Yo no sé, no. Una tarde estábamos jugando en ese terreno largo, largo, que estaba al lado de la casa del Pocho Luna. La pelota cruzó Iriondo y se metió en un terreno que amagaba ser baldío. No era tan baldío, porque la gente cruzaba por ahí y tenía cierta vida. A la pelota la fueron a buscar Manuel y Juan Carolito.
En el fondo, mientras buscaba la pelota, Manuel vio en el fondo unas hojas grandes. “Sandía, es una planta de sandía”, dijo. Pero Juan Calito dice “no, es de un zapallo. No le digas a nadie, porque es un zapallo que está escondido”. Del otro extremo, otras hojas parecidas. Juan Calito la miró y dijo: “Para mí son zapallitos, de ahí van a salir calabacitas. Capaz que doña Eva tiró del otro lado para darle comida a los perros y quedó alguna semilla. Capaz que salgan a escondidas unas calabacitas”.
Juan Carlitos se acordaba que cuando jugábamos a la escondida él se iba allá, a Crespo al fondo, al lado de una planta de higo que estaba también escondida. Y siempre soñaba que de pronto, a medianoche, aparecían higos, dulces y grandes.
Tiguín, cada vez que veníamos por Lagos, casi llegando a Uruguay, parecía que él solo jugaba a la escondida. Él que se escondía de nosotros y se quedaba en lo de Tino, el gran arreglador de bicicleta que había por Lagos. Tiguín se quedaba enloquecido como Tino arreglaba las bicicletas con los ojos cerrados. Y se quedaba casi escondido ahí, lo teníamos que ir a buscar.
Con Graciela una vez estábamos jugando a la escondida y lo habíamos invitado al flaco de la calesita, el del parque. Y la Graciela se escondió con él. La tuvimos que ir a buscar o vinieron solos, no recuerdo. La joda fue que ese fin de semana ella sacó dos o tres veces la sortija de la calesita. Y a la otra semana ya eran novios. Hizo bien estar escondida con ese flaco. “Al final te escondiste y encontraste novio”, le decía la Evita.
Isabel, que cada vez que estábamos en la plaza y nos hacíamos la última escondida, la pica o la piedra libre, ella se mandaba para el lado de unos pinos, del otro lado de la plaza Galicia que está por Biedma. Entre esos pinos, siempre a la tardecita, aparecía la luna cuando estaba linda. Y la Isabel se colgaba mirando. A veces, cuando habíamos terminado de jugar, decía que era el lugar para esconderse mirando la luna, soñando que algo mágico iba a aparecer en su cabeza.
A la Mónica una vez la mandamos a comprar pan para hacer unos sánguches. Cerca de la plaza estábamos. Y se fue a Centeno y Lagos, y no volvía. Y es que por ahí cerquita, una señora se había puesto un localcito de pizzas caseras. Como la vio a ella, (la Mónica siempre tenía cara de pedigüeña), le dice: “Nena, quédate un ratito y te voy a convidar las primeras pizzas caseras, y si tenés amiguito los convidás”. Cuando volvió Mónica con el pan y las pizzas, parecían algo de otro mundo. “Está en un lugar escondido esa señora, donde voy a ir siempre yo. Hay un olor a harina, a masa y a pizza al horno, increíble”.
Una vez que estábamos jugando, Carlos se metió en una herrería, y para camuflarse se puso el casco de soldador, de esos para proteger la vista. Y entre el chisperío nadie lo encontraba. Casi se queda dormido ahí. Cuando apagaron las luces lo encontraron, que estaba ahí recostado. “Si algún día me tengo que esconder va a ser entre los fierros”, decía Carlos, mirando las chispas de la soldadura de los metalúrgicos.
Cada vez que íbamos a la Florida, ni se nos ocurría jugar a la escondida porque José se zambullía y no aparecía por ningún lado. Y tenía unos pulmones para aguantar bajo el agua, impresionantes. Siempre nos mentía diciendo que abajo, escondido, veía cosas fantásticas en el fondo del Paraná.
Ricardito, cada vez que le tocaba esconderse, todos sabíamos que lo iba a hacer en el fondo de Piñataro, un tipo que trabajaba con chatarras, hacía tapitas de envases con latas recicladas. Ricardito siempre juntaba esos recortes y se hacía muñequito o algo. “Este es el lugar preferido para esconderme”, decía. Pero todos sabían que se escondía ahí a la hora de jugar a la escondida.
Una vez la pequeña Susi, un tiempo después, apareció con una calabacita. Pensábamos que estaba jugando al micrófono. “Mirá, me la curaron y me permiten tomar mate. Voy a tomar un buen mate amargo, como me enseñó la tía Amelia”. Pero esa tarde llegó con dulce de zapallo que la había hecho con el zapallo del terreno baldío que unos meses antes había descubierto Manuel y Juancalito.
Pasaron los años y Pedro siempre se acuerda que la Susi quería ser periodista. Y la vio con ese micrófono en la mano. En ese terreno baldío, al fondo siempre había algo escondido por aparecer. Pedro pensó que eran como eslabones de una cadena de noticias reales, dulces y amargas. Pero reales.
Pedro piensa que detrás de tanta maleza apareció El Eslabón, con noticias reales. Piensa en la calabacita oculta, en ese zapallo oculto y donde nos ocultábamos todos en cada lugar del barrio, pensando en que algo fantástico podía suceder.
Publicado en el semanario El Eslabón del 30/08/25
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