantes. No escatimaron esfuerzos en utilizar los métodos más aberrantes para facilitar la financiarización de la economía, la destrucción del aparato productivo y del Estado, el disciplinamiento de una sociedad que luchaba por sus derechos, a través del terror, los asesinatos y desapariciones, del secuestro de niños, y del robo de empresas en las sesiones de tortura.
Desde la apertura democrática hasta hoy hemos vivido en un país y un mundo con alternancia de diferentes partidos políticos. Cuando tuvimos gobiernos alineados a Estados Unidos, las clases populares la pasaron mal. Las consecuencias fueron siempre las mismas: crecimiento de la deuda, concentración del capital, destrucción de pymes y pequeños productores, caída significativa del empleo formal e informal, pérdida de soberanía estatal sobre recursos estratégicos, baja recaudación. En suma, una economía interna pobre y devastada.
La adhesión al modelo
La aceptación por parte de gran parte de la población se desarrolla en varias etapas. Si bien ante crisis profundas, los votos se vuelcan a los modelos llamados populistas, cuando dichas clases logran un ascenso social, eligen proyectos neoliberales para defender su status quo. Este ciclo se viene repitiendo desde la dictadura hasta ahora.
En los últimos años, en consonancia con la ampliación del uso de las tecnologías digitales, el discurso contra los derechos sociales y laborales se ha endurecido. Los derechos laborales son presentados como dádivas del Estado y sitúan a la libertad de empresa como condición necesaria para el funcionamiento de la economía. A esta altura sabemos muy bien que la economía sólo favorece a toda la sociedad cuando el Estado está presente y regula las relaciones de producción.
Durante este período neoliberal, el uso de conceptos parciales y eufemismos pone de manifiesto lo inconfesable de los fines. Ajuste es la destrucción de las garantías constitucionales de los derechos sociales, flexibilización laboral es precarización, disciplina y austeridad fiscal es desfinanciamiento de programas sociales, reducción de salarios de empleados públicos y de inversión en infraestructura. Estos recortes repercuten de manera inmediata en salud y educación. Lluvia de inversiones es favorecer a las corporaciones con exenciones, trabajo precario y desregulación ambiental. Emprendedor es trabajador sin derechos, la libertad es sólo para el mercado, y el derrame nunca sucede.
El neoliberalismo no es un modelo, es una estafa piramidal, es la justificación permanente y la naturalización del ejercicio de poder por la única condición de la acumulación en sí, y en última instancia de su afirmación por las armas.
Los actuales multimillonarios no deben su posición a una superioridad intelectual o moral, sino que son el producto directo de un modelo económico neoliberal y financiarizado que recompensa la extracción monopólica por sobre la creación de valor genuino. Su riqueza no proviene del ingenio, sino de su capacidad para capturar y monetizar datos a escala global, no hacerse cargo de los costos sociales y aprovechar sistemas fiscales y laborales desregulados que ellos mismos contribuyeron a diseñar. Son la personificación de un sistema que fomenta la avaricia como virtud y que impuso una cultura en la que la deuda –pública y privada– es el mecanismo de sujeción y la acumulación monetaria, el único criterio de éxito. Su mayor logro no fue innovar, sino convencernos de que la felicidad sólo es posible dentro de los límites de su mundo material, intentando de esa manera asegurar su permanencia en el poder.
Publicado en el semanario El Eslabón del 30/08/25
¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 6000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.