Mi padre tenía un pequeño carnet de médico de marina. De ajado cuero marrón y un interior en que con caracteres manuscritos se leían sus datos personales, su número de matrícula profesional, una foto que traslucía una bonhomía juvenil que siguieron reflejando todas las que conservo de él, tomadas hasta su muerte ocurrida a comienzo de los 80.
Hoy escuché por la radio que es el día del médico rural. Me sorprendí. No sabía que el almanaque tenía una fecha para celebrarlo.
—Carmen, preparame un bolso con un par de mudas– gritó mi papá desde el consultorio.
—¿Para cuántos días?
—¡Qué sé yo! dos o tres, no lo sé, depende de la bolilla que me den. Me voy a la estación de ferrocarril para ver si puedo comunicarme con Pedro. Él me va a encontrar alguno, seguro ¡Cómo quisiera en éste momento vivir en una ciudad o que en el pueblo contáramos por lo menos con un miserable teléfono!
—La semana pasada te quejabas del barro y los caminos de tierra, ahora de la falta de teléfono, pero llevamos catorce años aquí y no consigo que ni siquiera consideres la idea de mudarnos– masculló para sus adentros mi madre sin dejar de acomodar ropa dentro de una valijita.
—¿Qué pasa mamá? ¿Por qué tanto lío? ¿Qué le pasa a papá?
—Una buena Carmen, Pedro me consiguió uno, recién salido del horno, pero dice que es buen pibe. Fue alumno de él y llegará esta tarde con el colectivo de las siete.
—¿Averiguaste si tiene algo de experiencia?
—¡No me jorobes mujer! El chico está con una fiebre que vuela, le tengo miedo a una septicemia y no tengo tiempo para esos detalles. ¡Por favor! ¡Es médico y punto!
—Está bien, está bien –y en su respuesta mi madre parecía querer invisibilizarse para no ponerlo más nervioso aunque la corroían dudas y preguntas por hacer. Sobre todo pensando que ya había pasado de largo el almuerzo, que anochecía temprano, que hasta Pergamino la ruta era de tierra y que a ese paso, llegaría a Buenos Aires bien entrada la noche.
—Te preparé un bolso como para tres días.
—¡Sí, perfecto! Lo que te parezca estará bien.
—¿Te falta mucho? ¿Estás listo?
—Sí, sí, ya. Y por favor ayudame a no olvidarme nada importante. Termino de armar el botiquín de viaje. Andá trayéndome unas cuantas toallas y la manta de viaje. El viaje es demasiado largo para él. ¡Hijos de puta! Mandarlo al pibe así, accidentado y con una hemorragia interna.
—La documentación tuya y del auto, la tenés a mano. ¿Alcanzaste a llenar el tanque? ¡Te alcanzará con un tanque para llegar?
—Por favor, no dejes de hacer un par de paradas para estirar las piernas, te lo ruego.

Mientras mi madre corría de un lado para otro, ya acomodando calzoncillos y camisetas, ya calentando el agua, llenando un termo y la matera de viaje, ya corriendo nuevamente a la cocina para armar unos sándwiches de salame y agregar alguna fruta para el camino, ya preparando un papel y una lapicera para anotar las preguntas que no debía olvidar hacerle: qué indicaciones debía darle al joven médico que vendría a reemplazarlo en su ausencia. La responsabilidad de que su marido fuera el único médico del pueblo la tornaba frágil como una rama cargada de frutos sacudida por un huracán.
—Vos, andá y traéme la canastita de picnic. ¡Apurate! ¡Ah! y vos –le dijo a mi hermana mayor–, peláme esos cuatro huevos duros que herví esta mañana.
—¿Estás seguro que te recibirán al pibe en el hospital a cualquier hora? –balbuceó tímidamente mirando al reloj mientras calculaba que llegarían de noche. Recordó que la última vez que habían viajado a Buenos Aires en auto habían demorado más de siete horas.
—De nada estoy seguro con estos cretinos. Pero el pibe es conscripto, se accidentó en el “servicio”, calculo que hay que hacerle una operación de puta madre y si no me atienden te juro que los mato a uno por uno.
Mi madre ya no se animó a preguntar qué instrucciones debía darle al pobre “médico reemplazante”. Eso nos aclaró que era ese joven esmirriado, rubio, pálido quizás por el susto de hacerse cargo, por primera vez en su vida, de un consultorio médico único en un pueblo desconocido y por tiempo indeterminado.
Cuando a la mañana del tercer día nos levantamos, mamá nos pidió que hiciéramos silencio.
Papá había llegado mientras dormíamos, muy cansado pero inmensamente feliz porque el muchacho había sido operado exitosamente y pudo traerlo de vuelta restablecido.
—¿Qué me trajo de regalito? –Pregunté pensando en que siempre lo hacía.
—Un carnet de “médico de marina” que le dieron en el Hospital Militar.
Publicado en el semanario El Eslabón del 30/08/25
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